SAN FELICES

FIESTA DE SAN FELICES

Haciendo honor a su idiosincrasia
medieval, Viana celebra todos los años, el 1 de febrero, la fiesta dedicada a San Felices. Tal día como hoy, en el año 1219,
se puso la primera piedra en la villa fundada por deseo de Sancho el Fuerte de
Navarra, en la frontera frente a Castilla con el objetivo de defender el Reino
de Navarra. El lugar en donde se llevó a cabo tal hecho fue el portal de San
Felices, al oeste del recinto fortificado, solar venerable pues aquí se
celebraban los juicios, según el Fuero. El día de San Felices, para que los
niños y las personas pobres pudieran recordar el acontecimiento, los
congregaban con sonido de tambor en el histórico portal, y los regidores les
entregaban unas monedas a la salida de la misa. La costumbre es antiquísima,
documentalmente se comprueba desde el siglo XVI, ya que en el año 1551 es
cuando se tiene constancia escrita de la celebración de esta fiesta. En
la francesada se interrumpió por falta de recursos y se volvió a recuperar en
1922 hasta nuestros días. Este año, por tanto,
celebramos el VIII Centenario de la Fundación
de Viana.

San Felices fue un santo riojano, un
ermitaño que se estableció en los Riscos de Bilibio, en Haro (La Rioja). La
historia de San Felices está marcada por un
buen número de milagrosas intervenciones
y por el que es,
quizás, el hito religioso más significativo: fue durante tres años el maestro
de San Millán antes de que se trasladara a los montes Cogollos para llevar a
cabo su vida contemplativa. Fiel a su existencia incluso en su muerte, San
Felices dio estrictas instrucciones de dónde quería ser enterrado
:en lo alto de uno de los riscos que le
acogieron durante su vida espiritual. Así, en una punta de la peña y al abrigo
del ya desaparecido Castillo de Bilibio (del que solo se conserva un muro),
reposaron los restos del ermitaño hasta su traslado en el siglo XI.

Muchas más relatos históricos podríamos consignar sobre San Felices como testimonio de su vida cristiana. Pero hoy deseamos que su recuerdo nos ayude para fortalecer nuestra vida cristiana. Las lecturas que acabamos de proclamar estamos seguros que el santo las meditó muchas veces. Por eso quiero fijarme en algunos puntos fundamentales que nos pueden ayudar en este día de fiesta y de alegría en Viana. En el evangelio  se nos recuerda que “el Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra…la tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano” (Mc 4, 26-28). Bien lo sabéis en estas tierras cuando en el mes de noviembre sembrabais vuestras fincas. Poco a poco iremos viendo los campos verdes del tallo y más adelante la espiga. Lo mismo sucede espiritualmente si sembramos bien recogeremos bien y abundante. “Cuando concebimos buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; cuando comenzamos a obrar bien, somos hierba, y cuando, progresando en el buen obrar, crecemos, llegamos a espigas, y cuando ya estamos firmes en obrar el bien con perfección, ya llevamos en la espiga el grano maduro” (San Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem 2, 3, 5). Lo mismo sucede con la mostaza que siendo un granito como la cabeza de un alfiler, va creciendo y llega a ser un árbol donde después anidarán los pájaros del cielo. Así es el Reinos de Dios como la semilla o el grano de mostaza que va creciendo poco a poco.

Uno de los grandes peligros que más
nos acecha en nuestra época es la soberbia que nos hace creer que el ser humano
tiene, por si mismo, el poder y el dominio de todo. La ciencia, la técnica, los
nuevos medios digitales y los progresos informáticos nos dan unas alas que nos
llevan a vivir más en lo virtual que en lo real y llegan a convertirnos, muchas
veces, en super-humanos. Sin embargo
el Reino de Dios es mucho más real y más gratificante y humano. “Para entrar a
formar parte de él es necesario ser pobres en el corazón; no confiar en las
propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser
importantes ante los ojos del mundo, sino preciosos ante los ojos de Dios, que
tiene predilección por los sencillos y humildes” (Papa Francisco, Ángelus dominical, 14 de junio 2015).

En este camino de madurez humana y espiritual nos ayudan los santos que han sabido dejar sus fantasías prepotentes por un amor exclusivo a Dios y se retiraban -como San Felices- a relacionarse con Él sin importarles las carencias que padecían. Por el contrario cuando nos dejamos apresar por nuestros propias apetencias, gustos y placeres materialistas y hedonistas no somos felices porque el gozo y la felicidad vienen de una fuente inagotable que es Dios. ¿Y sabéis cuáles son las carencias que nos agobian?: La no consecución del bienestar, la codicia por querer tener de todo, la pasión por querer conseguir llenar mis propios deseos, las quejas permanentes ante las insatisfacciones… Sin embargo San Felices se conformaba con lo que dice la Palabra de Dios: “No perdáis, por tanto, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa: porque necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios (Hb 10, 35-36).

Aquí está el gran secreto de los que
buscan la felicidad: cumplir la voluntad de Dios. Muchas veces me preguntan:
¿Qué se necesita para que cambie esta sociedad desnortada y sin rumbo? ¿Cómo
podemos colaborar para cambiar tantas situaciones injustas? ¿Cuál es el secreto
para ser más felices? Y la respuesta es siempre la misma: ¡Si hiciéramos caso a
Dios nos iría mucho mejor! Basta mirar los Mandamientos de la Ley de Dios que
son como el espejo donde nos hemos de mirar y obrar según su consejo. Hay
corrupción, hay desorientación moral, hay mentiras que se convierten en falsas
verdades, hay falta de respeto a la vida (y aún más se la manipula e incluso se
la desplaza y margina), hay robos materiales y espirituales… Por tanto como nos
dice el apóstol: “Se consiguen los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de
Dios” (Hb 10, 36).

Roguemos a San Felices que nos
ilumine para seguir la luz de la Verdad que es Jesucristo como lo fue para él.
Y que nos fortalezca ante las diversas adversidades que nos llegan. Que Santa
María Nuestra Señora de la Asunción nos cubra con su manto de madre y nos
conduzca por el camino del bien y de la perfección en el amor.