Mandamientos

Vivir en Jesucristo implica cumplir los mandamientos

Ante las distintas leyes que emanan hoy en los parlamentos y que reflejan la forma de vida que se hace presente y visible, no podemos por menos que anunciar que la ley que da vida y es constitutiva de la naturaleza y del orden auténtico en lo humano, es la ley de Dios. Si se olvida o margina se comete un fraude y el mismo ser humano encuentra un gran vacío interior que provoca inmediatamente o en un corto plazo la frustración sicológica y vital. Si a esto añadimos que por naturaleza el ser humano tiende a transcender, no cabe duda que solo en Dios se encuentra alivio ante el cansancio, verdad ante la mentira, justicia ante las injusticias, serenidad ante la falta de paz, ilusión ante los momentos que son frustrantes, gracia ante el pecado, amor ante el odio y madurez humana ante las desviaciones propiciadas por la idolatría bajo la capa de humanismo.

Recuerdo que en una reunión se me acercó un famoso político y me dijo: “Los obispos españoles debéis someteros, como todo ciudadano, a las leyes que emanan del parlamento y de las cortes. De lo contrario os convertís en unos insumisos y las leyes condenan a aquellos que no cumplen la ley”. A mi alrededor había algunas personalidades sorprendidas y expectantes a la respuesta que esperaban de mí. La respuesta fue muy clara y hasta desafiante: “Los obispos como todos los cristianos no tenemos otra ley sino la que procede de Dios y es la de los ‘Diez Mandamientos’. Las leyes que emanan de los Parlamentos si van contra la ley de Dios, nadie me puede obligar porque, para mí, Dios es antes y si me condenan que me condenen”. No hubo réplica y es más le dije que de ese modo de pensar y proceder la tiranía de los parlamentos lo único que justifican es que éstos se conviertan en inhumanos, como así sucede con ciertas leyes.

La enseñanza de la Iglesia nos muestra el camino por el que debe andar el cristiano: “Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están gravados por Dios en el corazón del ser humano” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2072). A través de la historia se han manifestado contradicciones a las propuestas que hacen los diez mandamientos, así lo vemos en la trayectoria del pueblo de Israel y posteriormente en las dificultades que ciertos grupos ‘religiosos’ le ponen a Jesús. En la raíz del conflicto con ellos le llevan hasta la cruz.

Cuando creemos en Jesucristo de verdad no podemos por menos que ejercitar la magnánima adhesión a su voluntad. Es el mismo evangelio quien nos muestra que la vida ha de ir al compás de los diez mandamientos: “Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos.- ¿Cuáles Señor? Le preguntó. Jesús le respondió: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 17-19). Es muy clara la propuesta que Jesús hace al joven rico a quien invita que sea pobre y comprometido como cristiano. El Papa San Juan Pablo II decía: “No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo más radical: adherirse a la persona de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad de Dios” (Veritatis Splendor, n. 19). Y es cierto. Tal vez hoy no se entienda la fuerza liberadora que nos da seguir a Jesucristo en el cumplimiento de los diez mandamientos porque hay una fuerte tendencia al relativismo que como termita destruye la viga que sostiene lo humano.