Carta Arzobispo

La vida en Cristo

Siguiendo el orden del Catecismo de la Iglesia Católica comenzamos a reflexionar sobre la tercera parte del mismo. Después de tratar sobre el credo (la esencia de nuestra fe) la celebración cristiana (la liturgia) entramos en la vida del cristiano (la moral). Lo que se cree se celebra, lo que se cree y celebra se vive y lo que se cree, celebra y vive se testifica. Este capítulo lleva el sugestivo título: LA VIDA EN CRISTO. Expresa que la moral no es una carga, ni algo negativo, sino vida, es decir, es un camino, aunque exigente, gozoso, que nos lleva a la vida eterna. El catecismo le dedica nada menos que 866 artículos. Es una sección absolutamente práctica. Describe cómo ha de vivir el cristiano en cada paso de su vida.

¿Cómo tiene que seguir a Cristo? Ante todo sintiéndose privilegiado por Dios. Lo dice muy bien San León Magno: “Cristiano, reconoce tu dignidad”. Es decir: vive de acuerdo a lo que eres por la gracia de Dios. Es un honor ser cristiano. Debemos estar orgullosos, satisfechos y agradecidos, no por lo que somos por nosotros mismos, sino por todo lo que Dios ha hecho por nosotros y todo lo que sigue haciendo cuando le somos fieles. Es más nos perdona si somos humildes y le pedimos perdón por nuestros pecados. No hay mayor grandeza y dignidad que ser hijos de Dios. Esto es lo que Dios nos concedió con el bautismo. Derrochó su amor hacia nosotros enviando a su Hijo Jesucristo para salvarnos. ¿Se puede regalar más gracia y mejores bendiciones?

El cristiano quiere responder a tanto amor haciendo, como Jesús, lo que le agrada al Padre (Cfr. Jn 8,29). El listón es alto: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,58). El medio para conseguirlo es Cristo que nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mi” (Jn 14,6). Para ello es necesario entrar en comunión con Cristo, estar en sintonía con su estilo de vida, dejarse moldear por Él. El pueblo que sigue a Jesús es un pueblo de “santos” (Cfr. San Pablo 1 Co 1, 2).

En la vida hay que tomar muchas decisiones que son actos morales para nuestra salvación. Siguiendo las enseñanzas de Jesús e inspirados por el Espíritu Santo resultarán acertadas. La secuencia de la fiesta de Pentecostés nos dice en bellos versos cómo actúa el Espíritu Santo en nosotros haciéndonos capaces de agradar al Padre. Es el dulce huésped de nuestras almas, espléndido en sus dones, es fuego, brisa, consuelo, descanso, aliento. Sana el corazón enfermo, lava las manchas del alma, guía, da la gracia y el gozo eterno.

La vida en Cristo, la moral, no es algo negativo. Cristo no anuló la ley mosaica, sino que la completó con el gran mandamiento del amor en el que se concentran todos los mandamientos. La ley de Cristo consiste en la gracia, las bienaventuranzas, las obras de misericordia, las virtudes evangélicas. Son todas actitudes positivas, que expresan un “sí” a lo que Dios quiere. Pero a veces nos apartamos del camino de Jesús y decimos un “no” por nuestro pecado y nuestros vicios. Reconocerlo con sinceridad resulta una actitud positiva de humildad y progreso. Es reconocer nuestra situación de criaturas débiles, puestas a prueba en su imperfección, que necesitan ayuda.

Estamos ante unos artículos del catecismo que nos van a invitar a mirar más a Cristo para conocer mejor su estilo de vida, identificarnos con Él, seguirlo más fielmente y amarlo más. En estas reflexiones sobre los artículos de la tercera parte del catecismo intentaremos repasar temas muy importantes como la salvación y la gracia, la libertad del hombre y el pecado, la dignidad de la persona y la vida social, los mandamientos y la norma evangélica de Cristo.