San Fer

Fiesta de San Fermín

En la solemnidad de los santos la Iglesia, y nosotros con ella, alabamos a Dios porque, en palabras del Prefacio de la Misa “nos ofrece el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino” (Prefacio del común de Santos). En esta mañana gozosa en que toda Pamplona se viste de gala para honrar a su patrón, San Fermín, nos hemos reunido en torno a su imagen y su Capilla para agradecerle que nos presente el ejemplo de su vida, para darle gracias porque por su intercesión hemos recibido a lo largo del año tantos beneficios y para pedir la ayuda de su intercesión a favor de todos nosotros y de cuantos nos visitan y participan en nuestras fiestas más universales

Hemos escuchado “Los que confían en Dios comprenderán la verdad” (Sab 3, 9) así lo expresa el Libro de la Sabiduría en el texto que hemos leído en primer lugar. Se afirma esto del sabio y se aplica a los santos, a San Fermín en nuestro caso; y con razón, porque confiaron plenamente en el Señor y en Él encontraron la verdad, la justicia, el amor y la misericordia. Frente a los que ponen todo su empeño en alcanzar el poder y el éxito, los seguidores de Jesús se marcan como meta servir, porque saben que en la comunidad cristiana, el culmen del poder, es el servicio: servir a los demás y vivir sin orgullo es poner en práctica la verdadera autoridad. Nuestro santo Patrón así lo comprendió y puso su confianza en Dios desde que escuchó la llamada del Señor por medio de San Honesto, a su vez discípulo de S. Saturnino que probablemente le bautizó. Gracias a ellos entendió quién es Jesucristo y cuál era el camino para seguirle. Inmediatamente tomó la decisión de poner al Señor en la cumbre de todas sus actividades y así, según relatan las memorias más antiguas que conservamos, llegó a ser un esforzado misionero que recorrió las tierras de Pamplona, el norte de la península y el sur de Francia hasta Amiens donde, como obispo, fue martirizado durante la persecución de Diocleciano en el siglo III. San Fermín es celebrado en Pamplona con solemnidad desde muy antiguo, porque sabemos que en el siglo XII tenía tanta fama y relevancia, que el obispo Pedro de París elevó el rango litúrgico de la fiesta, equiparándola a la de los apóstoles.

Podemos afirmar que desde hace más de nueve siglos es reconocido como Patrón y es punto de referencia para todos los habitantes de Pamplona y Navarra como el hombre que puso su confianza en Dios y buscó denodadamente la verdad. Ni tuvo miedo a que le tildaran de integrista por su fidelidad a Cristo y al Evangelio, ni cedió por cobardía en defensa de la verdad ante las exigencias de las autoridades de entonces. Tal fue la firmeza de su fe y la coherencia de su comportamiento que llegó a ser condenado y posteriormente decapitado por ser cristiano. Maravilloso martirio que nosotros hoy lo tenemos como un signo de gloria y lo reflejamos en el color rojo del pañuelico, en la faja, en la bandera y en tantos símbolos de Navarra.

Desde la primera vez que presidí la misa del día grande de las fiestas de san Fermín, el día 7 de julio de 2008, me ha llamado la atención cómo esta capilla quedaba repleta de fieles devotos. Pero siempre sentía una gran pena por todos los que no pueden participar en esta solemne celebración eucarística por la capacidad limitada del lugar y espacio. Es por ello, que deseo trasladar esta misa a la catedral de Pamplona en años sucesivos y que así, nuestro santo primer obispo, visite la que es su iglesia, su catedral, el lugar que alberga su cátedra desde donde presidió a la incipiente comunidad cristiana de Pamplona a mediados del siglo III. De modo que todos los ciudadanos pamploneses que lo deseen y los navarros en general, todos los devotos de san Fermín, en este magno evento de la eucaristía.

Además, el próximo año tiene una significación especial al cumplirse los 300 años de la inauguración de esta capilla erigida en honor de San Fermín. En los días 6 y 7 de julio de 1717 se inauguró la actual capilla de San Fermín, cuyas obras se habían iniciado casi un siglo antes, el 29 de agosto de 1629, según el proyecto de Santiago Raón, con la colaboración de Martín Zaldúa y Juan de Alegría. Con tal ocasión se engalanó la procesión con varios altares preparados por las casas religiosas en los centros estratégicos del recorrido, así como un bello arco sobre el “pocico” que recordaba el bautismo del Santo patrón. Tiempo después la capilla sufrió algunas modificaciones en los ventanales, siendo reinaugurada el 6-7 de julio de 1805. Y al igual que entonces resaltaron la procesión para festejar tal evento, nosotros lo conmemoraremos como se merece nuestro San Fermín. Deseo que sea un año de jubilo y para ello aprovecharemos para profundizar en la vida y virtudes de San Fermín al que veneramos, sobre todo, como cristiano y obispo que supo entregar su vida por amor a Jesucristo y a su mensaje evangélico. Hoy seguimos necesitando modelos de vida cristiana para no caer en la rutina de celebrar su fiesta ausentes del mensaje y testimonio del santo patrón. Los cristianos hemos de ser coherentes y estar dispuestos a llevar los valores y virtudes evangélicas, hasta dar la vida si es necesario, como hizo nuestro santo patrón.

