IV domingo de Cuaresma

         Queridos diocesanos:

         Estamos ya en el domingo “laetare”, el domingo de la alegría. La Cuaresma se encamina ya hacia su recta final: la gozosa celebración de la Pascua. El primer domingo de Cuaresma, el Señor nos llamaba a la conversión: “Convertíos y creed la Buena Noticia”. Yo también lo hice en la carta que os dirigí en aquél momento. Ahora ha llegado la hora de que esa conversión se plasme en la celebración gozosa del sacramento la penitencia, que la lleva a término.

          Por ello, pido a todos los sacerdotes que en este domingo hablen a los fieles en la homilía de las maravillas que Dios obra en este sacramento, suscitando en ellos el deseo de recibirlo. Para ello, os brindo estos puntos:

          La palabra de Dios a lo largo de esta Cuaresma nos está ayudando a descubrir la realidad de nuestros pecados y la respuesta de gracia y de perdón que Dios nos ofrece en su Hijo. Así nos lo acaban de recordar hace un instante las lecturas que hemos escuchado. Las infidelidades de Israel llevaron al pueblo al destierro, pero la misericordia de Dios les abrió de nuevo las puertas del retorno. En el evangelio, Jesús dialogaba con Nicodemo, que somos cada uno de nosotros, y Cristo hoy también nos dice a nosotros que renunciemos a la oscuridad de nuestros pecados para recibir la luz de Dios, pues su Hijo vino al mundo no para juzgarlo, sino para que se salve por medio de él. San Pablo, el gran maestro de la fe, cuyo Año jubilar celebramos, nos ha resumido así el amor de Dios: “Estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo”.

            Pues bien, todo este torrente de gracia y de vida, la Iglesia lo recoge en las palabras de la absolución con las que se finaliza en el sacramento de la penitencia “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

            No hay nada más consolador para el ser humano que el poder escuchar estas palabras de la boca del sacerdote que perdona en nombre de Cristo y de la Iglesia. El penitente con este gesto queda absuelto y su vida se ve embellecida por la gracia.

            Os invito, si no lo habéis hecho ya, a acercaros a recibir en estos próximos días personalmente el perdón de Jesucristo y de su Iglesia en el sacramento de la confesión. Os hará un inmenso bien y así llegaréis a la Pascua limpios de toda culpa, para poder celebrarla en verdad. Jesús nos acaba de decir que “el que realiza la verdad se acerca a la luz”. Al acercarnos con humildad al confesionario, para expresar en confesión nuestro arrepentimiento, nuestro dolor de los pecados y nuestro propósito de la enmienda, recibiremos la luz de la misericordia de Dios, infinitamente mayor que todas nuestras culpas. Todo ello se traducirá en una renovación real de nuestras vidas.

             Antes de celebrar el sacramento, la Iglesia nos invita a realizar un examen de conciencia. En todas las iglesias de la diócesis encontraréis un sencillo tríptico que os ayudará a hacer bien este examen, repasando, en cada mandamiento, aquéllos puntos en los que hemos fallado en el amor a Dios y al prójimo. También ahí se encuentra la explicación necesaria para hacer una buena confesión. Si tenéis alguna duda, el propio confesor os ayudará a aclararla.

             Durante estos días los sacerdotes estarán más disponibles para escuchar vuestras confesiones. No olvidéis que en ellos es Cristo y su Iglesia quien os perdona. Así lo quiso el Señor, para que reviviéramos en este sacramento el gozo del ciego que ve, del leproso que queda limpio, del paralítico que por fin puede caminar, del muerto que resucita. ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!