Apertura del curso de la Universidad de Navarra

Al iniciar un nuevo curso podríamos pensar que todo sigue igual, que repetimos los mismos gestos, las mismas ceremonias, primero Santa Misa, luego acto académico solemne con el desfile vistoso de profesores y con discursos bien trabados que nos asombran por su hondura y exposición acertada. Pero no es así. Si atendemos al mensaje del texto evangélico que hemos escuchado, estamos en un tiempo nuevo, tiempo de renovación y de dejar de lado el pasado que puede estar cargado de resignación y pesimismo.

El tiempo nuevo que vais a recorrer a partir de ahora supone llenarlo de un contenido nuevo. Y los nuevos alumnos que vais a tener en vuestras manos requieren un modo nuevo de trasmitir vuestra sabiduría: “Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque revientan los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos” (Lc 5,39).

1.- Este curso nace en el contexto de hondas convulsiones dentro de la sociedad y de importantes retos dentro de la Iglesia. No es este el lugar ni me corresponde a mi proponer vías de solución a las enormes cuestiones de hoy: a los vaivenes tremendos de la economía mundial, a las constantes guerras de Oriente Medio, de África y de tantos otros lugares, o al problema gravísimo de la emigración que está provocando tantas tragedias en las personas y los pueblos que sufren la persecución y el martirio. Son momentos para reflexionar y cada uno desde sus posibilidades poder llevar alivio y esperanza. No podemos ser meros observadores sino, desde nuestros trabajos cotidianos, ser constructores de una sociedad más humana, más justa y más solidaria.

Me quiero hacer eco de lo que dijo el Papa Francisco en una universidad italiana, comentando el relato de los discípulos de Emaús: “La Universidad es lugar de elaboración y transmisión del saber, de formación a la sabiduría en el sentido más profundo del término. Es importante leer la realidad, mirándola a la cara. Leer la realidad, pero también vivir esta realidad, sin temores, sin fugas y sin catastrofismos. Toda crisis, también la actual, es un paso, es como el dolor de un parto que comporta fatiga, dificultad, sufrimiento, pero que lleva en sí el horizonte de la vida, de una renovación, lleva la fuerza de la esperanza. Y esta no es una crisis de cambio: es una crisis de cambio de época. Es una época la que cambia. No son cambios superficiales. Pero la crisis puede convertirse en un momento de purificación y de reflexión de nuestros modelos económico-sociales y de cierta concepción del progreso que ha alimentado ilusiones, para recuperar al ser humano en todas sus dimensiones (…). La Universidad como lugar de sabiduría tiene una función muy importante en formar el discernimiento para alimentar la esperanza. Cuando el viandante desconocido, que es Jesús Resucitado, se acerca a los dos discípulos de Emaus, tristes y desconsolados, no trata de esconder la realidad de la Crucifixión, de la aparente derrota que ha provocado su crisis, al contrario los invita a leer la realidad para guiarlos a la luz de su Resurrección: “Insensatos y tardos de corazón… ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” (Lc 24, 25-26). Hacer discernimiento significa no huir, sino leer seriamente, sin prejuicios, la realidad” (Discurso en la en la Facultad teológica regional de Cágliari, 23 sep. 2013).

El Santo Padre alienta a los miembros de la corporación universitaria a romper cualquier muro de desaliento y a descubrir incluso en las circunstancias más adversas un horizonte de esperanza, a trabajar desde dentro del mundo para conseguir las mejores soluciones y, de modo especial, para formar hombres y mujeres que implicándose en los problemas de sus semejantes, busquen soluciones justas y eficaces. ¡Nunca busquéis caminos de desilusión, de desesperanza y menos de falta de fe en la Providencia Divina! ¡Todo coopera al bien si amamos con el mismo Corazón de Dios! ¡Dios nunca defrauda! ¡Todo lo vence el Amor!

