Virtudes

Las Virtudes infundidas por Dios

En la vida nos encontramos con realidades muy distintas y diversas que nos impresionan o nos motivan para ser más coherentes. La voluntad es muy importante; es una de las tres potencias del alma: memoria, inteligencia y voluntad. Es la que lleva a la práctica lo que se piensa y lo que se recuerda. Pero si sólo nos dejamos llevar por la voluntad se puede caer en una de las enfermedades síquicas más comunes que está presente hoy: El voluntarismo. Por eso sucede que muchas veces lleguemos a cansarnos, de tanto cerrar los puños, como si todo dependiera de nosotros. Conviene sanar nuestro interior sabiendo que se requieren unas luces especiales que iluminan nuestra alma y unas fuerzas que actúan en nuestro espíritu. Estas luces y fuerzas se llaman virtudes teologales.

Las virtudes teologales, que así se denominan, adaptan las facultades del ser humano a la participación de la vida de Dios puesto que él “nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por éstos lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, tras haber escapado de la corrupción que reina en el mundo a causa de la concupiscencia” (2Pe, 1, 4). Más deseamos estar con Dios y conocerle con cercanía, más hemos de vivir las virtudes que nos hacen gustar y sentir al Dios vivo.

Todos queremos ser perfectos y nos desagrada ver nuestras debilidades, fragilidades y pecados. Ahora bien “tres cosas son fundamentales para la perfección del cristiano: la fe, la esperanza y la caridad; y de tal modo se enlazan estas virtudes entre sí, que cada una de ellas es necesaria para las otras. Si la esperanza no va por delante, ¿a quién aprovechará la fe? Si la fe no existe, ¿cómo nacerá la esperanza? Y si a la fe y a la esperanza les quitas la caridad, una y otra quedan inútiles, pues ni la fe obra sin la caridad, ni la esperanza sin la fe. Por consiguiente, el cristiano que desea ser perfecto ha de fundamentarse en las tres: si le falta alguna, no alcanzará la perfección de su obra” (San Zenón de Verona, Tratado sobre la fe, la esperanza y la caridad, 1).

La Fe es la virtud por la cual creemos en Dios y en lo que él nos ha dicho y revelado y en lo que la santa Iglesia nos enseña. Pero puede suceder que nos veamos envueltos en un mar de dudas y dificultades para entender ciertas afirmaciones y propuestas de la Palabra de Dios. Es habitual comprobar que la fe se queda suspendida de manera incomprensible, no la dominamos. Y es porque nos hemos fiado más de nosotros mismos que de Dios. Santa Teresa de Calcuta pasó por momentos de noche oscura, fue probada en la oscuridad interior, todo este drama íntimo le lleva a pedir oraciones para no estropear la obra de Dios, y a sentirse solo un instrumento del Señor: “Yo soy un lápiz con el cual él escribe lo que quiere” (Orar, Madre Teresa de Calcuta. 2ª ed. Editorial Planeta Testimonio). Se fía de Dios a tumba abierta, sin condiciones.

La Esperanza es la virtud por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna. A través de ella estamos seguros de que Dios nos premiará con los goces del cielo en la otra vida si en esta tierra hacemos todo lo que él nos ha pedido. Además en esta vida nos concederá todo lo necesario para conseguir la salvación a través de los méritos de Jesucristo. “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que cuánto más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin” (Santa Teresa de Jesús, excla. 15,3). La esperanza no permite que nos desalentemos y nos fortalece cuando llega la tristeza o el pesimismo y alegra el corazón porque, al esperar la dicha eterna, nos libera de dedicarnos al egoísmo y nos lleva a poner la caridad como luz en el camino aunque este sea oscuro.

La Caridad es la virtud por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por amor a Dios. El apóstol San Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca acaba”. (1Co 13, 4-7). De aquí se desprende que la culminación de todas nuestras obras es el amor. La fe, la esperanza desaparecerán pero la caridad permanecerá toda la eternidad.