Misa Crismal

Homilía de la Misa Crismal

La Misa crismal, que el obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es una epifanía de comunión de los presbíteros con el propio obispo (cf.OGMR,203). Con el Santo Crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad y enfermedad. Hoy manifestamos nuestra fiel disposición para que la fuerza de la gracia de Dios siga mostrando el camino de la paz y justicia que él nos atestigua con su entrega generosa.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos recuerda y nos presenta al heraldo de la buena nueva que ha sido ungido por el Señor y ha sido enviado para llevar a los sencillos y menesterosos la mejor noticia que se puede dar y es la de “vendar los corazones rotos” (Is 61, 1) “anunciar la redención a los cautivos” (Is 61,1) y a “los prisioneros la libertad” (Is 61,1). Su misión se reduce a una doble función como mensajero y como consolador. ¿No es verdad que también a nosotros hoy, viviendo la fidelidad al Maestro, se nos pide ser portavoces de un mensaje que, a veces, intenta ser sofocado por las ideologías que amordazan y nos ponen la mano en la boca para que no hablemos? No es fácil ser mensajeros de la Verdad pero, es muy cierto, que nuestras gentes quieren ver con nuestro testimonio y oír de nuestros labios que la auténtica liberación viene del Hijo de Dios que entrega su vida para hacernos libres.

La tentación “asfixiante que acecha hoy a los agentes de pastoral, se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.97). No podemos ser consoladores si no estamos impulsados por el Espíritu Consolador. ¡Cuántos esperan de nosotros el consuelo que el mundo no da! Como consoladores hacemos de venda a los corazones rotos por la enfermedad o por la desgracia, alentamos en el dolor y sufrimiento, aportamos la dignidad humana que está perdida y ponemos nuestras manos misericordiosas sobre el pecador arrepentido. ¡Qué grande es ser instrumentos en las manos del Señor! Ante tantos momentos de desaliento sólo nos queda o desesperar o saber que la única motivación para evangelizar es el amor que de Jesús hemos recibido. Y todo se supera con una actitud de confianza, observando que la obra es de Dios y que él nos sigue acompañando, como cuando nos llamó la primera vez.

Por ello hemos de sentirnos esperanzados si cantamos y si nos unimos a una sola voz: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). “El sacerdote que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor… de aquí proviene precisamente la insatisfacción” (Francisco, Homilía del Jueves Santo en la Misa Crismal, 28 de marzo de 2013). Por eso quien proclama la misericordia no termina en la tristeza sino que eleva su espíritu por encima de sí mismo y se goza de anunciar y testimoniar el regalo del evangelio.

Ahora bien el mensajero y el consolador que debe ser el sacerdote a imitación de Jesucristo ha de transitar por la fuerza del Espíritu que está presente en cada uno de nosotros (Cfr. Lc 4,18) y esa presencia nos hace gozar de en un proceso que se adentra en la vida trinitaria, donde encuentra su fuente la comunión eclesial. La comunión restaura la vida eclesial y es puerta de la auténtica evangelización. Es mejor el menos perfecto en unidad y comunión que el más perfecto fuera de ellas. “Es el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, que transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios… Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia” (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 117). Como sacerdotes no somos “dueños” sino servidores para que cada uno de nuestros fieles, en comunión con la Iglesia, gocen del hecho de ser testigos del evangelio.

El Proyecto de Pastoral que hemos emprendido en la Diócesis tiene la finalidad de potenciar y testificar la unidad y comunión de todos los miembros del Pueblo de Dios y, en armonía junto al Obispo que representa a Jesucristo, celebrar que donde dos o más están unidos, allí actúa el Señor (Cfr. Mt 18, 20). El Obispo como Vicario de Cristo en la Diócesis tiene el deber de conducir a todos como el Buen Pastor conduce a su rebaño. Invito a todos para que no nos dejemos llevar por el desánimo o por la superficialidad. Al contrario pongamos todo el empeño y fuerzas para recrear la acción de Dios en medio de nosotros. Este Proyecto de Pastoral nos servirá para crecer en el camino hacia la santidad si lo vivimos como un gran momento de Dios.

Bien se entiende lo que nos dice Isaías y que aporta el evangelista Lucas: El Espíritu del Señor está sobre nosotros (como ministros de Cristo) porque nos ha ungido para ser testigos de su Amor y de su Vida (Cfr. Is 61, 1 y Lc 4, 18) en los pobres, en los angustiados, en los cautivos, en los ciegos, en los oprimidos, en los desesperados… Y por esta razón renováis las promesas que un día hicisteis ante el Obispo. Y hoy se actualiza ante mí que a pesar de mi pobreza y fragilidad, el Señor se manifiesta. Recemos los unos por los otros para que no sean nuestros intereses particulares sino los de Dios que hemos de poner en primer lugar y aun cuando debamos entregar lo mejor de nosotros, estemos seguros que esto será sementera de nuevos testigos del evangelio y de nuevos cristianos.

Os felicito por vuestra disposición y por vuestro servicio apostólico. Dejemos que sea Cristo quién pase a nuestro lado y en medio nuestro. Que con su ayuda nos fortalezca en las pruebas y en las duras tareas que comporta nuestro servicio pastoral. Que la caridad sea nuestra señal y guía. Roguemos por nuestros hermanos que sufren la enfermedad o la ancianidad. Por los que se encuentran en medio de la oscuridad. Pidamos por nuestros Seminarios y para que muchos jóvenes sean generosos en el seguimiento a Jesucristo. Ofrezcamos sufragios por nuestros hermanos sacerdotes que han fallecido. Que la Diócesis, con la riqueza de vocaciones consagradas y de matrimonios fieles al Amor de Cristo, goce con los dones que Dios nos regala. Que la Virgen María sostenga nuestras vidas y nos muestre a su Hijo Jesucristo para que sintamos lo mismo que vivieron los servidores de las bodas de Caná: “Haced lo que él os diga” ( Jn 2, 5). ¡Fructuosa Semana Santa y Feliz Pascua de Resurrección!