San Juan De Ávila

Fiesta de San Juan de Ávila

Con el corazón cargado de acción de gracias a Dios celebramos un año más esta fiesta sacerdotal con motivo de vuestros aniversarios de 60, 50 y 25 años de sacerdocio. Felicidades a vosotros y a vuestras familias, felicidades a todo el presbiterio, felicidades a todos los miembros de nuestra Iglesia de Pamplona-Tudela. Gracias por vuestro celo pastoral, por vuestro servicio, por vuestra entrega en tantos encargos que habéis desempeñado. Que el Señor, sumo sacerdote, os siga bendiciendo para que continuéis en vuestro ministerio que tanto necesita la Iglesia y la sociedad. Unos seguiréis muy activos, otros menos, algunos incluso con casi ninguna actividad, pero todos rezando. No olvidemos que la oración, y más si se une al dolor o la enfermedad, es un maravilloso servicio a Dios y a la Iglesia.

Con razón decía el Santo Cura de Ars que el sacerdote es un regalo del amor de Cristo, es un don para la Iglesia y para el mundo, tan grande que nunca seremos capaces de reconocerlo suficientemente. Hoy lo hacemos con un gozo especial cuando estamos en el año jubilar de  San Juan de Ávila al cumplirse los 450 años de su beatificación. Él fue un enamorado de la Iglesia, preocupado por los grandes retos de su tiempo, especialmente en la evangelización de los nuevos pueblos de América. Quiso ser misionero, pero por seguir las indicaciones del obispo de Córdoba, Fr. Álvarez de Toledo, se quedó en su tierra, si bien nunca perdió su tensión misionera inicial. Así llegó a ser reconocido como “apóstol de Andalucía”. Para nosotros es modelo a seguir en su espíritu misional, porque todo sacerdote es apóstol y misionero allá donde se encuentre. ¿Cómo podemos ser hoy misioneros nosotros? El Papa Francisco ha convocado, como sabéis, el mes de octubre como mes misionero extraordinario con el lema: “Bautizados y enviados. La Iglesia de Cristo en misión por el mundo”. Ya en la Exhortación Apostolica Evangelii Gaudium había escrito -en un fogonazo- aquello que lleva en lo más íntimo de su corazón: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se conviertan en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual” (EG, n. 27). Urge que nosotros participemos de ese sentimiento profundo del Papa Francisco y que lo pongamos en práctica en nuestras parroquias que han de ser un foco luminoso en medio de este mundo nuestro tan secularizado, tan materialista, tan alejado de Dios. San Pablo, como hemos escuchado en la primera lectura, sentía el apremio de anunciar la palabra de Dios, primero a los de su raza y, al rechazarla, decidió anunciarla a los gentiles (Cf. Act 13, 46-49). Es el primer grito misionero que supuso la expansión del cristianismo en el mundo entonces conocido. Decía también el Papa en la misma Exhortación Apostólica que “cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto primario de la evangelización, ya que es la manifestación concreta de la única Iglesia en un lugar del mundo” (EG 29). A nosotros, a nuestra Diócesis también van dirigida esas palabras. Si San Pablo con los demás apóstoles fueron capaces de evangelizar aquel mundo paganizado; si los contemporáneos de Juan de Ávila fueron capaces de llevar el evangelio a todo un continente, ¿cómo no vamos ser capaces nosotros de iluminar la sociedad que nos ha tocado vivir? Tenemos un reto apasionante que ha de reflejarse especialmente en todo este año y sobre todo en el próximo mes de octubre.

San Juan de Ávila ha sido siempre conocido como el Maestro Ávila o el Maestro Juan de Ávila hasta que fue beatificado por León XIII el año 1894. Ahora que es santo canonizado por el Papa San Pablo VI (1970) sigue siendo el Maestro Ávila porque sus enseñanzas han moldeado la vida de muchísimos sacerdotes; con razón Pío XII lo declaró patrono del clero español. Sus dos grandes pasiones fueron la predicación y la dirección espiritual de muchas personas. El primer fruto de su afán sacerdotal fue Fray Luis de Granada que mantuvo con él una estrecha amistad hasta el final de sus días. Fue el P. Granada quien, recogiendo los recuerdos de sus discípulos y los suyos propios, redactó en 1588 la primera biografía con el título Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y partes que ha de tener un predicador del evangelio

En efecto, la predicación de nuestro santo patrón era incisiva: estaba siempre basada en la Sagrada Escritura, preparada con esmero y reavivada en la oración. Solía decir que teníamos la misión sublime de transmitir la Palabra de Dios y que habíamos de hacerlo con un ímpetu igualmente sublime, que no haya “barato de almas”. Con frecuencia se encargó de las predicaciones cuaresmales en Montilla y tras ellas siempre dedicaba varias horas a confesar y dirigir espiritualmente a la gente. Gracias a su predicación en Granada y a sus cualidades de acompañamiento Juan Ciudad (Joao Duarte Cidade), antiguo soldado, se convirtió en San Juan de Dios, que acudía con frecuencia hasta Córdoba para escuchar sus sermones y para recibir sus consejos. Llegó a ser uno de sus discípulos más fieles. También el duque de Gandía, Francisco de Borja recibió un enorme impacto al escuchar la predicación del Maestro Ávila en las honras fúnebres de la emperatriz Isabel y siguió sus orientaciones hasta incorporarse a la Compañía de Jesús.  

