Zaragoza

La congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana

1.-El P. Juan Bonal y la M. María Rafols, declarados en 1908 héroes de la caridad, son los Fundadores de vuestra Congregación. La Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana nacisteis en Zaragoza, a donde llegasteis, el 28 de diciembre de 1804, un grupo de doce Hermanas, procedentes de Cataluña y conducidas por el sacerdote Juan Bonal Cortada, para entregarse al servicio de los enfermos del Hospital Ntra. Sra. de Gracia de esta Ciudad.

Este gran centro, fundado en 1425 bajo el patrocinio de Alfonso de Aragón, con el título de Real y General, tenía un ambicioso y generoso lema: Casa de los Enfermos de la Ciudad del Mundo, y en él encontraban refugio todos los enfermos y pobres y, según el concepto de hospital de la época, también los niños abandonados, los dementes y toda suerte de marginados de aquella sociedad pobre e injustamente organizada.

En Cataluña habían surgido, a impulsos de la caridad, unas Hermandades de carácter secular, cuyo principal centro era el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona, de parecidas características al de Zaragoza. Allí se encontraba como Capellán, desde principios de 1804, D. Juan Bonal, natural de Terrades (Gerona), que impulsado por el fuego de la caridad había renunciado a su cátedra en la Escuela de Latinidad de Reus, donde ejerció la docencia durante siete años, para entregarse por entero al servicio de los desheredados acogidos en el hospital de Barcelona.

Allí conoció la experiencia de aquellos Hermanos y Hermanas de la Caridad que, con absoluta dedicación y entrega, consagran su vida al servicio del enfermo y desamparado. D. Juan Bonal se entusiasmó con la obra y, en colaboración con otros sacerdotes, trabajaba en suscitar nuevas vocaciones para una empresa tan hermosa como urgente. Así conoció a la joven María Rafols, natural de Villafranca del Penedés (Barcelona) que, urgida también por la caridad de Cristo, se acogió a la obra, con otras once compañeras, y marchó a Zaragoza, ya como Superiora del grupo, con sólo 23 años, para, dejando su tierra y familia, emprender una nueva y arriesgada aventura: la fundación de una Hermandad de Caridad para el servicio de aquella población doliente que se albergaba en el Hospital de Ntra. Sra. de Gracia, cuya junta directiva trataba de remediar las muchas deficiencias en el trato y la atención a los enfermos, recurriendo a esa experiencia ya acreditada en Cataluña.

El P. Juan Bonal y la M. María Rafols, declarados en 1908 héroes de la caridad por su actuación realmente heroica para con los enfermos, heridos y prisioneros en los Sitios de Zaragoza de 1808-1809, son los Fundadores de esa pequeña Hermandad que, como todas las obras de Dios, tuvo que superar enormes dificultades hasta llegar a conseguir su reconocimiento como congregación femenina de vida religiosa apostólica, de la que fue pionera en España, lo que ocurrió veinte años después, en 1824, con la aprobación de las constituciones por la autoridad diocesana. La aprobación definitiva en Roma como congregación de derecho pontificio se dio por Decreto del Papa León XIII el 14 de enero de 1898.

La dependencia de la Junta del Hospital de Zaragoza durante los primeros cincuenta años fue muy fuerte y, a excepción de una fundación semejante en Huesca, guiada también por D. Juan Bonal en 1807, la Hermandad no logró salir de aquel centro que fue su cuna. El P. Juan y la M. María, que murieron en 1829 y 1853 respectivamente, no pudieron ver la expansión siempre soñada y deseada, aunque lo procuraron, pero sembraron la semilla, el árbol creció para adentro, echó raíces profundas y en el momento providencial, precisamente con motivo de la actuación heroica de las Hermanas en una epidemia de cólera que asoló España en 1885, se obtuvo el permiso para fundar en otros centros benéficos, por una R.O. del 8 de julio de 1857.

Desde 1865 al nombre de Hermanas de la Caridad se añadió “de Santa Ana”. En 1890 se realiza la primera fundación en América: el leprocomio de la Isla de la Providencia en el lago de Maracaibo (Venezuela), iniciando una expansión imparable que hoy llega a 31 países de los cinco continentes, con 317 comunidades y cerca de 2.700 Hermanas que tratan de hacer vida el carisma de caridad universal, principalmente con los más pobres y necesitados, hecha hospitalidad hasta el heroísmo, concretado en un voto especial de HOSPITALIDAD.

Ese carisma de caridad hasta el heroísmo, que Juan Bonal y María Rafols encarnaron en sus vidas y transmitieron a la Congregación, sigue vivo, rompiendo fronteras, siempre tras las huellas de Cristo que pasó haciendo el bien y a quien las Hermanas contemplan en aquellos a los que sirven, preferentemente los más pobres y desamparados en cada momento histórico.

