Tal vez estamos pasando unos momentos en los que hemos de apoyar más lo positivo que lo negativo. Para ello conviene tener un talante especial que ya el evangelio, con buen criterio, nos señala. Creer en lo positivo no quiere decir dejar pasar por alto lo negativo. Supone subrayar lo positivo para que como la luz disipe las tinieblas. Ya Jesucristo nos dice que hemos de ser luz: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 14-16). Las tinieblas, por mucha fuerza que se ponga, nunca se disipan a base de puñetazos; será la luz que disipa las tinieblas con su esplendor y con su fuego devorador.

Buscar los fallos de los demás anestesia las deficiencias y limitaciones personales. La autoestima puede llegar a ser  tan alta que uno se considere perfecto y sin ninguna mancha o arruga. Somos expertos en señalar con el dedo los fallos de los demás, pero ¿qué estás haciendo tú? Y ante esta pregunta existe la justificación y se afirma con altanería: ¡La sociedad no va bien. La culpa está en tal institución o tal grupo social! Cuentan de aquel joven que inició una manifestación alertando de lo que iba mal… pero nadie le hacía el menor caso. Como él se consideraba un batallador nato fue a su familia para protestar y nadie le hizo caso…al llegar a la madurez de edad un día pensativo y decepcionado se dijo: Si hubiera cambiado yo desde el principio algo hubiera cambiado la sociedad. Y es verdad que lo poco que podamos cambiar y convertirnos, eso ayudará a la sociedad al menos para poder contar con uno. Vale más un testimonio positivo de amor que millones de gestos negativos de palabras huecas y sin contenido.

Los santos en la historia han sido revolucionarios porque en soledad, muchas veces, comenzaban una experiencia de entrega generosa. Pensemos en San Juan Bosco que ante una sociedad que marginaba a los jóvenes y más pequeños, él se los fue conquistando poco a poco. Solía decir: “Tolera las imperfecciones de los demás si quieres que los demás toleren las tuyas…/ Recuerda, Dios no recompensa los resultados sino el esfuerzo…/ ¿Deseas que tus compañeros te respeten? Piensa bien sobre todo el mundo y estés dispuesto a ayudar a otros. Haz esto y siempre serás feliz”. Los frutos no fueron abundantes de inmediato, pero con el tiempo Don Bosco fundó una institución tan hermosa que, aún ahora, se percibe socialmente el gran bien que realizan los salesianos en formación humana, técnica y espiritual.

En estos momentos de pandemia y de momentos difíciles podemos tener la tentación primera de lamentarnos pero de quejas no se soluciona nada. La segunda tentación es mirar la realidad con desprecio y desesperanza. Bastaría que todos a una pongamos lo mejor de nosotros mismos que el mundo cambiaría. Y siempre con esta pregunta: “¿Qué estoy haciendo yo?”. Bien lo entendió San Agustín cuando después de buscarse tanto a sí mismo no tenía otro camino que el de la desesperación. Viendo el testimonio de otros se sintió interpelado: “Si estos lo hacen ¿por qué no lo hago yo?” Cambió totalmente su vida y ahí tenemos un santo que apostó por amor a Jesucristo y sigue dando luz con su testimonio y sus escritos. Si no hubiera dado este paso su vida se hubiera quedado en las tinieblas. Creo que ante las crisis y dificultades que se está pasando, no podemos dejar que nos atosiguen sino que sean como un trampolín para exponer lo mejor de nosotros mismos y actuar como medicina en medio de la enfermedad. Por lo tanto: “¿Qué estás haciendo tú?”.