Carta Arzobispo

LA MISIÓN QUE HOY SE REQUIERE

Hay muchas razones para dejarnos paralizar por las situaciones que hoy nos acosan por todas partes, pero hay una que sintetiza muy bien San Pablo: “En todo atribulados, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Cor 4, 8-10). Y así se es misionero en medio de las tribulaciones, de los desengaños, de las críticas, de los insultos. “Si ambicionas la estima de los hombres, y ansías ser considerado o apreciado, y no buscas más que una vida placentera, te has desviado del camino (…) En la ciudad de los santos, solo se permite la entrada y descansar y reinar con el Rey por los siglos eternos a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones” (Pseudo Macario, Homiliae 12,5). La misión es, cada vez más, identificarnos con la misma vida de Jesucristo.

Hay momentos en la vida que alguien nos pregunta: “¿No te cuesta ser cristiano hoy con todas las exigencias que nos muestra el Evangelio y la Enseñanza de la Iglesia?” Cierto que no es fácil ser fiel según el criterio de la mundanidad. Ser coherente y afirmar la verdad no va con los mal nominados “los tiempos han cambiado”. Y existe un peligro y es el de querer endulzar el veneno de la mentira. Y digo la mentira porque hasta está tomando carácter de ciudadanía y se la denomina post-verdad y hasta las noticias falsas deambulan como si nada ocurriera. Todo esto requiere una medicina especial que lo cure y sane. “Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad (…) Un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad” (Santo Tomás de Aquino, s.th, 2-2, 109,3 ad 1). No hay auténtica misión si no se pone en primer lugar la verdad y sólo Jesucristo nos dice que esta es la única forma de entender su evangelio.

Dar testimonio de la verdad es la misión de Jesucristo: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn18, 37). No hay otra forma de expresar la auténtica misión. Si vemos los testimonios de tantos misioneros que trabajan en zonas devastadas por las guerras, que permanecen aun en medio de las dificultades que suponen las corrupciones estatales, que se exponen por amor a los pobres y necesitados, nunca les oirás quejarse puesto que son testimonio y defensores de la verdad. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad.

A través de la historia, la Iglesia, ha llevado con claridad la misión que Jesucristo la ha encomendado aunque haya habido miembros de la misma que no hayan sabido corresponder en algunas circunstancias. Y el martirio “ha significado el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la f y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante una acto de fortaleza (…) Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2473-2474). Esto significa que ser misioneros se equipara con el testimonio de vivir la verdad aunque suponga el martirio por la defensa de la fe.