Sigue siendo muy actual lo que proponía San Josemaría en la investidura de doctores honoris causa en octubre del año 1972: “La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa. Contribuye así con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante un futuro incierto, a promover—con el amor a la verdad, a la justicia y a la libertad— la paz verdadera y la concordia de los espíritus y de las naciones” (Discurso en el acto de investidura de Doctores Honoris Causa, 7 octubre 1972).

2.-Pasamos ahora a reflexionar brevemente sobre los retos que se ha propuesto la Iglesia para este curso. El más inmediato es el “Sínodo extraordinario sobre la familia” que se celebrará el próximo octubre, y el más prolongado en el tiempo y más exigente personalmente es el “Jubileo extraordinario de la misericordia” que se iniciará el 8 de diciembre 2015 y se prolongará hasta la fiesta de Cristo Rey del año 2016.

Sobre el Sínodo se me ocurre pensar que la Universidad no es en absoluto ajena: Desde las humanidades, desde la teología y desde el derecho canónico tienen mucho que aportar. Qué puedo añadir a los que dirigís el Instituto de Ciencias para la Familia que tenéis como objetivo dar una respuesta científica, rigurosa y bien fundamentada a la problemática que plantea el matrimonio y la familia. Continuad en esa noble tarea y no os desalentéis, que los frutos, aunque no los veáis, son abundantes y muy positivos. Pero también las demás ciencias pueden y deben fortalecer el ideal de la familia. Pienso en la arquitectura que puede sin caer en el economicismo, proyectar viviendas donde puedan acomodarse las familias numerosas, o en la medicina que busca apoyarse en la familia para acompañar a los enfermos en los momentos más difíciles; y no digamos de la ciencia económica que ha de tener presente los planes familiares. A toda la Universidad se os pide apoyar desde vuestra posición concreta al matrimonio y a la familia.

Nos queda decir una palabra sobre el jubileo extraordinario de la misericordia. El himno cristológico de Colosenses que hemos escuchado en la primera lectura pone ante nuestros ojos la persona de Jesús, “imagen de Dios invisible”, “imagen de la misericordia del Padre”, interpreta el Papa Francisco en la Bula de convocación del jubileo. Y termina el texto con estas palabras: “Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,20). Jesús es, en efecto, autor de la misericordia, él mismo es la misericordia porque por su cruz ha restablecido la paz entre Dios y los hombres y entre todos los miembros de la creación. En Jesús se han unido la justicia y la misericordia en la plenitud del amor. Tenemos que superar el conflicto entre justicia y misericordia que tanto daño ha causado: Dios es misericordioso porque es justo y da a cada uno lo que cada uno necesita. No hace acepción de personas, otorga a cada cual los dones que puede asumir y desarrollar, sin igualitarismos absurdos ni concesiones para el aburguesamiento. Un amor que no busca la justicia es una farsa y no está en la verdad. Un amor misericordioso que no expone y reconoce los propios defectos y pecados es una blasfemia que tienta a Dios. Os invito a secundar las propuestas del Papa viviendo con intensidad la conversión personal que se ha de reflejar en más oración, más ejercicio de las obras de misericordia y un mayor empeño en conocer y vivir el Sacramento de la Penitencia.

3.- Concluyo con la invocación que utilizamos los Obispos de nuestra zona en la cuaresma de este año: “La piedad popular reza la Salve, donde invocamos a María como Reina y Madre de misericordia. De su seno bendito recibimos a Jesús, Hijo de Dios, manifestación humanada de la misericordia de Dios. De Ella nos dice San Juan Pablo II: “Nadie ha experimentado como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: El ‘beso’ dado por la misericordia a la justicia. Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese Misterio … María, pues, es la que conoce a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia” (Dives in misericordia 9). Con Ella también nosotros proclamamos con gozo que Dios muestra siempre su misericordia con todos: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades” (Sal 88, 2). (Carta pastoral conjunta de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Cuaresma – Pascua 2015).

Os deseo un feliz curso 2015-2016. Que sea un tiempo de aprendizaje para construir una humanidad más nueva, más justa, más auténtica y más fraterna.