Damos gracias a Dios, en este día, porque como canta la Iglesia en la liturgia “la sangre del glorioso mártir San Fermín, derramada, como la de Cristo, para confesar tu nombre, manifiesta las maravillas de tu poder; pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio”. Sin duda el martirio es la manifestación patente de las maravillas del Señor que hace de las personas humildes, sin especial relevancia, héroes de la fe. El Papa Francisco recuerda con frecuencia y tiene presentes a los cristianos que sufren persecución cruenta en muchos países de Oriente Medio o de África.

En el último viaje a Armenia el 25 junio pasado condenó “el genocidio” (palabra que no gustaba a los mandatarios del lugar) cometido a principios del siglo pasado contra los cristianos armenios. Pero también lamenta “la persecución de la que no se habla tanto, una persecución disfrazada de cultura, disfrazada de modernidad, disfrazada de progreso: Es una persecución, la llamaría, educada. Es cuando se persigue al hombre no por confesar el nombre de Cristo, sino por querer tener y manifestar los valores del Hijo de Dios. ¡Es una persecución contra Dios Creador en la persona de sus hijos!” (Francisco, Homilía en Santa Marta, 12 abril 2016). Con estas palabras claras y valientes el Santo Padre quiere reivindicar la libertad religiosa que en los países de Europa está, muchas veces, puesta en entredicho so pretexto de un laicismo imperioso y un progreso que apostata de sus raíces cristianas.

También nosotros al honrar a nuestro Patrón queremos pedirle que sepamos respetar a nuestros hermanos, aunque no piensen como nosotros, y no solo le pedimos el respeto mutuo, sobre todo pedimos solidaridad con todos, con los más necesitados. ¿Cómo no poner bajo la protección de San Fermín a nuestros ancianos, a nuestros enfermos, a todos los que sufren por falta de trabajo o por cualquier otra razón? Y con ellos, a la vista de su dolor recordar con San Pablo que “también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 3-5). De este modo animaba a los cristianos de Roma para que no cedieran en la defensa de su fe y se mantuvieran fieles al Evangelio que habían recibido. Los mártires de entonces y de ahora saben vencer la violencia con la fortaleza que les da el amor de Dios.

Al detenernos en el evangelio que hemos proclamado, encontramos el texto que removió a San Francisco Javier en su decisión de seguir a Jesucristo: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde su alma?” (Lc 9, 25). Es una gozosa coincidencia que las mismas palabras del Señor sirvan para reconocer la santidad de nuestros dos grandes patronos. También han resonado y siguen resonando en nuestro interior, asediado tantas veces por el ambiente relativista y por un secularismo radical. Sabedlo bien, ni el afán de atesorar bienes, ni la dedicación a las pasiones, al alcohol, a la droga, al sexo indiscriminado… nunca llenan el corazón. Sólo el amor y la generosidad pueden satisfacer las ansias que Dios ha puesto en nuestras almas. Estas fiestas que comenzamos han de ser ocasión de convivir con alegría. Es necesario buscar puntos de coincidencia en las familias, en los amigos. Y es también una oportunidad para dar testimonio de nuestra fe cristiana y de nuestro comportamiento en consonancia con la fe. De qué nos serviría disfrutar de placeres efímeros y el materialismo si perdemos la cohesión de las familias, la unión con nuestros vecinos y, en ultimo término, perdemos nuestra alma. El cristiano sabe compaginar el ambiente festivo con las exigencias y compromisos morales de nuestra fe.

Os deseo, por tanto, una alegría verdadera en estos días y que nuestro santo Patrón alcance del Señor una bendición amplia para todos vosotros, para vuestras familias y para todos los que nos visitan durante estos días. A María confiamos nuestros afanes y nuestras vidas. Ella que, como Madre, no se cansa nunca de esperar nos anime y ayude en el camino de la perfección humana y cristiana.