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LAS BUENAS COMPAÑÍAS FAVORECEN LAS BUENAS COSTUMBRES

Hay una experiencia muy acertada que habla de las influencias que provocan tanto las buenas compañías como las malas. De ahí se deduce que las costumbres serán buenas o malas en tanto en cuanto las compañías sean buenas o malas. El mismo San Pablo lo advierte a sus fieles: ”No os dejéis seducir: las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1Cor 15, 33). No cabe duda que la forma de vida que se desarrolla en cada persona tiene que ver con la advertencia del apóstol. Por otra parte conviene también recordar que hay muchas más buenas compañías a las que cuando uno se confía hace brotar un sentimiento profundo de esperanza y gozo espiritual. Lo bueno siempre es bueno, lo malo siempre es malo. En este orden de cosas bien conviene recordar el adagio popular: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Y aquí no se mira u observa tanto lo que uno dice sino se mira a las personas que entran en el círculo de amistad, puesto que es donde se detecta la compañía que uno tiene. En un verdadero amigo se nota enseguida la corrección como estímulo para ir por el buen camino y no dejarse influenciar por compañeros peligrosos.

La Palabra de Dios nos muestra un estilo de vida que se realiza, en los momentos concretos de cada día, si estamos atentos: “Quien anda con sabios, sabio se hará, y quien trata con necios, peor se hará” (Pr 13, 20). La sabiduría va más allá de la pura educación. Puede suceder que uno es muy educado aparentemente pero es necio en su interioridad. La sabiduría no debe confundirse con saberlo todo. Santo Tomás de Aquino decía que la sabiduría tiene un juicio sano basado en el conocimiento y el entendimiento; la aptitud de valerse del conocimiento con éxito y el entendimiento para resolver problemas, evitar o impedir peligros, alcanzar ciertas metas o aconsejar a otros. Es lo opuesto a la necedad, a la estupidez y a los locos pensamientos. Es el conocimiento cierto de las causas más profundas de todo (Cfr. Metaphysica, I, 2).

Recuerdo la experiencia, en mis años primeros del ejercicio sacerdotal, cuando un joven me pidió un consejo sobre cómo debía ser su comportamiento ante unos amigos que permanentemente le invitaban a probar la droga. Mis consejos fueron muy claros y contundentes: “No seas necio, huye de ellos como si del mismo fuego escaparas. Y no olvides que la vida se construye con verdades y no con mentiras. ¡Te están engañando! Y ten presente siempre el consejo de Proverbios 12, 15: ‘Al necio le parece que su proceder es recto, pero el sabio acepta el consejo’. Cuando tengas problemas acude a personas sensatas, inteligentes y sabias que te ayudarán”. Cambió en su forma de vivir, se incorporó a un grupo de vida cristiana y formó una familia preciosa.

Hay muchas experiencias positivas y que vienen propiciadas por la noble búsqueda, desde la sencillez, de albergar y cuidar los sentimientos más auténticos que se dan en lo más íntimo de la persona. Si esto fallara el precipicio hacia la destrucción síquica y afectiva se ofrecería en bandeja. Un motivo fundamental que se ha de tener presente es la fraternidad y la relación sincera con amigos que se ayudan, se consuelan, se alegran y se corrigen. También se dice: “Dios los cría y ellos se juntan”. Es decir hacer equipo constructivo donde el otro es una persona necesaria para crecer en madurez humana y en madurez espiritual. Para lograr avanzar en el camino de la madurez hay que conseguir renunciar a una serie de apegos. Hay un decálogo:

  1. Renunciar al derecho de quejarse.
  2. Renunciar al derecho de guardar rencor.
  3. Renunciar al derecho de enfadarse por cosas insignificantes.
  4. Renunciar al derecho de vengarse.
  5. Renunciar al derecho de mentir o de actuar con hipocresía.
  6. Renunciar al deseo de buscar solamente lo propio.
  7. Renunciar a gastar inútilmente el dinero, el tiempo…
  8. Renunciar a buscar la comodidad y el protagonismo.
  9. Renunciar a criticar y a juzgar a los demás.
  10. Renunciar a hablar de cosas que no edifican. n