Hay momentos en la vida que nos sorprenden y de modo especial en las enfermedades y en las epidemias. Estamos pasando un tiempo difícil que nos exige mayor entrega. Ahora nos encontramos ante el suspense de cómo se llegará a solucionar tales males. Y la palabra de Dios nos pone en una alternativa positiva aún en medio de lo que se percibe como negativo. A lo largo de nuestra vida encontramos retos que pueden parecer muy difíciles de superar. Problemas financieros, problemas familiares, problemas de trabajo, enfermedades, decepciones de todo tipo… Son varias y diversas estas dificultades y otras que, con los años, parece que se acumulan. No obstante en la Biblia encontramos un alivio especial que nos conforta. Por medio de ella recibimos el consuelo que necesitamos para el momento preciso. “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa” (Is 41,10).

Ahora bien sucede que estamos tan ensimismados en nosotros mismos que nos cuesta aceptar tal oferta y nos angustiamos porque no contamos con la presencia de Dios. Y contar con su presencia lleva a la concreción de buscar el bien fraterno. Pensemos en estas circunstancias de incertidumbre con motivo del coronavirus que en tantos momentos y de forma muy rápida nos sorprende su difusión. Se ponen todos los medios necesarios puesto que las instancias médicas y sanitarias ofertan todo su arsenal de métodos sofisticados y no se logra satisfacer el cúmulo de demandas. ¿Qué se necesita? Poner nuestro granito de arena puesto que en momentos difíciles se requiere, por parte de todos, una mayor generosidad y austeridad para que todos nos veamos favorecidos. Y así nos instan que nos quedemos en el lugar preciso o nos instruyen cómo debemos actuar.

Seguir estos consejos comporta una madurez humana y fortaleza espiritual que aporta mayor seguridad. Y como dice el adagio: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Cuando deseamos algo, está bien encomendarse a Dios, a la Providencia, pero haciendo a la vez todo lo que esté en nuestra mano para lograr lo que pretendemos. No debemos dudar de la bondad de Dios sino seguir confiando en su amor y cuidado. Aun cuando Dios permite situaciones que no nos agradan, nos podemos refugiar en él y en su protección. Él ha prometido: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). No cabe duda que la seguridad tiene dos facetas: la vulnerable y frágil que es la humana y la totalmente segura que es la más definitiva y es la fuerza de Dios.

En esta experiencia a la que nos expone nuestra vida ciertamente que Dios nos ayuda para vencer. “Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de fortaleza, caridad y templanza” (2Tm 1, 7). No hay nada que pueda imponerse y menos destruya lo que Dios ha creado por amor. Santo Tomás de Aquino dice que: “La gracia de Dios es como un fuego, que no luce cuando lo cubre la ceniza; pues así ocurre cuando la gracia está cubierta en el hombre por la torpeza o el temor humano” (Super 2 Timotheum, ad loc.). Debajo queda la fuerza y nadie la puede destruir. En medio de las dificultades debemos usar el dominio propio que Dios nos da. Los sentimentalismos o las emociones no deben ser el cauce que reine en nuestras acciones puesto que nos engañan.

Es el mismo Jesucristo que nos muestra la victoria: “Os he dicho esto para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La muerte de Cristo en la cruz y su resurrección nos garantizan que la victoria ya se ha conseguido. Como suelen tener presente los santos no hay ninguna aflicción tan grande que Jesucristo no pueda vencer. Todo pasa y velozmente de aquello que podemos constatar y percibir en nuestra existencia terrena, pero nadie podrá darnos mayor seguridad de vida sino el que pasó por nuestra vida “haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 38).