16513852566 979434c525 O

Eucaristía, fuente de unidad, de reconciliación y de paz

La riqueza de la Eucaristía es inmensa. Bajo cualquier ángulo que la miremos aparece llena de gracia y bendición. Al contemplar cómo construye la comunidad se muestra como fuente de unidad, de reconciliación y de paz. En el rito de preparación para la comunión el sacerdote invita diciendo: “Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos ha enseñado”. Hacemos dos peticiones muy unidas entre sí: “Danos hoy nuestro pan de cada día… y perdona nuestras ofensas”. Así como necesitamos para nuestra vida el pan material, también nos urge tener el alimento del alma que es el perdón, la reconciliación y la paz con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos. Sin perdón no es posible la unidad y la paz.

Antes del signo de la paz, las plegarias eucarísticas abundan en esta petición: “conforme a tu palabra concede a tu Iglesia el don de la paz y la unidad”. Es un dinamismo propio de la Eucaristía. Ya lo anunció el Señor cuando nos dijo: “Si cuando vas a ofrecer la ofrenda, allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, después vuelve y presenta la ofrenda” (Mt 5, 24).

Conocemos a víctimas de las mayores injusticias y violencias que han logrado borrar el odio y el deseo de venganza comulgando en la misa. También muchas familias con problemas de comunicación, amor y unión se han reconciliado en la celebración eucarística.Son preciosas las plegarias de la reconciliación que expresan estas dimensiones esenciales de la Eucaristía. Reconocen cómo Dios, siempre misericordioso, ofrece su perdón ante nuestra debilidad. Cristo nos ha reconciliado por su sangre derramada en la cruz. A partir del perdón nace la unidad para formar un solo cuerpo y un solo espíritu, no sólo en la Iglesia sino en toda la humanidad dividida en enemistades y discordias. La Eucaristía consigue que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión, que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza.

Conocemos a víctimas de las mayores injusticias y violencias que han logrado borrar el odio y el deseo de venganza comulgando en la misa. También muchas familias con problemas de comunicación, amor y unión se han reconciliado en la celebración eucarística. Es un momento privilegiado en el que la familia entera que participa en la misa recibe la gracia de Dios, que actúa en quienes comen el mismo pan, que es Cristo, y así forman un solo cuerpo. Jesús murió para reunir a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn 11, 52). La Eucaristía es el sacrificio de la reconciliación perfecta. Es el fermento de la unidad en la Iglesia y estimula la reunificación de todos los cristianos y la pacificación de toda la humanidad.

Los profetas anunciaron unos tiempos nuevos cuando “las lanzas se convertirán en arados y las espadas en podaderas” (Is 2, 2-5) y “el lobo vivará con el cordero” (Is 11, 6). Con la llegada de Jesús se inició el Reino de Dios, reino de justicia, santidad, gracia, amor y paz (Cfr. Mc 1, 14). Jesús con su muerte en el ara de la cruz unió el cielo y la tierra, derribó el muro de la división (cfr.Ef 2,14). Con Cristo desaparecen las antiguas diferencias entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombre y mujer (cfr.Gal 4, 28). En Jesucristo se une todo (cfr.Ef 1, 10; Col 1,20). Encarga a la Iglesia continuar su obra y la convierte en signo y realización de unidad y de paz.

Es un compromiso que pide que cada cristiano sea un constructor esforzado de la paz. Jesús resucitado, cuando se aparecía a los suyos, decía: “La paz sea contigo”. En cada Eucaristía resuena este saludo. “Podéis ir en paz” es la última recomendación que se hace al final de la misa. Por todo esto nos hemos de preguntar: ¿Vivimos el momento de la misa como gracia para fortalecernos en la fraternidad que nos lleva a ser signos de paz y amor a todos? Esta experiencia la tienen actualmente los mártires: En Siria, en Irak… los que murieron decapitados en Libia. Las expresiones de su fe son fruto del amor a Jesucristo y son fortalecidos por la eucaristía. Mueren perdonando y ofreciendo sus vidas por los que han sido sus verdugos.