Sufrimiento

LA GRAN PARADOJA

Muchas veces nos podemos preguntar por qué lo que nos ocurre, cada día o en un cierto momento, se puede volver contra nosotros. Esta paradoja existe. La paradoja es una figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones que aparentemente envuelven contradicción:“El que quiera salvar su vida la perderá” (Mc 8, 35). Esta es la gran paradoja a la que nos invita Jesucristo. Ante este modo de pensar y de vivir nos podemos escandalizar, como ocurre frecuentemente, o nos podemos convertir que es lo más sabio e inteligente. Más de una vez nos hemos encontrado con el dolor, la enfermedad o el sufrimiento. Lo primero que hacemos es recurrir a Dios para que nos lo haga desaparecer y no para que los sepamos sobrellevar. Nos acosan circunstancias que no entendemos porque nos parecen absurdas e injustas. Y es verdad cuando las miramos con nuestros propios criterios. Pero cuando las miramos con la experiencia que Cristo nos mostró ya no es tan absurdo o injusto.

Por eso Jesucristo dice a los suyos: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8, 34-35). No dejemos que el racionalismo que tanto daño puede hacer e invada nuestra existencia. Es fácil dejarse llevar por puros sentimientos o por un hedonismo estéril. “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015). Este es el gran reto ante el que nos encontramos y ante el que tal paradoja evangélica se hace sentir.

Cuenta una leyenda que, en una ocasión, una mujer budista acudió al templo con su hijo muerto. Su hijo era una criaturita de seis años. Lo llevaba en brazos y, con lágrimas en los ojos, le gritaba a la imagen de Buda pidiendo que lo curase. Y el Buda le dijo que se lo podía traer de nuevo a la vida si ella le llevaba unas semillas de mostaza. Pero con una condición: debían ser semillas recogidas en la casa de alguna persona que no estuviera sufriendo ningún dolor desde el año anterior. La mujer dio un salto de júbilo y salió corriendo a buscar lo que se le pedía. Fue de casa en casa hasta que recorrió casi toda Tailandia. Al poco tiempo volvió a Buda con las manos vacías. Pero esta vez ya no pidió la curación de su hijo. Había comprendido que no hay ningún hombre sin sufrimiento en esta tierra.

Es muy difícil asimilar que la vida tiene circunstancias que no nos agradan puesto que están marcadas por el dolor o por la enfermedad. Y la reacción que a todos nos acosa es la impresión de que somos los únicos que padecemos el sufrimiento. No es así, porque basta entrar en conversación con cualquier persona y siempre hay momentos de confidencia donde se habla de los fracasos o de los ideales no logrados. Pero también se da el caso que el único afán personal, donde uno se mueve, es el de conseguir éxitos y buena posición económica y social. Según la mentalidad secular esto es un éxito. Sin embargo Jesucristo nos dice: “Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles” (Mc 8, 36-38).

Muchas veces he podido comprobar que hay personas, con gran cultura y con grandes dotes humanas e intelectuales, que a menudo plantean la siguiente cuestión: “Si Dios nos ama ¿por qué permite tanto dolor, tantas desgracias o tantos sufrimientos? Yo no creo”. Sin embargo visitando a enfermos prostrados en el lecho del dolor, gente sencilla, se expresan de otra forma: ”Si Dios ha permitido esto: ¡Algo querrá!” Todos tenemos derecho a preguntarnos o preguntar. Las respuestas pueden ser divergentes. Es el momento para meditar y reflexionar, al calor de la Palabra de Dios, que resuena como la verdadera respuesta. Esta es la gran paradoja.