2.- Cuando uno narra la historia de los santos no se puede quedar indiferente. Eso me pasa y hoy me ha pasado a mí. Me encuentro en medio de vosotras con admiración pero sobre todo con agradecimiento por el bien que Dios ha sembrado en vuestras vidas a favor de los pobres, es decir, de aquellos que no conocen la caricia de Dios que es la caridad. Uno de los grandes problemas de la sociedad actual es la pérdida y ausencia de la sensibilidad de Dios. Es en las pequeñas cosas de cada día dónde Él se nos manifiesta. Fue en Belén y hoy en los pequeños belenes de amor que son espacios de la presencia amorosa de Dios que se hace cercano a nosotros.

Los santos saben discernir dónde está el bien y dónde se refugia cobardemente el mal. Por eso la primera lectura nos da unas claves fundamentales para saber discernir lo que está bien y lo que está mal: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos lavará los delitos. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y no poseemos su palabra” (1Jn 1,8-109. Podríamos decir que este es el gran problema de la sociedad contemporánea, es decir, el relativismo que hoy podemos percibir: todo es válido, si yo lo deseo y si me gusta o me apetece.

Al perderse el sentido del pecado, se pierde el sentido de Dios: le hacemos mentiroso y no poseemos su palabra. De ahí que nos toca llevar el evangelio claro y veraz, con la humildad del que se encuentra también amenazado por el pecado, es decir, por la vanagloria de pensar que hacemos las cosas mejores que los demás. Por eso bien nos viene profundizar y reflexionar sobre la misericordia a la que nos invita la palabra de Dios y que, durante este año Jubilar, el papa Francisco nos ha manifestado la inspiración que tuvo un día en la oración recordando su lema episcopal: “Miserando et eligendo” (Teniendo misericordia lo eligió). Somos elegidos de Dios pero no olvidemos que si lo hemos sido es porque él tiene misericordia de nosotros.

Este estilo de Dios lo comprendieron muy bien el P. Juan y la M. María y ¿cómo lo descubrieron?: mirando la sociedad con misericordia y de modo especial a los pobres como sujetos de amor misericordioso. Acogerles suponía partir de la hospitalidad y esta virtud se convirtió en el cuarto voto. Viviendo con esta radicalidad el carisma se convirtió en un gran don y regalo para la Iglesia y la sociedad. El Espíritu Santo mueve los corazones de una forma increíble e inimaginable. Es la creatividad de Dios que nos ofrece estos grandes santos y nos mueven a vivir y a vosotras, de modo especial, con entrega gozosa. Hoy también están esperando muchos jóvenes el testimonio de profetas y héroes al estilo del P. Juan y M. María.

Pero muchas veces nos hacemos esta pregunta: ¿Qué sucede en los jóvenes que no se cuestionan su vida y se entregan a esta causa? Y yo me hago y os hago otra: ¿somos auténticos testigos o nos hemos acomodado? La respuesta no debe ser derrotista y menos envuelta en flagelos. Tal vez se requiere vivir con mayor pobreza de espíritu, ser menos (hoy contemplamos que de cuatro provincias, se van a reducir a una), vivir mejor la fraternidad. El papa Francisco dice que los chismorreos son óbice para la evangelización. Mirar más por vivir la caridad gratuitamente y misericordiosamente. Abrazar la Cruz de cada día con gozo. “El verdadero progreso espiritual del ser humano radica en la propia abnegación; y el que ha renunciado a sí mismo es sobremanera libre y goza de una seguridad inquebrantable” (Tomás Hemerken de Kempis, Imitación de Cristo, cap-39,5). No buscar sobresalir o adquirir mejores puestos. Esto nos obliga a estar un poco más atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo y no estar paseando con las justificaciones de nuestros propios deseos.

3.- Demos gracias a Dios por todos los beneficios que vuestro carisma regala a la Iglesia y a la sociedad. Hoy seguís siendo un testimonio hermoso. Nunca os echéis la mano a la cabeza como con un susurro: ¿Qué hemos hecho para que nos caiga esta desgracia? ¡No! ¡Sois un tesoro del Espíritu en medio de nosotros! Contemplad a la Virgen y veréis que os sonríe y os dice: Fiaros de mi Hijo y no tengáis miedo. Mi Hijo os quiere y desea que viváis gozosas y felices. En la Sagrada Familia ponemos esta nueva etapa de vuestra vida y nunca olvidéis que el Amor vence porque Jesucristo nunca defrauda.