Carta Arzobispo 1

Las virtudes infundidas por Dios

Dios no se cansa de esperar y de ayudar a todos los seres humanos que hemos sido creados por su amor. Y como buen Padre nos acompaña y nos regala su cercanía. Por ello nos infunde unas gracias especiales que se denominan “virtudes teologales”. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: Fe, esperanza y caridad (nº 1813).

No hace mucho hubo una persona que me expresaba su gran dolor por la falta de fe en su vida. Para ella era un drama existencial. Con envidia al ver que yo creía, me preguntó: “¿Por qué tienes fe?” Y sin titubear un momento le respondí: “Por pura gracia recibida de Dios. No soy un cazador nocturno de la fe con mi propia voluntad. Es una luz especial que me hace ver lo que es la vida, lo que supone amar en la vida y lo que me anima para ver más allá de la misma vida que me regala la esperanza”. Después ella me insistía y al final esta persona me expresaba que ella deseaba tener fe como los creyentes. Posteriormente hice un pacto con ella: “Cuando te veas envuelta en esta falta de fe procura creer en los que creemos y esto te ayudará, porque no es que seamos mejores sino que sólo basta que confíes en Dios puesto que es un Padre que nos ama”. Ahora, ésta persona, está haciendo un proceso de ‘encuentro con Dios’.

La fe, la esperanza y la caridad no se hallan por el camino de la duda sino por la senda de la confianza. Sólo Dios es creíble y sólo en Él hallamos el sentido a nuestra vida. La Fe es creer en Dios que nos ama, creer en todo lo que nos ha dicho y revelado a través de Jesucristo y en lo que nos propone la Iglesia. Por la fe el ser humano se entrega entera y libremente a Dios. Pero la fe se demuestra con las obras. “La fe sin obras está muerta” (St 2,26). La fe es como el faro que ilumina al barco que se acerca al puerto. La fe es una experiencia de luz que ilumina cuando se pasa por el túnel oscuro de la existencia. La fe nos da certezas que nosotros no podemos adquirir por nosotros mismos. La fe es vislumbrar más allá de lo que podamos ver con los ojos, oír con los oídos o sentir con los sentidos. La fe te da seguridad en los momentos de dolor y sufrimiento.

Es una lucha permanente observar que las noticias propiciadas por los medios de comunicación alteran nuestra vida con hechos o dichos negativos. Parecen empañarse las esperanzas humanas y comúnmente se suele decir: “¡Aquí no se puede hacer nada! ¡Esto es incorregible o imposible!” Y debe ser todo lo contrario. En medio de las turbaciones, sufrimientos y dolores hay un signo de Esperanza porque estamos llamados a ser felices si creemos en las promesas de Jesucristo. “Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa” (Hb 10, 23). Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que la virtud de la esperanza, por tanto, es aquella que corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo ser humano; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo fallecimiento y dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna (cfr. nº 1818).

También podemos comprobar en nuestra época que la crisis fundamental es de amor y caridad. Todo iría mucho mejor si tuviéramos más caridad. “Todo iría mejor si cumpliéramos los diez mandamientos”, como decía un personaje político y esto es verdad. Son los mandamientos que nos ayudan, como un cauce, a experimentar lo grande que es amar a Dios y al hermano. La Caridad es la virtud por la que nos sentimos amados de Dios, le amamos sobre todas las cosas y es lo que nos impulsa a amar al prójimo con todas las consecuencias. “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15, 9-10). “O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda… y entonces estamos en la disposición de hijos” (San Basilio, reg. fus. prol. 3). Los santos nos enseñan a vivir en verdad y sinceridad nuestra vida.