Eucaristía

Frutos de la Eucaristía

La Eucaristía es memorial, sacrificio, comida de hermanos, acción de gracias, prenda de salvación y presencia. Se ofrece el mismo Cristo. Por eso es lo más grande, el culmen del culto, que el ser humano puede dar a Dios y también el manantial de las mayores bendiciones que puede recibir. Sus frutos son innumerables. “Todos los efectos que el alimento y la bebida materiales producen sobre la vida del cuerpo: sustento, crecimiento, reparación y placer, este sacramento los produce para la vida espiritual” (Conc. de Florencia, 10).

Entre ellos podemos considerar cómo renueva el sacrificio redentor de la cruz y los efectos de la resurrección. Es alimento y fuerza de la fe, corazón del amor fraterno y la unidad. Es anticipación del Reino y prenda de la futura gloria. Lanzadera al apostolado, fuerza de evangelización y escuela de amor. Lugar de reconciliación con Dios y con los hermanos. Compromiso a favor de la justicia y los pobres. Escudo frente a las tentaciones y el pecado. Por todo esto, sus efectos y su valor son infinitos. “En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).

El Papa Francisco anima a vivir la Eucaristía para ser miembros vivos de Cristo: “Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de aquello que Jesús ha dicho o hecho. ¡No! ¡Es precisamente una acción de Cristo! Es Cristo que actúa ahí. Que está sobre el altar” (Audiencia General, 12 de febrero 2014).

La liturgia recuerda constantemente en sus oraciones, al dar gracias después de la comunión, los beneficios que da la Eucaristía. Es para mover la conciencia de quienes han participado para que salgan cambiados. Felices por haber pedido perdón, alegres por haberse encontrado con los hermanos en la fe alabando a Dios, santificados por la comunión con Cristo, comprometidos en la caridad. Por eso el diácono despide la celebración diciendo: ¡Alabad a Dios con vuestras obras!

La literatura espiritual de los santos nos ha dejado maravillosas expresiones que intentan describir los beneficios de la Eucaristía. San Ignacio de Antioquia, el primero en usar la palabra Eucaristía, tomada de San Juan, al ir al martirio decía: “Soy trigo que he de ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan de Dios”. Para él la Eucaristía es “partir un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre”. San Agustín deja paso a la admiración: “¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!”. Y Santo Tomás de Aquino exclamaba: “¡Oh sagrado banquete, en el que se recibe al mismo Cristo, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura!”. Los testimonios son innumerables.

Todos los santos lograron la santidad gracias a la Eucaristía. El auténtico camino de santidad se inicia y se recorre en este sacramento. Dice el Señor: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). Se va produciendo una simbiosis entre Cristo y quien lo recibe como alimento. Cada vez que un cristiano comulga se le añade el adjetivo de eucarístico, como Cristo, porque se va pareciendo a Él en sus criterios, actitudes y formas de vida. La vida y la resurrección del Señor se comunican a quien lo recibe.

Pero ¿Percibimos estos frutos cada vez que participamos en la Eucaristía? Uno de los frutos más evidentes de la Eucaristía se refiere a la familia cristiana que participa unida en la celebración litúrgica de los domingos. Los bienes que recibe son incalculables. Rezar juntos y reunidos con la comunidad es en sí mismo un fruto y un signo ejemplar de evangelización. Pero, cuando la Eucaristía dominical es el momento culminante de la semana, la familia se une y se fortalece en la fe. En un ambiente solemne, profundo, reflexivo, piadoso y alegre se da y recibe el perdón y se comulga con los sentimientos de misericordia del Señor. La familia de los hijos de Dios se identifica, por medio de Cristo, con la familia de la Santísima Trinidad.