Ordenación

BIEN MERECE LA PENA ENTREGAR LA VIDA POR LA MISIÓN

Hoy es un día de gran alegría para la Archidiócesis de Pamplona y Tudela con motivo de la ordenación de cinco jóvenes que se han plantado ante el Señor y le han dicho: “¡Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad!”. Saludo a Juan Ruiz Royo como nuevo presbítero y a los nuevos diáconos: Andrés González Barrera, Quoc Thang Doan, Huynh Nguyen y Allan Salamida Durán. En vosotros se ve que la Iglesia es universal. ¡Muchas gracias por vuestra entrega y por vuestro amor a Jesucristo!

Es para mí y para toda la Archidiócesis una alegría que hace diez años se diera el decreto de apertura del Seminario Diocesano Misionero “Redemptoris Mater”. Aún recuerdo el día, en el que acompañado por D. Miguel Flamarique, fuimos a Porto San Giorgio (Italia) donde había un encuentro de jóvenes seminaristas y rectores/formadores de todos los Seminarios del mundo. Fue una experiencia donde sentí que el Espíritu Santo no deja de sorprendernos. Tal fue el encuentro que inmediatamente pedí a Kiko Argüello y a Carmen Hernández (que por cierto nació en Ólvega-Soria-, aunque de muy pequeña se trasladó con su familia a Tudela-Navarra- donde pasó la mayor parte de su infancia y juventud.- Falleció el día 19 de julio del año 2016), me concedieran tal regalo. Ellos me dieron el visto bueno y así se inició esta experiencia donde ahora se van observando y palpando sus frutos.

1.- Las lecturas que hemos escuchado nos ponen en sintonía con lo que hoy celebramos: Bien merece la pena entregar la vida por la misión. Vosotros es lo que sentisteis en aquella llamada primera y os asociasteis a la Palabra de Dios como única razón de ser de vuestra entrega: “Id y haced discípulos de todos los pueblos…Yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19a.20b). Esta frase os hizo caer de vuestros mundos virtuales y aparentemente felices. Esta propuesta os llevó a decir: “Mi única vida es Cristo y su Evangelio”. Habéis escogido la vocación más bella porque un día os pusisteis a escuchar la voz que casi imperceptible os llamó y vosotros, sin reparo ninguno, le dijisteis que sí queríais seguirle.

Hoy se va realizando ese designio de Dios que aún no se ha cumplido en su totalidad porque él os seguirá mostrando su voluntad día a día. Lo importante es seguir a pies juntillas la invitación de Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Tú Dios es Rey!” (Is 27, 7-8). Muchas van a ser las tentaciones que os van acosar. En los misioneros la más cruel es cuando a uno le consideran fuera del tiempo y fuera de la mentalidad mundana. Es el momento que más os ayudará para hacer una elección más firme y profunda en el Amor a Jesucristo. También os echarán en cara que la vida hay que gozarla y que el hedonismo es la forma de máxima libertad que os ayudará a ser unas personas de este época; es el momento para elegir y gustar que ninguna cosa es comparable a la acción de Dios y al aprecio profundo a su Palabra.

De nuevo la Palabra de Dios te recuerda: “Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1Cor 9, 22-23). No olvidéis que ahora os estáis configurando con Jesucristo Pastor (el nuevo presbítero) y con Jesucristo Siervo (los nuevos diáconos). Es una conjunción tan importante que se inserta en el Sacramento del Orden. Y es una configuración tan importante que vais a ser espejo vivo del Buen Pastor y del Maestro Siervo. Ya no os pertenecéis, sois expropiados totalmente de vosotros mismos puesto que en Cristo os convertís e incorporáis, en Él mismo, por asimilación. San Pablo lo tenía tan presente que dijo: “Con Cristo estoy crucificado; vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 19-20). Es la Cruz Gloriosa que fundamenta toda vuestra fe: “¡Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo!” (Gal 6, 14).

2.- Ahora bien este carisma que hoy recibís que es carisma jerárquico se convierte en vosotros en un carisma existencial por el sacramento del orden y que como un scanner detecta los carismas dinámicos como un viento nuevo del Espíritu Santo para recrear el don de la comunión. Vuestra labor será ejercer lo que dice Jesucristo a los apóstoles: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra: que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 20-21). De este modo lo decía el Concilio Vaticano II: “Jesucristo quiere que (…) su pueblo crezca y lleve a la perfección su comunión en la unidad: en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios (…). El modelo y principio supremo de este misterio [de la unidad de la Iglesia] es la unidad de un solo Dios, Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de Personas” (Unitatis redintegratio, n. 2). Por lo cual se puede deducir que cualquier acto que realicéis como sacerdote o diáconos no os pertenece, la propiedad es de la comunión eclesial a la que os debéis consagrar y fortalecer a través del sacramento de la Eucaristía como signo de unidad y vínculo de caridad. Teniendo siempre muy presente la unidad con vuestro Obispo.

3.- Bien merece la pena entregar la vida por la misión. Vosotros tenéis un servicio especial y es la de estar dispuestos a ejercitar la misión aquí y allá donde la Iglesia os requiera. Por eso, es en un Seminario Misionero, donde os habéis formado. Tanto el presbítero como los diáconos os revestís de los dones más preciosos que acompañan vuestro ministerio: las promesas de obediencia, celibato y pobreza. Con ellas ejercitaréis el don del sacramento recibido que os configura con Cristo Pastor y Siervo. Un misionero no necesita nada puesto que su única riqueza es Jesucristo. Desde ahí viviréis los tres consejos evangélicos que reflejarán a Cristo obediente, casto y pobre. ¡Qué hermoso ejemplo sin duda vais a dar! Y no porque seáis mejores que los demás sino porque habéis recibido este don no para vosotros sino para la santificación del pueblo de Dios al que enseñaréis, pastorearéis y evangelizaréis para su Gloria.

Si la Cruz Gloriosa es lo más característico de la vida cristiana podéis intuir que nadie podrá arrebataros o robaros el gozo y la alegría. Bien lo sabía San Francisco de Javier que al oír de San Ignacio la Palabra de Dios entró en razón y se convirtió: “Porque ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 26). Los santos nos ayudan a mirar con realismo nuestra vida. Ellos, como San Francisco de Javier y tantos mártires, nos ayudan a reflexionar sobre la historicidad del cristianismo y su relación con la historia humana, a la que transforma en profundidad gracias a la levadura del Evangelio y de la santidad vivida y testimoniada.

Ruego que la gracia que hoy vais a recibir sea fructífera. Pido a Santa María Madre del Redentor y de las Misiones que os ayude en el camino que hoy emprendéis sabiendo que ella os custodiará y os convertirá en hijos muy semejantes a su Hijo. Recurrid con insistencia a Ella que, como Madre, estará acogiendo siempre vuestro corazón. Que San Francisco de Javier os sea ejemplo de la misión para predicar por doquier el Evangelio del Señor. Amén.