Lonely monk standing at a pillar in a dark medieval church

El próximo domingo 7 de junio celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es la festividad escogida para la Jornada Pro Orantibus, un día en el que rezamos por los que oran continuamente por nosotros: las personas consagradas contemplativas.

A través del lema de este año, “Con María en el corazón de la Iglesia”, María se nos ofrece como signo para la vida consagrada que está llamada, como ella, a habitar el corazón mismo de la Iglesia que, con amor materno, acompaña a sus hijos en todo momento, de modo especial en tiempos difíciles. Los contemplativos son, en el corazón de la Iglesia, el amor, el infinito amor de Dios que María conservó en su corazón para la vida del mundo. Amor que hoy acrecienta la esperanza. Los monasterios han sido y siguen siendo un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios, un oasis de paz, escuelas de fe, testimonio evidente para la edificación de la vida eclesial y de la misma sociedad.

La vida del contemplativo se podría definir fundamentalmente como una búsqueda permanente de Dios. El mismo nombre de contemplativo hace referencia a lo que constituye el eje de su vida, que es la contemplación a Jesucristo. En Él, el contemplativo descubre a un Dios apasionado por el ser humano. Orar es contemplar, mirar con atención, mirar amando. Como afirmaba San Simeón el Studita, “tu mirada ha de ser solamente para Dios, tu deseo solamente para Dios, tu dedicación solamente para Dios; no queriendo servir sino a Dios solo, en paz con Dios llegarás a ser causa de paz para los otros”.

Al igual que nuestra Madre, la vida contemplativa permanece escondida de todo y de todos, pero presente en todo y en todos. Representa aquello que vivifica y sostiene a todos los miembros: el amor. Por ello, los contemplativos mantienen viva la confianza en ese Dios que se encarna para salvación de todos. Con su oración, acercan y posibilitan que la misericordia de Dios llegue a toda persona necesitada. Su oración se eleva para interceder ante el Señor por el bien de toda la humanidad y la Iglesia.

Mi recuerdo de admiración y gratitud a todas aquellas personas consagradas que, desde una entrega radical, han dado la vida por amor. Os invito a recordar este deseo del Concilio Vaticano II que afirma que mientras la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga, los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles.

Invito a los fieles de nuestra Diócesis que se acerquen a los Monasterios de los Contemplativos (Diecisiete femeninos y Dos masculinos) y recemos con ellos. Si para comer necesitamos lugares donde podamos adquirir los alimentos, de la misma forma el espíritu necesita que lo alimentemos con la oración, con la Palabra de Dios y con los sacramentos. Los contemplativos son maestros, puesto que dedican toda su vida a rezar por nosotros y en el silencio nos enseñan que “Sólo Dios basta y quien a Dios tiene nada le falta”. También trabajan y necesitan que les ayudemos para poder ejercer esa hermosa vocación. Confío que todos apreciemos a los contemplativos que oran día y noche por nuestra santificación y así mostrar el rostro y el corazón de Cristo en medio de nuestra sociedad.