Todos los años, en nuestra Diócesis, celebramos una jornada de convivencia y oración con los catequistas. Hace pocos días lo pudimos comprobar siendo acogidos por el Colegio de los HH. Maristas de Sarriguren y por la parroquia de Santa Engracia en el mismo barrio. Fue un día espléndido y bien preparado por la Delegación de Catequesis. Posteriormente a la celebración de la Eucaristía todos -más de 300 catequistas- compartimos la comida. Fue un momento para tener presente la gran labor que realizan los catequistas en la evangelización del pueblo de Dios y en la sociedad. Nada hay más grande que humanizar desde la fe en Jesucristo que ha puesto como base de todo el amor a Dios y al prójimo.

Creo que por tres razones son los catequistas un gran regalo para la Iglesia y para la sociedad. La Iglesia está necesitando de evangelizadores y misioneros y ellos son ‘cabeza de lanza’ de tal don. Ahora bien para ser regalo es necesario dejarse regalar por Dios. Por ello se necesita que el catequista sea orante; lo que se contempla en la oración, se transmite a los demás. Si la oración brilla por su ausencia, la enseñanza queda vacía. El protagonista fundamental de la catequesis es el amor de Cristo y el catequista es servidor y mediador de tal regalo. La oración y la vida de los sacramentos -Eucaristía y Perdón- son las bases fundamentales del anunciador del evangelio. Jesucristo antes de hablar a las gentes que se agolpaban para escucharle, se dedicaba a orar y hablaba con el Padre. En los evangelios vemos la importancia que Jesús dio a la oración. Él comenzaba el día conversando con el Padre y aprovechaba cualquier oportunidad para invocar la presencia y el poder de Dios. A veces oraba solo (Mc 1,35) y en otras ocasiones acompañado (Jn 11,41-42). Oraba antes de comer (Lc 24, 30) y después de curar y sanar (Lc 5,12-16). La oración tenía un lugar especial en su vida.

Otra razón por la que son regalo, tanto en el ámbito eclesial como social, es para que el catequista sea testigo y testimonio del amor de Jesucristo y esto es un gran regalo. El Papa San Pablo VI lo dijo: “El mundo de hoy cree más a los testigos que a los maestros, y si cree en los maestros es porque éstos sepan dar testimonio” (Evangelii Nuntiandi, 41). El Papa Francisco lo ha dicho de forma parecida: “Menos textos y más testigos”. Los maestros, son personas que nos enseñan, también son necesarios, pero sobre todo que enseñen con su testimonio. Jesús es Maestro pero los que le escuchaban observaban algo diferente. “Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Mc 1, 22). “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen” (Mt 23, 3). Bien se puede decir que los catequistas son misioneros de la alegría, de la esperanza y del amor, mensajeros del Evangelio y en definitiva son testigos del Señor.
Ahora bien hay una tercera razón por la que el catequista se ha de identificar como servidor del mensaje que anuncia y el catequista sea portavoz de la enseñanza de la Iglesia y esto es un gran regalo. No debe hablar por sí mismo y por sus propios criterios personales; ha de sentirse muy unido a la Enseñanza y Magisterio de la Iglesia. Tal es así que junto a la Biblia ha de tener consigo el Catecismo de la Iglesia Católica. En una ocasión me decía un catequista: “Tengo claro que más vale el menos perfecto en unidad que el más perfecto fuera de ella. Por eso me fío de las enseñanzas de la Iglesia y quiero transmitirlas sin ambigüedades y sin ‘medias tintas’ puesto que soy portavoz y no dueño”. Esta actitud es propia de la honradez del catequista que se debe a la labor evangelizadora que existe en el Pueblo de Dios que es la Iglesia. Ante tanta confusión ideológica que se da en la sociedad, conviene tener muy claros los criterios. Ante la confusión se requiere iluminación. “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13). Como decía Santa Teresita del Niño Jesús: “Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa” (Manuscritos autobiográficos,9). La Iglesia nos recuerda habitualmente que el mismo testimonio de su vida cristiana y las obras hechas con sentido sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios.