La Virgen Con El Niño En La Gloria

¡UNA MADRE NO SE CANSA DE ESPERAR!

Muchas veces lo he recordado y fue la experiencia que me contó un compositor de música religiosa. Hace unos años, en los momentos de plomo en el País Vasco, una familia compuesta por unos padres y un hijo tuvieron una experiencia muy negativa. El hijo ya mayor, de la noche a la mañana, se marchó de casa sin dejar rastro de su paradero. Por más que los padres intentaron, a través de los cuerpos de seguridad del Estado, indagar su lugar de residencia, no lo lograron. Todos los días rezaban a la Virgen para que su hijo volviera a casa. La madre, en el lugar de la mesa donde comía su hijo, todos los días, le ponía: el vaso, la taza y los cubiertos para el desayuno; lo mismo en la comida y de igual modo en la cena. Pasaron varios años y un día, a la hora de la comida, apareció el hijo. Después de las emociones pertinentes le invitaron a comer. Pero ¡cuál fue su sorpresa al ver que en el sitio donde siempre compartía la mesa con los padres, se encontró que tenía los mismos platos, vaso y cubiertos que su madre siempre le ponía! Admirado y sorprendido preguntó: ¿Me esperabais? A lo que respondió su madre: ¡Una madre no se cansa de esperar! Sí, hijo, nunca he dejado de esperar que vinieras un día.

Esta experiencia fue la que inspiró al músico que compuso la hermosa canción a la Virgen: ¡Una madre no se cansa de esperar! Es verdad y cierto que cuando uno contempla a la Virgen, el primer impulso que nace del corazón es contemplarla como una madre que nos quiere, que atrae a los cercanos y sabe esperar a sus hijos descarriados. Muchas veces hemos podido constatar la fuerte devoción que se tiene a María Virgen. No hay pueblo, por muy pequeño que éste sea, donde no se tenga la imagen de la Señora con su advocación particular. Los grandes Santuarios, si nos damos cuenta, siempre hacen referencia a la Virgen. Últimamente lo hemos podido constatar por lo que ha ocurrido en Notre Dame de París. Una Catedral dedicada a Nuestra Señora. El impacto que ha creado, a causa del incendio devorador de la techumbre, ha sido mundial. En el fondo de nuestros corazones todos hemos nombrado a Nuestra Señora de París. Muchos, tal vez, se han fijado en lo arquitectónico, otros en el arte, otros en la cultura… pero todos tenemos muy presente que -en ese recinto- está Nuestra Señora de París.

Al pasar los años, queramos o no, tenemos en nuestra mente y en nuestra retina las veces que hemos paseado en procesión a la imagen de la Virgen María y es curioso cómo nadie las puede borrar. Los santuarios o ermitas que están bajo el amparo de la Virgen son no sólo un referente personal, familiar o popular sino un signo social que va más allá de las ideologías o de los planteamientos políticos de turno. Una imagen de la Virgen María no se desprecia o deprecia como pudiera darse en otras imágenes. Tiene un encanto especial que enamora a todo el que la mira y contempla. Es una Madre que acoge, escucha, anima, alienta y llena el corazón de una paz especial. Y todo porque es: ¡Una madre que no se cansa de esperar!

Durante este mes de mayo la figura que más se resalta es a la Virgen María y a ella queremos dedicar, con mucho afecto y cariño, nuestras vidas. Invito a las familias, a los niños, a los jóvenes, a los mayores, a los agentes de pastoral, a los consagrados, a los diáconos, a los sacerdotes y a todos los fieles que vivamos este mes de mayo depositando, en nuestras vidas, una gran devoción y amor a la Madre de Dios.

Os invito para que recemos el AVE MARÍA y de modo especial con el Santo Rosario para que roguemos por la paz en el mundo y por la auténtica convivencia en fraternidad. Invito también para que sigamos animando y fomentando las procesiones, las romerías y peregrinaciones a los lugares que tienen como patrona y dedicación especial a la Virgen María.

Esta religiosidad popular será como aire fresco para nuestra sociedad que está sedienta de más verdad, justicia, amor y misericordia. María no se cansa de amarnos y de abrazarnos porque: ¡Una madre no se cansa de esperar!