Resucitado

JESUCRISTO PERMANECE RESUCITADO ENTRE NOSOTROS (Pascua de Resurrección del Señor)

La presencia del Resucitado está en medio de nosotros. La presencia de Jesús en la comunidad eclesial es tan importante que muchos la definen como el Sagrario Social. Los Padres de la Iglesia afirman que existen tres sagrarios: El sagrario de la conciencia donde Dios habita y habla, “A quien me ama y cumpla mi Palabra vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23); el sagrario social  que es la comunidad cristiana donde Jesús se hace presente como él ha prometido, “Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20; y el sagrario de la Eucaristía donde Cristo está presente en las especies sacramentales, “Tomad y comed esto es mi cuerpo” (Mt 26, 26). El Concilio Vaticano II en varias ocasiones nos ha recordado que la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia es imagen de la Trinidad. Desde este modelo esencial se puede plantear no sólo la comunión que debe configurar al pueblo de los creyentes, sino también comprender en su justa medida la organización y la misión a la que está llamada la Iglesia. Bien se puede decir que esta idea es el alma del Concilio Vaticano II: “Por la caridad de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en los corazones (cf. Rom 5,5), la comunidad, congregada, como verdadera familia, en el nombre del Señor, goza de su presencia (cf. Mt 18, 20)” (Concilio Vaticano II, PC, 1,15). La comunión está fundada únicamente en Jesucristo y tiene su reflejo en la vida de la Trinidad. La comunidad cristiana no es una reunión de orden psíquico, sino de orden espiritual. En esto precisamente se distingue de todas las demás. La Sagrada Escritura entiende por espiritual: el don que nos hace reconocer a Jesucristo como Señor y Salvador. Por psíquico, en cambio es lo que es expresión de nuestros deseos, de nuestras fuerzas y de nuestras posibilidades naturales en nuestra alma.

Jesucristo Resucitado está entre nosotros pues nos ha prometido que permanecerá hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20). Pero mientras tanto nos ocurre lo mismo que a los discípulos de Emaús. Su Vida estaba entre ellos y sus ojos no podían reconocerle. La Verdad estaba con ellos y, “hombres sin inteligencia y tardos de corazón”. Él es el Camino y, “fingió seguir adelante”. Cuando le invitaron y compartieron cayeron en la cuenta… “y se les abrieron los ojos y le reconocieron”(Lc 24, 13-35). Constantemente en el evangelio se nos recuerda: “Hay en medio de vosotros uno a quien no conocéis… Y yo tampoco le conocía” (Jn 1, 31 y 33). Y es que el corazón tiene razones que la razón no alcanza y la fe la eleva.

      2.- Basta creer en Jesucristo: “Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18, 20). Es una presencia excepcional. Es su Persona viva y resucitada. Dios mismo se digna  habitar entre nosotros si somos consecuentes y vivimos de la esencia de Dios que es caridad/amor: “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Por eso para estar unidos en el nombre de Jesucristo se requiere: “Ubi caritas et amor, Deus ibi est” (Donde hay caridad y amor, allí está Dios). No serán nuestras ideas las que primen, ni nuestros dominios, ni sólo y exclusivamente nuestro parecer. Es cumplir su deseo que se concreta en tanto en cuanto vivamos unidos a la voluntad del Padre como Jesucristo nos enseña.

De ahí se deduce que hemos de saber amar con los mismos sentimientos de Jesucristo. “El Espíritu de Cristo (Mt 18,20) es un espíritu de unión y de paz; ¿cómo podríais atraer a las almas a Jesucristo si no estuvieseis unidos entre vosotros y con él mismo? de ninguna manera. Por tanto, no tengáis más que un mismo sentimiento  y una misma voluntad; si no seriáis como los caballos que, atados a un mismo carro, se pusieran a tirar los uno de un lado y los otros de otro, y acabarían por estropearlo y destrozarlo todo. Dios nos llama para que trabajemos en su viña. Id, pues, como si no tuvierais, en él más que un solo corazón y una misma intención; de esta manera es como produciréis frutos” (San Vicente de Paul, Charlas a los misioneros).

Nuestra única forma de evangelizar es la de anunciar su Palabra, no sólo formalmente sino con obras también, para no convertirnos en “predicadores vacíos de la palabra, que no la escuchan por dentro” (San Agustín, Sermón 179, I: PL 38, 966). “A Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio, De Officiis ministerium I 20, 88: PL 16,50). Ha de ser no sólo estudiada y meditada sino también vivida. Ya San Francisco de Asís llamaba al Evangelio Boca de Cristo, no lo consideraba, pues como un libro, sino como a Cristo vivo.

Si estamos unidos, Jesucristo está entre nosotros y su garantía es la Eucaristía que fortalece la fraternidad puesto que ella es “centro y culmen de la vida cristiana” (Concilio Vaticano II, LG.11).  Y esto es lo único que vale; vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón y desde aquí se comprende mucho mejor: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 26). Vale más que la casa, el trabajo, la propiedad; más que las obras de arte de una gran ciudad como son las catedrales; más que nuestras ocupaciones, más que la naturaleza que nos rodea con las flores y los prados, el mar y las estrellas, más que nuestra alma.

Es Cristo, que inspirando a sus santos con sus eternas verdades, hizo época en toda época. También ésta es su hora: no la de un santo, sino la de él, de Jesucristo entre nosotros, de él viviente en nosotros, que nos ayuda a construir, en unidad de caridad, su Cuerpo Místico que es la Iglesia. Pero es preciso dilatar a Cristo, acrecentarlo en otros miembros; hacerse como él portadores de fuego que derrita todo lo humano en lo Divino, que es la caridad en obras. Muy claro lo tenía San Agustín y por eso tenía un lema escrito en el comedor: “No hay lugar en esta mesa para quien guste de murmurar de los ausentes”. Y todo porque la murmuración y la crítica negativa, es como un virus que destruye los cimientos de la comunidad cristiana. Miremos como Jesucristo, amemos como ama él y tengamos misericordia como el Corazón misericordioso de Jesús.

Roguemos a María que supo estar al lado de los apóstoles construyendo la Iglesia naciente y que gozaba con ellos en la victoria de Jesucristo Resucitado. En ella ponemos nuestros afanes y trabajos, rogándola nos ayude a ser fuertes en estos momentos de pandemia y disponibles para recrear la fraternidad signo vivo de la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros.

                         ¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!