Funeral Mons. Javier Echeverría

Funeral por Mons. Javier Echeverría

1.- Bien podemos decir que lo que hemos rezado en el salmo se está realizando aquí y ahora: “El Señor es mi luz y mi salvación” (Sal 26, 1). Y estamos aquí contemplando las maravillas del Señor en medio de nosotros que, como una luz, da esplendor y nos hace contemplar lo que sucederá en nuestras vidas con una visión nueva. No cabe duda que la oración y en este momento de modo especial nos acerca como un rayo de luz a aquel que ahora no está entre nosotros, en nuestra patria terrena, puesto que ha pasado a la eterna, y es nuestro querido D. Javier Echevarria, al que cariñosamente le llamabais “padre” porque, como dice San Pablo, la paternidad tiene la función de generar almas para Dios y para el Cielo. Se cumple en la vida de D. Javier lo que ya escribió San Josemaría pensando en sus fieles hijos: “¿Quieres que te diga todo lo que pienso de ‘tu camino’? –Pues, mira: que si correspondes a la llamada, trabajarás por Cristo como el que más; que si te haces hombre de oración, tendrás la correspondencia de que hablo antes y buscarás, con hambre de sacrificio, los trabajos más duros… Y serás feliz aquí y felicísimo luego, en la Vida eterna” (Camino, 255). Así lo hizo con muchísimos que ahora os veis agraciados y agradecidos por su corazón de buen pastor. Al mismo tiempo era un impulsor y promotor de las vocaciones sacerdotales. Ya le he incluido como intercesor para esta causa.

Muchas veces pude estar con él y sobre todo cuando venía a Navarra. Y siempre tuve la impresión de admirar en él a un hombre viviendo intensamente su sacerdocio, que creía con toda su alma en Cristo y en su esposa la Iglesia, que amaba con un corazón generoso y esperaba –con el amor enraizado en Cristo- a pesar de los avatares y dificultades que se interferían en su camino. Vivía por tanto lo que hemos escuchado a San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?… ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?; ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado” (Rom 8, 35-39). Nada ni nadie podrán disociarnos y separarnos del amor de Dios. Esta es la más alta de las místicas y el rango fiel y superior de la auténtica espiritualidad.

Ya os lo decía en la última carta con motivo del Adviento: “En esta época nuestra, tan compleja como apasionante, existe el riesgo de que el ajetreo del ambiente nos empuje, casi sin darnos cuenta, al atolondramiento: a hacernos perder el enfoque de que el Señor se halla muy cerca. Jesús se nos da del todo, y nada más normal que nos pida mucho. No entender esta realidad significa no entender o no adentrarse en el Amor de Dios.

Pero no imaginemos situaciones anormales o extraordinarias. El Señor espera que nos esmeremos en la realización de los deberes ordinarios propios de un cristiano. Por eso os propongo que estas semanas —que en tantos países se caracterizan por un crescendo de preparativos externos para la Navidad—, supongan en vuestro caminar un crescendo de recogimiento en el trato con Dios y en el servicio generoso y alegre a los demás. En medio de las prisas, de las compras —o de las estrecheces económicas, quizá ligadas a cierta falta de seguridad social—, de guerras o catástrofes naturales, hemos de sabernos contemplados por Dios. Así encontraremos la paz del corazón. Dirijamos nuestra mirada a Cristo que llega, como el Papa Francisco comentaba unas semanas atrás, citando una conocida frase de san Agustín: «“Tengo miedo de que el Señor pase” y no le reconozca; que el Señor pase delante de mí en una de estas personas pequeñas, necesitadas, y yo no me dé cuenta de que es Jesús »” (Mons. Javier Echevarría, Carta del Prelado, diciembre de 2016).

2.- El tesoro mayor que hemos recibido es el de ir construyendo, con nuestra vida y nuestros actos, la dulce experiencia de la eternidad. Para ello se requiere proceder con sencillez y humildad al estilo de Jesucristo que se ha hecho vivo y presente entre nosotros desde la cercanía de Belén hasta la entrega en la Cruz y su Resurrección. “Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes” (Si 3, 20) ¡Mayor servicio y humildad no existe! Y ahí le tenemos al Dios pequeño y hecho Niño.

Y de nuevo en la carta de diciembre decía D. Javier: “Al prepararnos para la inminente conmemoración del nacimiento de Jesús en Belén, estas semanas nos mueven a percibir cómo Dios se avecina en cada instante a nosotros, nos espera en los sacramentos —especialmente en los de la Penitencia y la Eucaristía—, e igualmente en la oración, en las obras de misericordia” (Ibd. Carta del Prelado, diciembre 2016). Pues de lo contrario “si no tienes pupilas no te valdrá la luz… Corazón endurecido acabará haciendo el mal; quien ama el peligro perecerá en él. Corazón que sigue dos caminos no tendrá éxito y el malvado de corazón en ellos tropezará” (Si 3, 25-27).

Es curioso constatar que cuánto más avanza el ser humano en conocimientos científicos y experimentales más necesidad tiene de hacerse pequeño en las grandezas humanas. Lo comprobamos cada vez con mayor precisión ante los tiempos que nos toca vivir: “O Dios o nada”. ¡Eh ahí la labor que se realiza en las prácticas ordinarias de la vida y que caracteriza la espiritualidad de la Obra! En las pequeñas cosas de cada día, si se hacen bien y por amor, Dios se manifiesta. Y Dios nos lo ha demostrado y mostrado en Belén; los que se acercan a visitarlo, como los pastores, lo viven desde la pequeñez y con la única pretensión de ser testigos de lo que han visto y oído.

3.- Como observáis he ido dejando hablar a D. Javier y por eso me agrada recordar otro de los apuntes de su carta con motivo de la Navidad y dice así: “No dejéis de acordaros en estos días de la gente sola o que pasa necesidades, y a quienes podemos ayudar de un modo u otro, conscientes de que los primeros beneficiados somos nosotros mismos. Procurad contagiar esta solicitud tan cristiana a parientes, amigos, vecinos, colegas: qué detalle tan cristiano, entre tantos, el de algunos fieles de la Obra que durante algunas noches van a ofrecer algo de comer y de beber a personas sin hogar, y también a quienes se ocupan de vigilar el descanso de los ciudadanos” (Ibd. Carta del Prelado, diciembre 2016).

Me parece un recordatorio muy en consonancia con el Año Jubilar de la Misericordia que acabamos de clausurar. En este Año se nos recordaba vivir la Obras de Misericordia y creo que es un buen aperitivo que nos hace reconocer la presencia del Señor. Adorar a Cristo Eucaristía es reconocer hasta dónde ha llegado el Amor de Dios que se ha hecho alimento para nuestras vidas con su Carne y su Sangre. Pero reconocer a Cristo presente místicamente en el pobre nos hace sentirle presente y a él ofrecemos nuestros dones y alimentos en el hermano necesitado.

Y hoy recurrimos muy filialmente a la Virgen a la que tanto amaba D. Javier. Sintamos el orgullo santo de ser hijos de tan buena Madre. Hace pocos días celebrábamos los 50 años de la ermita dedicada a María del Amor Hermoso que preside el Campus de la Universidad de Navarra. ¡Cuántas veces acudió D. Javier para rogarla por los alumnos, profesores y trabajadores de la misma a fin de que los frutos fueran abundantes en santidad según pensaba tanto San José María como el beato Álvaro del Portillo! A ellos también recurrimos para que, el carisma del “Opus Dei”, crezca a la medida que el Espíritu Santo tiene en su mente.