Inmaculada

Homilía en la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Hoy celebramos esta fiesta tan entrañable de la Virgen Inmaculada. Es la solemnidad de la Concepción Inmaculada de la bienaventurada Virgen María, que realmente llena de gracia y bendita entre todas las mujeres, en previsión del nacimiento y de la muerte salvadora del Hijo de Dios, desde el mismo primer instante de su Concepción fue preservada de toda culpa original, por singular privilegio de Dios. Todos nos sentimos felices y gozosos al contemplar este gran misterio de amor que Dios nos ha regalado. Tenemos una Madre que nos abraza y nos guía para que seamos fieles y buenos hijos de Dios. Pero seamos conscientes de que aún estamos amenazados por la fragilidad, la debilidad y el pecado.

1.- El pecado entra en el mundo cuando el hombre quiere afirmar su yo con la no aceptación de Dios. Nada hay más contrario a la dignidad humana que el pecado. Se erige en el ídolo que tiene su pedestal en el egoísmo; es el yo que domina y rige como un “diosecillo” que arruina todo por donde pasa. Y sin embargo hoy contemplamos a María Inmaculada que es la alabanza de la gloria de Dios. Bien se entiende a San Pablo cuando afirma: “La gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria” (Ef 1,6). En María ha conseguido la humanidad la primera victoria plena sobre el pecado. Pero es al mismo tiempo recuerdo de la lucha continua, que espera a esa humanidad, contra la tentación y el pecado. Las hostilidades entre las dos estirpes, de la mujer y de la serpiente, no acaban con la victoria de María. Esta nos da, eso sí, esperanza y alegría en la lucha. Es Jesucristo quien vencerá al pecado con su pasión, muerte y resurrección. De ahí que hemos de estar siempre con atención para dominar las tentaciones y poniendo la mirada en Cristo que sigue venciendo a pesar de nuestras fragilidades y debilidades.

2.- María Inmaculada es la llena de gracia, porque acepta a Dios en plenitud. “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres” (Lc 1,28). No se afirma a sí misma. Deja que haga Dios su obra en ella. La Inmaculada es obra de Dios y su gracia. A través de ella nos llega la salvación en Cristo y la salvación del mundo no es obra humana (de la ciencia, de la técnica, de las ideologías), sino que viene de la gracia.

Lo expresa y comenta muy bien Benedicto XVI hablando de María: “¿Qué significa la palabra Gracia? Gracia quiere decir el Amor en su pureza y belleza; es Dios mismo tal como se ha revelado en la historia de salvación narrada en la Biblia y enteramente en Jesucristo. María es llamada la ‘llena de gracia’ (Lc 1,28), y con esta identidad nos recuerda la primacía de Dios en nuestra vida y en la historia del mundo; que el poder del amor de Dios es más fuerte que el mal y puede colmar los vacíos que el egoísmo provoca en la historia de las personas y del mundo. Estos vacíos pueden convertirse en infiernos donde es como si la vida humana fuera arrastrada hacia abajo y hacia la nada, privada de sentido y de luz…”

…”Los falsos remedios que el mundo propone para llenar estos vacíos –es emblemática la droga-, en realidad amplían la vorágine. Solo el amor puede salvar de esta caída, pero no un amor cualquiera: un amor que tenga en sí la pureza de la gracia – de Dios, que transforma y renueva-, y que pueda así introducir en los pulmones intoxicados nuevo oxígeno, aire limpio, nueva energía de vida. María nos dice que, por bajo que pueda caer el hombre, nunca es demasiado bajo para Dios, que descendió a los infiernos; por desviado que esté nuestro corazón, Dios es siempre ‘mayor que nuestro corazón’ (1Jn 3,20). El aliento apacible de la gracia puede desvanecer las nubes más sombrías y hacer la vida bella y rica de significado hasta en las situaciones más inhumanas” (Benedicto XVI, María, Stella della speranza, pag. 17-18, 2013).

3.- María Inmaculada es la expresión más hermosa de la alegría. Es el mismo Benedicto XVI que va enumerando cómo María es esta expresión tan hermosa:”Esa alegría auténtica que se difunde en el corazón liberado del pecado. El pecado lleva consigo una tristeza negativa que induce a cerrarse en uno mismo. La gracia trae la verdadera alegría, que no depende de la posesión de las cosas, sino que está enraizada en lo íntimo, en lo profundo de la persona y que nadie ni nada pueden quitar. El cristianismo es esencialmente un Evangelio, una alegre noticia, aunque algunos piensan que se opone a la alegría porque ven en él un conjunto de prohibiciones y reglas. En realidad el cristianismo es el anuncio de la victoria de la gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. Y si comporta renuncias y una disciplina de la mente, del corazón y del comportamiento, es precisamente porque en el hombre existe la raíz venenosa del egoísmo, que le hace daño a él mismo y a los demás.

Así que es necesario aprender a decir no la voz del egoísmo y a decir sí a la del amor auténtico. La alegría de María es plena, pues en su corazón no hay sombra de pecado. Esta alegría coincide con la presencia de Jesús en su vida: Jesús concebido y llevado en el seno, después niño confiado a sus cuidados maternos, luego adolescente, joven y hombre maduro; Jesús a quien ve partir de casa, seguido a distancia con fe hasta la cruz y la resurrección: Jesús es la alegría de María y alegría de la Iglesia, de todos nosotros” (Ibd. pag. 17-18).

4.- Ante tanto amor de Dios que ha derrochado en la Virgen María hoy también nosotros queremos adherirnos con filial gozo de hijos y rogarla que venga en nuestra ayuda. Que nos anime y aliente para no caer en el miedo o temor de ser inútiles o impotentes. Que podamos sentir como ella: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1,30-33). Este pasaje nos muestra la acción de Dios que supera nuestras expectativas como ocurre en María. Ella no se esperaba tal acontecimiento y a pesar de su perplejidad al final se pone en las manos de Dios con plena confianza y le ofrece su vida: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu voluntad” (Lc 1,38).

Preparemos este Adviento con María y vivamos la Navidad poniéndonos ante el Niño Dios con la alegría de sentirnos amados y con la respuesta gozosa a su amor. “Todo lo que nace es criatura de Dios, y Dios nace de María. Dios creó todas las cosas, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo mediante María; y, de este modo, volvió a hacer todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado” (San Anselmo, Sermón 52: PL 158, 955-956).

Roguemos por la Vida Consagrada en este año dedicado a los consagrados. Aprovechemos el “Año Jubilar Javierano” que nos ha concedido el Papa Francisco y así ganemos al Indulgencia Plenaria visitando Javier y lo mismo que la podemos adquirir con motivo del Año Teresiano en los Santuarios de los Carmelitas y los Monasterios de las Carmelitas. Sabemos que las cuatro condiciones para ganar dicha indulgencia es: Confesión Sacramental, Comunión Eucarística, rezar por el Papa Francisco y ayudar a los pobres en sus necesidades.

¡Virgen Inmaculada ampáranos, ayúdanos y concédenos vivir en el Amor de Hijo Jesucristo para que un día participemos del Reino Eterno!