Segunda Javierada

UNA LUZ QUE NUNCA SE APAGA

De nuevo nos encontramos en Javier. El
Señor nos invita en este día a vivir lo que nos dice San Pablo: “Nosotros somos
ciudadanos del cielo, de donde también esperamos al Salvador, el Señor
Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo humilde en cuerpo glorioso como
el suyo” (Flp 3, 20-21. Esta ciudadanía mientras caminamos por esta tierra, es
una ciudadanía pasajera, pero la que vale y es eterna es aquella que
transformará lo limitado en ilimitado, lo pasajero en permanente y la
fragilidad en fortaleza. Por eso hemos de estar siempre muy bien preparados y
al estilo del atleta correr con soltura para que al fin consigamos la meta.

Para que podamos correr con firmeza y con seguridad el evangelio nos propone hoy un alto en el camino, un momento de intimidad en la montaña del Tabor. Sólo este momento orienta nuestro peregrinaje. Jesús nos escoge a sus íntimos y nos invita a orar, a abismarnos en el amor del Padre, en la escucha confiada de cuanto nos quiere regalar y proponer. En Jesús, esa intimidad llega al punto de transfigurarlo completamente. Y yo os pregunto, vuestro diálogo y escucha del Señor os cambia el semblante, el corazón y los proyectos? Moisés y Elías hablan con Jesús de su muerte, de su salida al Padre, del exceso de amor y entrega que lo iba a romper y derramar por toda la historia. Y como en Getsemaní, nos quedamos perplejos y nos dormimos y abandonamos su contemplación.

Pero ahora tengamos presente que si el Señor nos ha reunido aquí, ante la figura y vida de Javier, es por una única razón: No tener miedo y confiar en Él. Y digo esto porque hay muchos motivos para temer y acobardarnos en la vida. Cada uno tenemos nuestro Jerusalén, donde nos toca responder a la llamada de Cristo y dar la vida, aunque duela. Y por eso oímos el susurro del Señor: “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa” (Is 41, 10). Y es que muchas veces sucede que nos vemos amenazados por situaciones adversas de todo tipo y la tentación es mirarlo con angustia y desesperanza. Por eso necesitábamos hoy de la experiencia de la Transfiguración de Jesús.

Es el momento para cantar y recitar el salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 26, 1). Miremos la vida con los mismos ojos con los que nos mira el Señor. Esta es una luz que nunca se apaga porque siempre está encendida. La esperanza se sustenta aquí y de ella emana una seguridad existencial. “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 26, 14). Un ejemplo fue el Papa San Juan Pablo II cuando dijo: “¡No tengáis miedo!…Abrid de par en par las puertas a Cristo” y añade el Papa Francisco:”Esta herencia era para él fuente de esperanza, de fuerza y de coraje… Esta invitación se transformó en una incesante proclamación del evangelio de la misericordia para el mundo y para el hombre”.

Creo que es una buena propuesta para este tiempo de Cuaresma que nos ayudará para convertir nuestro corazón y dejar que las bienaventuranzas, como escuchábamos en el evangelio, motiven todo nuestro actuar y obrar. No olvidemos dar esplendor a nuestra vida con la oración, el ayuno y la limosna. También meditemos la pasión del Señor que nos enseñará a ser testigos de su amor entregado y generoso. Busquemos momentos de oración en nuestros hogares y poniendo en medio una imagen de la Cruz. Participemos en la liturgia dominical y así seremos instruidos por la Palabra de Dios. Acerquémonos al Sacramento de la Penitencia que nos purificará de nuestros pecados. Comulguemos a Cristo que se hace presente en la Eucaristía. Hagamos gestos de generosa ayuda a los más pobres y actuemos con fraterna solidaridad.

Concluyo invitando a todos para que recemos por los seminaristas y para que muchos jóvenes sean valientes y generosos en el seguimiento a Jesucristo por el camino del sacerdocio. El día 19, día de San José, celebramos la Jornada del Seminario. Que San Francisco de Javier nos ayude a ser misioneros y nos preparemos para anunciar a Jesucristo por doquier. No tengamos miedo, ni temor, abramos las puertas a Jesucristo. Que la Virgen María cuide de todos y de modo especial de la familia donde se fraguan nuestras ilusiones y donde nos formamos para ser mensajeros del amor a esta sociedad que nos rodea.