Procesión

Las procesiones

La liturgia enmarca las procesiones dentro de las acciones sagradas. La procesión tiene su origen en la introducción de la misa. Es el momento inicial. Normalmente es muy sencilla: el sacerdote sale de la sacristía y va en procesión hasta el altar, mientras tanto el coro canta una antífona de “introito (entrada). En las festividades y celebraciones especiales esta procesión es más larga pues participan, guiados por la cruz procesional, el diácono con el leccionario, el incensario, los monaguillos, los con-celebrantes y el sacerdote presidente. Se llama procesión a la presentación de las ofrendas y al ir a comulgar. Hay una procesión como la del Domingo de Ramos que está plenamente dentro de la celebración litúrgica, aunque se celebre de forma popular y festiva en la calle. Según las circunstancias las procesiones tienen un carácter más solemne, más participado, prolongado y festivo.

En el mayor de los casos, cuando hablamos de procesiones, nos referimos a aquellas muy solemnes, largas, muy participadas por el pueblo que se realizan en la calle. Entonces entran propiamente dentro del apartado de religiosidad popular. Sin embargo nunca hay que olvidar, que aunque sean populares, tienen su origen y relación con la liturgia. Siempre son acciones sagradas, pero nunca prevalecen sobre los sacramentos.

Hay procesiones muy importantes, de profundo recogimiento, como la del Corpus Christi donde de forma pública y solemne se adora la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Hay otras como las de las Cofradías y Hermandades de Semana Santa que tienen también un rigor litúrgico. Otras conmemoran los misterios de Jesucristo, de la Virgen María y de los santos. No consisten en caminar juntos de cualquier manera. Son muy ordenadas, con gran decoro, hay cantos religiosos, música sagrada, oraciones y ofrendas. Estos preciosos pasos procesionales mueven a la piedad y son una catequesis –con sus expresiones artísticas en la iconografía- para los que participan y para los que los ven pasar. Ayudan a los fieles a contemplar los misterios de la fe cristiana a través del arte. Los misioneros iniciaron en muchas ocasiones la evangelización en las distintas culturas por medio de procesiones.

Las procesiones de las fiestas patronales entran en el capítulo de la expresión más clara de la religiosidad popular. Los pueblos se identifican por sus santos patronos a los que dedican las fiestas mayores o patronales. Son parte de la cultura y la tradición. Se une lo más humano y lo más cristiano. Tienen mucha importancia porque van a la par la devoción y la fiesta. Por eso les dedican un homenaje especial caminando por las calles y plazas con sus imágenes, que veneran y cuidan con gran afecto. Se sacan a la calle las mejores galas en honor al patrón. Tienen importancia las tradiciones y los actos folklóricos. Se une el bandeo de campanas con la tirada de cohetes, bandas de música y danzas. Tanto los actos litúrgicos, que son el fundamente histórico de las fiestas, como otras actividades festivas se programan y desarrollan oficialmente.

La larga tradición de siglos muestra la bondad de las procesiones patronales pues son una de las ocasiones en las que se vive una buena unión y armonía. Una procesión presupone la fe cristiana que, más o menos, todos los que participan expresan públicamente. Ciertamente se consideran actos sociales y culturales en los que se participa masivamente. Pero no es sólo un espectáculo, ni una costumbre, sino un motivo religioso el que las alienta. Son un símbolo de un pueblo unido que camina alegre hacia la eternidad. Esto lo expresan muy bien también las romerías y las peregrinaciones, que son como largas procesiones a lugares sagrados.