Carta Arzobispo

La Iglesia oasis de misericordia

Partiendo de una afirmación del Papa Francisco, en la Bula de Convocatoria del Año Santo de la Misericordia: “La caridad es la viga sobre la que se sostiene la esencia del cristianismo y la misma Iglesia” nos acercamos a la cruz como un icono en el que podemos descubrir el amor sublime, sin farsa y que no conoce límites. La expresión del máximo amor se hace presente en la Cruz. Y de ella brota la Iglesia como extensión de este Amor entregado. El Papa Francisco dirigió un saludo a los jóvenes, con motivo del XXXVIII Encuentro Ecuménico de la Comunidad de Taizé, en Valencia y les decía: “Vosotros queréis también que la Misericordia se manifieste en todas sus formas, incluida su esfera social. El Papa os anima a continuar por este camino y a tener el coraje de la misericordia, el cual os va a guiar no solamente a recibirla vosotros en vuestras vidas, sino también para estar cerca de las personas desamparadas. Vosotros sabéis que la Iglesia está aquí para toda la humanidad y ‘allí donde están los cristianos, todo tendrían que encontrar un oasis de misericordia’. Esto es en lo que se pueden convertir vuestras comunidades” (Cardenal Pietro Parolín, Secretario de Estado del Vaticano, Mensaje, 28 de diciembre 2015).

He de matizar que no se ha de confundir la misericordia y la compasión con la lástima. La misericordia es la disposición a compadecerse de los trabajos y las miserias ajenas. Se manifiesta en la amabilidad, asistencia al necesitado, especialmente en el perdón y la reconciliación. Es más que un sentimiento de simpatía, es una práctica donde se conjuga poner el corazón ante la miseria y levantarlo -pensemos en la madre cuando levanta al niño que ha caído- y la compasión que es el padecer con quién vive apesadumbrado y oprimido por su debilidad, sufrimiento o limitación –pensemos en quien ayuda y socorre a un accidentado-. La etimología de misericordia (misere=miseria, necesidad)–(cordis=corazón)– (ia=hacia los demás). Significa tener un corazón amoroso y fraterno con aquellos que tienen necesidad. Es lo que nos ha manifestado Jesucristo desde la Cruz en las siete palabras. La compasión (patior cum=soportar con). Es Jesucristo quien padece con nosotros y por nosotros para salvarnos.

La lástima es un sentimiento que no ahonda, es más periférico. Se deja llevar por las impresiones y no interviene generalmente ante las desgracias. Lo siente pero no lo aborda, se abstiene. Se deja llevar por las sensaciones, hoy tan en boga. Se buscan nuevas sensaciones por probar algo novedoso pero no se razona dónde está el peligro o hasta dónde puede llegar la insensatez. En la lástima sólo hay sentimentalismo y el sentido racional queda narcotizado; no se razona y no hay corazón. Falta lo más característico de lo que es la realidad humana: ayudar a levantarse y socorrer.
Este templo, hogar de misericordia, se llama Iglesia, es decir, realidad convocada por Dios, que no nace de nuestra iniciativa, sino de su llamada. El apóstol Pedro ha descrito el modo en que hemos sido elegidos y agregados a la construcción de esta morada, que es verdaderamente una tierra de vivientes. San Agustín lo expresa hermosamente: “Quien quiera vivir tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehúya la compañía de los miembros” (In Ioh XXVI, 13). Por eso la Iglesia es, en palabras del Papa Francisco, como un hospital de campaña, donde hemos sido tocados, alcanzados por la misericordia de Dios.

También el Papa Benedicto XVI decía que “realmente necesitamos en cierto modo islas en las que la fe en Dios y la sencillez interior del cristianismo estén vivas; oasis, arcas de Noé en las que el hombre pueda refugiarse siempre de nuevo. Los ámbitos de la liturgia son ámbitos de refugio. Pero también en las diferentes comunidades y movimientos, en las parroquias, en las celebraciones de los sacramentos, en las prácticas de piedad, en las peregrinaciones… la Iglesia intenta brindar defensas y desarrollar también refugios en los que, en contraposición a todo lo roto que nos rodea, se haga visible nuevamente la belleza del mundo y de la posibilidad de vivir” (Luz del mundo, pag. 82).

“Como el Padre me ha enviado, así os envío Yo. Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 21-23). La Iglesia, hogar de misericordia, hospital de campaña, es el sacramento del encuentro con Dios, es el lugar donde experimentamos la radical renovación de nuestra humanidad por la efusión del Espíritu Santo. Y desde esta casa de misericordia, cada uno de nosotros es enviado a los cruces de los caminos. Como en la parábola de las bodas del hijo del rey, somos enviados a las encrucijadas de la vida, a las periferias existenciales, a invitar a todos al banquete de bodas, preferentemente a los pobres, enfermos, desahuciados (Cfr. Mt 22, 1-14). Esta parábola es una de las muchas que recoge la Escritura para describir el Reino de Dios que manifiesta su misericordia, de la que hemos sido constituidos testigos, heraldos y portadores