Pensar

La corrupción más grave es el vacío de la mente

No hay corrupción mayor que tener una mente confusa, sin estructura, sin recursos racionales, ausente de los principios fundamentales que la sustentan y con una sindéresis que campa por sus fueros y sin sentido. La raíz de muchos fracasos parte de esta mente turbulenta e incapaz de pensar. La educación ha de plantear seriamente su finalidad en este tema que atañe a la madurez de la persona. Conviene pensar bien para ejercitar un camino de perfección en el proceso humano.

Si las fuerzas del alma son memoria, entendimiento y voluntad según estudia la filosofía, hoy es necesario profundizar en esta realidad. Creo que la educación ha caído más en el ‘tecnicismo’ que en ‘organizar la mente’. Y si a esto añadimos la voracidad que existe con los nuevos medios virtuales como el móvil, la tablet, el internet y sus secuaces, podemos comprender que la mente, en muchos momentos, se puede sentir huérfana y volando sin meta alguna.

Esto que sucede tiene sus raíces en el relativismo que es quien seca la mente y la involucra en un modo de pensar que se desvía de la verdad. “La sabiduría todo lo sabe y entiende” (Sb 9,11). Si el pensamiento tiene su propia nobleza y se enraíza en la verdad, éste viene acosado por un nuevo terrorismo que destruye y barre la auténtica sabiduría que es quien descubre la verdad. “Frente a la dictadura del relativismo, frente al terrorismo del pensamiento, de nuevo, se quiere arrancar a Dios del corazón humano” (Cardenal Robert Sarah). No hay vuelta de hoja o se armoniza la mente o se evapora el pensamiento. Las consecuencias son nefastas porque influyen en la experiencia y convivencia humana. Se proclama lo absurdo como signo de autenticidad cuando a lo único que se llega es a la mentira existencial.

Fue S. Juan Pablo II quien vislumbrando lo que estaba por venir, el relativismo, tuvo la gran intuición de escribir una encíclica sobre la fe y la razón como las dos alas para encontrar la verdad. “Han surgido en el hombre contemporáneo, y no sólo entre los filósofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y fundamento último de la vida humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a todas las preguntas” (Juan Pablo II, Fides et Ratio, nº 5, 14 de septiembre 1998).

Se ha llegado a un momento que la situación cultural ha plasmado un modo de pensar según el cual todo es opinión: la verdad sería el resultado del consenso. Las nuevas generaciones están expuestas a no tener “auténticos puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera” (Ibd., nº 6). De ahí que hoy los creyentes hemos de anunciar la verdad sin restricciones y sin complejos.