Kiko

Un gran regalo para la Iglesia de hoy

Aun recuerdo cuando era estudiante, en el Seminario Diocesano de Burgos, en el año 1965. Ya se comentaba que en el Barrio de Vallecas (Madrid), en la zona de chabolas, había un seglar que estaba realizando una revolución evangelizadora con los pobres y desheredados. Este personaje se llamaba Kiko Argüello. El arzobispo de Madrid, en aquella época Mons. Morcillo, tenía un aprecio especial al talante y estilo de anunciar el evangelio con las catequesis que el mismo Kiko Argüello pronunciaba y promovía. Pronto se agregó Carmen Hernández y otros muchos que estaban haciendo una revolución pacífica mucho mayor que la que realizaba la política con sus varias caras. Era un aire fresco que tenía como origen el kerigma y fascinaba a los que se acercaban a ellos y posteriormente a las comunidades. El término kerigma proviene del griego que significa “anuncio-proclamación”. El que proclama lo hace como un emisario. Lo anuncia de tal forma que hace vivir aquello que se proclama. Y en este caso es la Palabra de Dios que se anuncia con alegría y plena convicción.

Fue la fuerza con la que se iba expandiendo que en el año 1968 se inició en Roma tal estilo de vida. Años antes había tenido una experiencia en Madrid y desde entonces se difundió por todo el mundo. Han pasado más de cincuenta años y la experiencia de Kiko Argüello que él relata hace pensar en la fuerza que da la fe en Cristo. “Tenía un amigo que era asistente social y que trabajaba en las chabolas de Palomeras (Madrid) y le dije: Querría dejarlo todo e irme a vivir entre los pobres. Y me indicó un sitio: un pequeño valle lleno de cuevas, donde había gitanos, quinquis, vagabundos, pordioseros, mendigos, prostitutas viejas… una zona horrible. Me fui a vivir allí con una guitarra y una Biblia. En el suelo había un colchón. Me acuerdo de que hacía un frío espantoso. Aquella chabola era un refugio para los perros y los perros me calentaban. Dormía con cuatro o cinco perros encima, si no, me moría de frío. A aquel ambiente me llevó Dios, porque yo, sinceramente, no habría ido nunca”. Los carismas nacen de esta forma tan sencilla y la fuerza del Espíritu se posa en los sencillos de corazón que arriesgan su vida.

El día 5 de mayo de este año estuve celebrando -en Roma donde se comenzó (hace 50 años)- las Bodas de Oro del Camino Neocatecumenal junto con el Papa Francisco, varios cardenales y muchos obispos de toda la Iglesia y más de CIENTO CINCUENTA MIL fieles, pertenecientes al Camino Neocatecumenal, que habían venido de todas las partes del mundo. Fue un evento lleno de fuerza y alegría espiritual. El Papa Francisco hizo una reflexión profunda sobre lo que debe ser el sentido de la misión: “Para anunciar es necesario renunciar. Solo una Iglesia que renuncia al mundo anuncia bien al Señor… Totalmente misionero, no es quien va solo, sino quien camina juntos. Caminar juntos es siempre un arte para aprender, todos los días. Uno debe de tener cuidado, por ejemplo, para no dictar el paso a otros… porque la respuesta a Dios madura solo en una libertad auténtica y sincera”. Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos.

Nos podemos preguntar: ¿Cómo es posible que un seglar o laico (Kiko Argüello) haya tenido tanta fuerza para atraer a miles y miles de personas? Sólo existe una respuesta: Las gracias que concede el Espíritu Santo no tienen fronteras y no hace distinción de personas. Concede las gracias a quien quiere y como quiere. Él mismo narra: “Frecuentaba Bellas Artes (en Madrid) y en mi curso había un sacerdote, también pintor, y fui hablar con él sobre esto. Todo lo que me decía me parecían cosas sin consistencia. Entendí rápidamente que el problema era la fe, y que yo solo no podía darme la fe. Entonces grité al Señor y en aquel momento, de repente, sentí dentro de mí la certeza de que Dios existía. No lo sentí como un razonamiento o como una teoría, no. ¡Dios existía! Fue un toque especial que llegó a la sustancia de mi vida”. Estas son las sorpresas de Dios, puesto que a cada uno, nos tiene el día prefijado. Por eso nunca hemos de adelantar los momentos de Dios sino saber esperar. ¡Muchas gracias, a ti Espíritu Santo, que nos regalas tantos milagros y uno de ellos es el Camino Neocatecumenal!