En este sentido también es maestro para el sacerdote de hoy, para cada uno de nosotros. Hoy como entonces, y así lo hemos escuchado en el texto evangélico que recoge el discurso de las bienaventuranzas, cada cristiano es luz y sal entre sus hermanos (Cf. Mt 5, 13-19), y mucho más el sacerdote, que en todo momento ha de iluminar y dar sentido a la vida de sus fieles. Uno de los ministerios más importantes lo desempeñamos en el acompañamiento espiritual y en el Sacramento de la Penitencia: allí escuchamos a las personas que nos abren su alma porque no encuentran fácilmente alguien con quien comentar sus penas, sus intereses más personales y sus proyectos más íntimos; allí iluminamos a las almas para que encuentren el proyecto de Dios sobre ellas. Y, sobre todo, allí les otorgamos el perdón divino que infunde paz sobrenatural y reaviva la fuerza del Espíritu que recibieron en el bautismo.

El maestro San Juan de Ávila fue además un hombre de reforma y de renovación en el momento histórico que le tocó vivir. El ambiente crudo del s. XVI exigía la puesta en práctica de una renovación drástica. Hubo quienes no supieron entenderla bien y se embarcaron en la ruptura más dolorosa que ha sufrido la Iglesia con la reforma de Lutero, Zuinglio, Calvino, etc., y, frente a ella, nació la reforma de los que la llevaron a cabo sin abandonar su permanencia en la Iglesia. Él no participó en el Concilio de Trento, pero envió sus famosos Memoriales a través del arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, que fueron acogidos en el aula conciliar con particular atención. Sus criterios influyeron en los acuerdos sobre la institución de los Seminarios, la reforma del estado eclesiástico, tan maltrecho en aquella época, la vida pastoral que estaba cayendo en la vida aburguesada del clero. Y, al terminar el Concilio de Trento, lo acogió con extrema fidelidad llegando incluso a corregir algunos párrafos de su obra Audi Filia, relativos a la idea sobre la justificación y ayudó a sus discípulos a modificar la idea equivocada sobre el quietismo (una especie de misticismo falso o exagerado que anulaba la voluntad y la inteligencia), que él llegó a calificar como “pestilencia”. Gracias a él se pudo aplicar, no sin dificultad, las directrices de Trento en toda España.

Traigo a colación este aspecto de la vida del Maestro Ávila para tomar ejemplo ahora que estamos en el clima de renovación que quiere ser el Plan Pastoral de nuestra Diócesis. Como tantas veces hemos repetido, la primera y principal exigencia es la conversión personal y la conversión pastoral, a la que se refiere con frecuencia el Papa Francisco. Cada uno de nosotros hemos de sentir la urgencia de dar una respuesta adecuada a la crisis que está viviendo nuestra sociedad. Después de los años que llevamos trabajando en este empeño es ya el momento de ir dando pasos concretos y sin parar. Quizás uno de los más importantes es el de implicarnos todos juntos, de modo sinodal, en este empeño. Comprendo que no es tarea sencilla porque cada uno tenemos los trabajos que hemos hecho siempre y cuesta salir de nuestro pequeño mundo para integrarnos en el proyecto común, en que tenemos recelo de diluirnos. Y no es verdad, el proyecto común viene a reforzar nuestra labor individual y a dar un sentido más eclesial a nuestro ministerio. Hemos sido creados a imagen de Dios uno y trino, llevamos su huella y estamos llamados a realizar la misma síntesis sublime de unidad y diversidad. Por todo esto os pido encarecidamente que lo vivamos en comunión para que entre todos alcancemos el objetivo que nos hemos marcado con el Plan Pastoral.

Pero hoy prefiero no insistir en las exigencias que lleva consigo, ni siquiera quiero hacer hincapié en el futuro ilusionante de nuestra Diócesis. Hoy sólo quiero daros las gracias por vuestra colaboración, por vuestra ilusión, por vuestro esfuerzo. Así que el agradecimiento que en concreto se centra en los que celebráis hoy vuestro aniversario de ordenación, va dirigido a todos vosotros, a los que estáis aquí y a todo el presbiterio. Con todo mi afecto, muchas gracias y ánimo que nuestra tarea es ilusionante ante una sociedad que sufre los embates del secularismo y de las ideologías sin rumbo. Y sentid en vuestro corazón, que aún en medio de las tormentas o vientos que van en contra, oigamos al Señor que nos dice: “Soy yo, no temáis” (Jn 6, 20). “Aquel viento es figura de las tentaciones y de la persecución que padecerá la Iglesia por falta de amor. Porque, como dice San Agustín, cuando se enfría el amor, aumentan la olas y la nave zozobra. Sin embargo el viento, la tempestad, las olas y las tinieblas no conseguirán que la nave se aparte de su rumbo y quede destrozada” (Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium Ioannis, ad loc.)

Y terminamos mirando a la Señora, la Madre de Jesús y la Madre de todos los sacerdotes: Señora y Madre nuestra, acógenos en tu regazo, preséntanos a tu Hijo y protégenos en esta hora crucial de nuestra diócesis y mantennos fieles hasta la hora de nuestro tránsito a la eternidad.