Mirando al futuro

Hablar hoy del final de la historia y del mundo parece algo anacrónico. No hay percepción de tal evento puesto que las esperanzas humanas tienen puesta sólo la mirada en lo tangible, en lo que se ve y en lo que el ser humano domina por sí mismo. La ciencia se ha convertido en la única fuente interpretativa de la historia y de las diversos recorridos que existen en la humanidad, el sentido de lo trascendente se percibe como algo que ya no tiene carta de ciudadanía en la actualidad. Por eso se llega a ridiculizar y hasta despreciar al que piense que la vida tiene un ‘fin de eternidad’ y se sustentan las ideas de que la realidad única que existe es aquella que muestran las filosofías replegadas en si mismas y de que nada, comentan, hay más real que lo inmanente. Es como si el hombre se hubiera hecho a sí mismo.

No obstante, ante tales planteamientos, que se reducen a ver las cosas recortadas y deformadas, parece que se está despertando una mayor búsqueda de lo misterioso y lo oculto. La razón es muy sencilla, las exigencias de la interioridad se asocian a una realidad superior que discurre por los caminos de plenitud. La fuerza de la vida es mucho mayor que las cortapisas de la falsa razón. Está implícito el deseo de eternidad y esto no se puede sofocar. Para no caer en el error de tantas corrientes que exponen lo misterioso desde falsos presupuestos, la fe nos lleva al equilibrio de lo que es y será el fin del género humano. La victoria de Cristo ha hecho posible que la humanidad vaya por caminos de alegría, puesto que la segunda venida de Cristo es una promesa de felicidad.

Me impresiona y me alienta constatar en la vida de los santos que ellos tuvieron como motivación fundamental este horizonte de vida. No eran extraños a la realidad de la historia terrena, más bien se hacían cargo de ella con una entrega generosa y sin límites y ahí tenemos sus inmensas obras benéficas y caritativas. Construyeron pisando la tierra con los pies y con la mirada dirigida hacia lo alto. No se desentendieron de la tierra porque la exigencia que les llevaba a construir un mundo mejor era estímulo preparatorio de un mundo en plenitud, asegurado por quien ha hecho posible, en su segunda venida, la realización completa de todo.

Por eso urge mentalizarnos todos para que las realidades visibles evoquen siempre las realidades invisibles. Que no todo está realizado aquí sino que hay un final al que todo tiende. Vivimos instalados en el hoy, en los trabajos diarios, con sus emociones y sus cansancios, con la vida organizada e ilusionada, pero nos puede suceder que nos olvidemos del final del camino. Al final, nos recuerda la liturgia, se realizará la venida de Cristo que acogerá a todos y se harán nuevas todas las cosas. Ésta es la razón fundamental de nuestra vida: pertenecer para siempre y en plenitud a Dios. El Reino de Dios se inaugurará de una forma definitiva cuando pasen esta tierra y este cielo para dar lugar a una tierra nueva y a unos cielos nuevos en donde el día no tendrá fin.