Dios ama sin reproches ni condena

Es significativo contemplar a Jesús cuando le indica a Zaqueo que baje de la higuera. Su pedagogía no es como la nuestra pues cuando vemos a alguien, si tenemos una actitud negativa, o le juzgamos o le reprochamos o le corregimos de forma inmisericorde o le marginamos. La mirada de Dios es distinta porque es positiva y en su misma mirada ayuda a crecer. Conoce nuestro interior y sabe lo que aún nos queda por conseguir. Los datos del alma es muy difícil describirlos porque en lo íntimo del ser humano hay grandes misterios. La fe es un don de Dios y una respuesta gozosa por parte del hombre. Sólo Dios conoce nuestro interior. Lo cierto es que, como decía Juan Pablo II: “En lo profundo de cada ser humano, todo hombre o mujer desea poseer al todo de Cristo”.

Esto nos invita a ensanchar el horizonte de nuestra visión y no porque debamos ser faltos de realismo sino más bien porque la mirada del creyente debe asentarse sobre la experiencia de fe. El amor de Dios no es abstracto o fuera de la realidad, todo lo contrario, si es verdadero amor se concreta en la vida. El libro de la Sabiduría lo explica muy bien. Dios ama a todas las cosas porque él mismo las ha creado por amor. Dios ama la vida; ama su obra creadora porque en ella reside su propio espíritu. Si Dios retira su amor, su espíritu, todo lo creado sucumbiría. Dios ama sin mas, ama porque ama y ama por amar. Nunca reprocha y nunca condena porque es el hombre quien se ve asediado por su propio reproche y por su propio desvarío al no concederle a Dios presencia en su vida. Llevar una vida agradable a Dios es la consecuencia del creyente auténtico.

Siguiendo la imitación a Cristo y conociendo nuestras imperfecciones podemos tener la impresión de aquel que se sentía angustiado y fluctuaba muchas veces entre el temor y la esperanza. Un día, abatido por la tristeza, entró en una Iglesia y, postrándose al pie del altar, oraba y discurría así en su corazón: “¡Si supiera con certeza que iba a perseverar hasta el fin! Y al punto oyó esta respuesta: “¿Qué harías si lo supieras? Haz ahora lo que quisieras hacer en tal caso, y estarás firmemente seguro”. Y al instante se levantó consolado y fortalecido, se abandonó en Dios y cesó aquella penosa incertidumbre” (Cfr. Kempis, Imitación de Cristo, pag. 186).

Nos preocupamos por lo que sucederá en nuestro devenir y sin embargo no nos preocupamos del presente que es lo único que tenemos en nuestras manos. Es en este presente donde la fuerza de Dios actúa y así nos permite cumplir “los buenos deseos y la tarea de la fe” (Tes 1,12). No sabemos cuando vendrá el Señor pero la mejor espera es vivir el hoy que nos toca, el momento que nos apremia, lo demás es secundario puesto que ya llegará. Las grandes angustias existenciales vienen provocadas por la falta de aceptar el momento presente como el don más grande que tenemos a nuestro alcance. Si el pasado esclaviza y al futuro se teme crea tal insatisfacción que provoca la incertidumbre angustiosa. Como Zaqueo comprobó y experimentó el amor del Señor y esto fue lo que rehizo su vida y se convirtió, lo mismo hoy hemos de sentir nosotros para que la alegría y la esperanza nos lleven a vibrar en nuestro corazón. Dios nos ama, nada hemos de temer.