Incio Curso

¡TÚ ERES EL HIJO DE DIOS!

1.- Nada hay más saludable que tener la gracia de la fe en Jesucristo nuestro Señor. Y la razón fundamental es porque en Él está la Vida y en Él está la plena seguridad y sabiduría de nuestras vidas. ¿Qué ocurre cuando tenemos alguna enfermedad? Recurrimos al médico poniendo la esperanza en sanar. No seríamos consecuentes si desviáramos el instinto de conservación por el pesimismo y la apatía. Todos queremos ser sanados y deseamos una vida feliz. Lo que ocurre que en la vida temporal se nos da una vida limitada, pero el corazón desea mucho más: una vida permanente y eterna. Y ahí está el Señor que nos pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo? (…) Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Lc 9, 18-20). Tales preguntas no se pueden responder fácilmente puesto que para creer en Dios previamente se requiere lo que nos ha dicho el evangelio:”En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3-4). Quien no se reconoce por lo que es, no entra en los parámetros que ha puesto el Señor y pierde su auténtica identidad.

Todo esto me hace recordar la cara de sorpresa que debían tener los apóstoles ante tales propuestas que el Señor les indicaba. Ellos querían aprender del Maestro y les sorprendía de tal forma que rompía sus esquemas recortados y limitados. Les quiere dar una visión mucho más amplia y sabia, no con la medida que ellos pensaban, sino con una nueva enseñanza que nada tenía que ver con los sabios y entendidos que así se consideraban. Ya el Antiguo Testamento prefiguraba lo que Dios llegaba a cambiar en el corazón de los israelitas: “Yo amo a los que me aman, y quienes me buscan de madrugada, me encuentran (…) Más vale mi fruto que el oro, el oro fino, y mi ganancia, que plata escogida” (Prov 8, 17-20). No cabe duda que para nosotros que estamos inaugurando el nuevo curso 2018-2019, comienza un nuevo reto donde la ciencia, el estudio filosófico y teológico, con las clases de diversas materias, pueden convertirse en un momento de aprendizaje auténtico, es decir, poner en el centro las mismas preguntas que Jesucristo formulaba a los suyos. Al final se quedaban con una admirable respuesta: “Tú eres el Hijo de Dios”.

2.- La finalidad de nuestros estudios no es la erudición por la erudición, no es el tener más conocimientos archivados en la mente, no es la forma de sorprender nuestras inquietudes con respuestas fosilizadas, no es un bagaje de fórmulas que van a ser espetadas a unos y a otros… La finalidad es en todo reconocer que Jesucristo me hace saborear la vida como entrega y generosidad. “Se trata de realizar un neto rechazo de esa mentalidad mundana que pone el propio yo y los propios intereses en el centro de la existencia. Jesús nos invita a perder la propia vida por Él, por el Evangelio, para recibirla renovada, realizada, auténtica. Podemos estar seguros, gracias a Cristo, de que este camino lleva, al final, a la resurrección, a la vida plena y definitiva con Dios” (Papa Francisco, Homilía en Santa Marta de Roma, 13 de septiembre 2015).

Y la auténtica educación en el conocimiento nos debe llevar a reconocer que en todo ser humano hay un ansia de infinitud. Por lo tanto el estudio bien llevado “nos dará a entender que jamás hemos de desesperar de los hombres ni los demos por perdidos, que no les despreciemos cuando se hallan en peligro, ni seamos remisos en ayudarlos, sino que cuando se desvían de la rectitud y yerran, tratemos de hacerlos volver al camino, nos congratulemos de su regreso y los reunamos con la muchedumbre de los que siguen viviendo justa y piadosamente” (S. Asterio de Amasea, Homiliae 13). Todos nuestros estudios sólo y exclusivamente tienen esta finalidad: “No es voluntad del Padre que está en los cielos que se pierda ni uno solo…” (Mt 18, 14).

3.- El ambiente de nuestro trabajo intelectual es dejar que brille la verdad, la justicia, el amor y la misericordia, y no porque dejemos el sentido racional aparcado sino que es más bien todo lo contrario: Que la razón se deje iluminar por la fe y la fe aplauda las razones del intelecto siempre en sintonía con la Palabra de Dios y las Enseñanzas de la Iglesia. A este respecto el día 14 de este mes hizo veinte años de la hermosa Carta Encíclica de San Juan Pablo II sobre la relación entre fe-razón, e invito la tengáis al lado de la Biblia. Es una exposición magistral. En ella dice:”Como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contemporáneos. Sus seguidores teorizan sobre la investigación como fin en sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. El nihilismo está en el origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional” (Fides et Ratio, nº 46). De ahí que la fe da la posibilidad de iluminar a la razón, para que no se cierre el camino que conduce al reconocimiento del misterio.

En este contexto quiero recordar que estamos en la búsqueda, siempre en sintonía con el proyecto del Señor en nuestra Diócesis, a fin de que la evangelización se realice en medio de nuestras tareas pastorales, litúrgicas y sociales. Pero como nos dice la Carta a los Efesios: “Os ruego yo, el prisionero por el Señor, que viváis una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos unos a otros con caridad, continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4, 1-3). Hermosa exhortación que nos ha de ayudar para ejercitar el servicio más grande que tenemos: Llevar con gozo el evangelio de Cristo a la comunidad humana donde Él es el Principio de la unidad de la Iglesia. Si estamos unidos y convencidos, el Señor hará maravillas múltiples, porque no somos nosotros, es Él quién las realiza; nosotros somos indignos siervos.

Ruego a María, Reina de la Sabiduría, que nos ayude en este nuevo curso a ser testigos, en todo momento, del amor de Dios en medio de nuestras tareas, estudios y labores pastorales.