Misioneros Carta

EL APEGO SERVIL PROVOCA MALESTAR Y ANGUSTIA

El apego excesivo provoca una situación de precariedad espiritual tal que lleva consigo una angustia existencial. Hay muchas formas de apegarse y una de ellas es la cerrazón de pensamiento amén de la apropiación de la vida como algo exclusivo y personal. La sabiduría del Evangelio nos recuerda que “quien tiene apego a su vida, la pierde” (Jn 12, 24). Nada hay más saludable que el aprecio del que mira su propia vida no como única propiedad sino como un regalo de Dios creador. San Agustín que sobre tal situación experimentó que el verdadero descanso estaba en reconocer la soberanía de Dios dice: “Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Las Confesiones, I, 1, 1). El apego excesivo lo echa todo a perder y la angustia se apodera de la vida como si fuera una termita que la destruye. Es muy común oír decir: “Está apegado como una lapa”. Y las lapas se pegan a la roca, como si fueran ella misma, perdiendo su propia identidad.

La libertad se construye cuando se reconoce uno a sí mismo por lo que es y no por sus falsas imaginaciones. La realidad es muy concreta y testaruda. Es lo que nos lleva a reconocer que la vida no depende de nuestras fantasías sino de nuestro origen como creaturas de Dios que nos ama y quiere, para cada uno de nosotros, lo mejor. El apego se define como una inclinación hacia alguien o algo. Y sentir eso no está mal. Pero cuando ese lazo se convierte en algo que determina nuestra vida, que nos hace preocuparnos menos de nosotros y nos pone más en función de otras cosas, entonces es claro que debemos reconsiderar si dicho aferramiento es realmente beneficioso para nuestra vida. El apego y la dictadura afectiva se entrelazan cuando impiden liberarnos de una obsesión que ellos mismos provocan.

Y la pregunta que debemos hacernos para evitar el apego es siempre la misma: “¿Puedo ser feliz sin depender servilmente de nada ni de nadie?” Es posible puesto que la gran tarea que nos exige una sicología sana es saber relacionarnos con los demás sin aferrarnos y sostenernos como algo imprescindible en el devenir de la propia vida. Conviene saber cortar las dependencias que son frenos de la libertad. Ya en las primeras comunidades cristianas se les advertía: “Para esta libertad Cristo nos ha liberado. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre” (Gal 5, 1-2). La ley de Cristo es ley de libertad, no como la entiende la mundanización, sino como la experimenta la caridad. Nadie es más libre que quien ama sin apegos y sin restricciones.
Los apegos más comunes son al dinero como fin de la vida puesto que las posesiones materiales se pueden convertir en paraísos terrenales olvidando los eternos. Otro de los anhelos y obsesiones que producen angustia y malestar espiritual son las relaciones afectivas que no llegaron a ser consumadas. La comodidad de vivir sin ni siquiera dejar oír las dificultades propias de la vida. Se buscan amistades de las que se suele abusar e instrumentalizar como sustentación de los propios fracasos. Pero hay un apego servil que pasa factura muy amarga y es vivir el pasado con constante temor que impide afrontar el momento presente como lo único de lo que se puede gozar sin caer en complejos anteriores. Las relaciones obsesivas provocan celos exclusivos e injustificados. Los celos destruyen el bienestar y la libertad. El apego en estos casos es lo contrario al amor.

Toda esta reflexión ha de ayudarnos para mirar con esperanza el tiempo que nos toca vivir. Para ello tenemos el mejor ejemplo que es Jesucristo cuando reta a los suyos y les muestra la mejor manera de ser libres: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Los santos tienen de admirable la entrega de la propia vida a favor de la causa que es la del amor de servicio al hermano. Sin esta regla de vida se llega al malestar y a la angustia. La crisis más fuerte que hoy se da es la falta de amor. Pongámonos a caminar si apegos y con la alegría de entregar lo mejor de nosotros mismos por esta causa, tan admirable como sanadora, que es la caridad.