Homilía Jueves Santo Scaled

El hermano, camino para llegar a Dios

Homilía del Jueves Santo en la Catedral de Pamplona

No podemos ir a Dios solos, sino que debemos ir a Él con el prójimo, ya que Dios es Padre de todos. En este momento histórico, el hermano tiene una importancia capital. Hoy conmemoramos la instauración de la Eucaristía, del sacerdocio y el día del amor fraterno. Y en este amor al hermano se fundamenta que también celebramos el día de Cáritas. Es del amor al prójimo donde deseo fijarme.

Se trata de revivir o si se quiere de reconstruir el cristianismo en su punto central, amar a Dios y amar al prójimo (Cfr. Mt 22, 37). San Juan Pablo II afirmó: “El hombre es el primer y fundamental camino de la Iglesia” (Redemptor Hominis, 12). La regla de oro: “Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque es la ley de los profetas” (Mt 7,12). Nosotros vamos a Dios a través del ser humano. El hermano es nuestro lugar de consagración. No es un estorbo sino el camino más corto para llegar a Dios. Por el hermano tiene sentido los votos o las promesas de los consejos evangélicos: la pobreza, la castidad y la obediencia quedan fundamentadas por la caridad. La relación con el hermano desencadena los dones de Dios. Nuestro cristianismo es un humanismo abierto al Absoluto.

Pero, ¿por qué es tan importante el hermano? Porque Cristo, de una manera u otra, se hace presente en cada persona. En cada hermano está presente la imagen presencial de Cristo: “Porque tuve hambre  y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-40). Muchas veces se oye decir que uno no ve a Dios, pues amando al prójimo se realiza un camino para verlo.

Con el amor al prójimo se aclara la pupila para ver a Dios: “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4, 20). “Pero tú, que todavía no ves a Dios amando al prójimo, haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para ver a Dios. Comienza, pues, por amar al prójimo: “Parte tu pan al hambriento, y hospeda a los pobres sin techos; viste a que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. ¿Qué será lo que consigas si haces esto? Entonces romperá tu luz como la aurora. Tu luz, que es tu Dios, es aurora, que vendrá hacia ti tras la noche de este mundo; pues Dios ni surge ni se pone, sino que siempre permanece” (San Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, Tratado 17, 7-9; CCL 36, 174-175).

En la Sagrada Escritura se nos define muy bien el nombre de hermano que es el hijo de Dios, el prójimo que nos pasa al lado en el momento presente de la vida. No se requiere hacer penitencias excepcionales, aunque se pueden hacer, porque el amor al hermano, hacerse uno con él, requiere silencio o la muerte del propio yo, para derrocar al hombre viejo y para que reviva el hombre nuevo. Jesucristo está presente en cada hermano. La presencia mística, no debe ser una actitud de solidaridad humana la que nos mueva solamente a amar al hermano, puesto que esto también lo hacen aquellos que se profesan no creyentes. Ni es un compañero que me cae en suerte como se suele afirmar en sociologías humanistas. Ni es solamente un colega, un consanguíneo, un compañero y un amigo. Es una creatura amada por Cristo, en la que Jesucristo, que está siempre presente de muchas formas, en el hermano Jesús viene en contacto conmigo, como don, como riqueza y como purificación. En el hermano Jesús quiere ser amado y servido. Este es el sentido auténtico de la antropología que viene determinada por la Revelación.

El camino para llegar a Dios, es el hermano. El amor de Dios florece en nosotros cuando amamos a los hermanos. Hay una especial relación. Así se expresaba Sta. Catalina de Siena: “Quiero hablarte del segundo engaño en el que caen aquellos que ponen todo su deleite buscando la consolación del espíritu…. Estos tales, si no logran tener sus consolaciones, piensan que han caído en el pecado y en cambio… no ven que me ofenden más no preocupándose de las necesidades de su prójimo… si no se preocupan de su prójimo disminuye en ellos la caridad fraterna; y disminuida esta caridad disminuye también mi afecto hacia ellos, y disminuido mi afecto se disminuye también la consolación”  (Sta. Catalina, Diálogo 69).

Muchas veces en los planteamientos de una espiritualidad excesivamente individualista se consideraba que para llegar a la perfección el hermano más que un medio es un obstáculo. Esa “fuga mundi” era, en muchas ocasiones, expresión de huida y no de afrontar las realidades desde el “ser fermento en medio de la masa”. Ahora estamos en una época donde el mismo Concilio Vaticano II nos invita a ser santos que es igual a ser perfectos en la caridad. Se ama a Cristo en el hermano, pero también es Cristo en nosotros que ama. Reconociendo a Cristo en el hermano redescubro a Cristo dentro de mí. “El amor de Dios ha sido derramado sobre nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado...” (Rom 5,5).

La caridad, por tanto, es la participación al “ágape” de Dios. Desde aquí se comprende que el cristiano ame incluso a los enemigos y dar la vida por los hermanos. Es la era nueva pues introduce en la historia humana y en la ética humana una novedad absoluta. “Este amor nos renueva, a fin de que seamos hombres nuevos, herederos del Testamento Nuevo, cantores del cántico nuevo…” (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 65). Si la caridad es amor divino participado en nosotros, ella se distingue de la filantropía. De hecho el amor cristiano no mira a los hombres desde el punto de vista de su naturaleza, sino desde el punto de vista del amor que Dios tiene por ellos, porque ve en ellos hijos de Dios y su imagen. La caridad no es simple benevolencia. “La benevolencia terrena domina en aquellos que le prestan ayuda. La bondad cristiana, en cambio, tiene como término, es decir, a Dios mismo. Por eso cuando hacemos el bien, nosotros somos benévolos hacia aquel que por fe retenemos dentro de nosotros como el que opera” (San León Magno, 45).

El ser humano no es un medio simplemente para amar a Dios, “desde el momento que el Verbo se encarnó y se ha hecho uno con nosotros” (Gal 3,28) y con todos, por ello se ha cambiado la forma de relacionarnos; no se necesita buscar a Dios en la lejanía del cielo, por tanto no hay distinción ni de razas ni de naciones, puesto que en la interioridad del ser humano es donde él se encuentra como principio interior de vida y de divinización y a la luz de que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Vaticano II, G.S. 22).  En el diálogo que tiene Jesucristo con Santa Catalina de Siena, le dice: “Entre las bellezas que he hecho ha sido con el alma, creándola a mi imagen y semejanza. Hice a aquellos que están vestidos con la vestimenta nupcial de la caridad, adornados con muchas y reales virtudes y unidos a mí por amor. Si tú me preguntas: ¿quiénes son estos? Te respondería: Ellos son otro mí mismo…” (Sta. Catalina. Diálogo 1). “Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre” (San Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, Tratado 17, 7-9; CCL 36, 174-175).

Ruego a María que nos acompañe para reconocer, en estos momentos de fuerte sufrimiento, que en cada ser humano descubramos la fuerza que nos da la caridad y que todo acto solidario no solamente se quede en ello sino que contemplemos la presencia de Jesucristo que nos dice: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Amar al hermano es lo mismo que amar a Cristo. Que con Caritas vayamos caminando al encuentro de los más necesitados.