Homilía en el funeral por el Excmo. y Rvdmo. D. José María Cirarda

1.- No es fácil hablar de un hermano en el episcopado como fue D. José María al que recordamos con cariño en esta Misa Funeral. Y digo que no es fácil porque los designios de Dios sobre cada uno de nosotros son misteriosos y muchas veces inescrutables. Pero como dice nuestro refranero “el rostro es el espejo del alma” y esto mismo podríamos decir del rostro de D. José María que era limpio, noble y sincero. Y lo digo no porque ahora conviene hacer un panegírico laudatorio sino porque más de una vez se lo manifesté a él mismo. Su buen humor, su verbo claro y convincente, su alegría desbordante eran la forma tan genial que tenía para mostrar la hondura de su fe en Jesucristo y amor a la Iglesia.

Doy gracias a Dios por el don que concedió a esta Diócesis en la persona de D. José María Cirarda, por los años que estuvo entre nosotros y por su rica labor pastoral (Jainko gure Jauna, eskerrak ematen dizkizut, on José María Cirardaengan, gure elizbarrutiari eman diozun doaiagatik. Eta gure artean egin zituen lan on eta urteengatik). ¡Bendito sea Dios por todos los beneficios que nos concede y por la segura fuerza de su amor en medio de nosotros!

En esta celebración litúrgica ponemos a D. José María en manos de Jesucristo. Los sufragios que en la Eucaristía ofrecemos son la expresión de la comunión con aquel que fue un pastor solícito y entregado por su pueblo. Sólo Dios conoce el corazón y sabe las necesidades que en él están presentes y se albergan. La Iglesia siempre nos ha recordado la importancia de la oración de sufragio por nuestros difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por ellos, para que una vez purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. “La celebración eucarística, en la que anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su Resurrección, en la espera de su venida, es prenda de la gloria futura en la que serán glorificados también nuestros cuerpos. La esperanza de la resurrección de la carne y la posibilidad de encontrar de nuevo, cara a cara, a quienes nos han precedido en el signo de la fe, se fortalece en nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra salvación” (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 32).

2.- Estamos celebrando, en toda la Iglesia, el año jubilar Paulino. Un tiempo de gracia y de esperanza. “El apóstol Pablo siempre se dejó llevar por la voluntad de Dios y siempre fue fiel al proyecto misionero de Dios. Él mismo se consideraba como “encadenado por el Espíritu” (Act 20, 22) porque, camino de Damasco y esclavizado por sus opciones erróneas, se encuentra con Cristo que le lleva a la conversión del corazón. Ya no se dedicará a perseguir y matar sino que se dejará encadenar por el Espíritu para ser auténticamente libre. Quien se encadena al Espíritu Santo es libre. ¿Por qué? Porque sólo desde el amor se puede ser verdaderamente libre. Dos personas que se aman se encadenan mutuamente, pero es para salir fortalecidas. A Pablo le urge anunciar la caridad de Cristo, que él reine y nos una en su amor. (Mons. Francisco Pérez González, Mensaje en la Jornada del Domund, Illuminare de octubre 2008).

También en D. José María se observaba esta urgencia de anunciar a Jesucristo y él más de una vez, al estilo de Pablo, fue poniendo los mojones necesarios y la tierra bien abonada para que la Palabra de Dios, como buena semilla, creciera en el corazón de todos los diocesanos. La disposición y entrega por todos se fue desgranando en su ministerio episcopal. La caridad era el acicate cotidiano de su labor pastoral.

3.- Si Jesucristo exclamó que a Dios se le conoce desde la sencillez y humildad como recordábamos en el Evangelio, bien podemos decir que el impulso vital y creyente de D. José María tenía en esta exhortación de Cristo el centro de mira de su vida. La evangelización no puede tener fruto positivo si en el anuncio no hay sencillez y sacrificio. Los misterios no son aceptados por la sabiduría humana puesto que la superan y menos llegarán a ser descubiertos por el orgullo. Desde la humildad se puede contemplar la certeza de la Verdad y la cercanía de la Belleza que está hermoseando a la Trinidad.

La vida a pesar de las dificultades, dolores y sufrimientos tiene su razón de ser en el sacrificio que es el ofrecimiento de todo lo que nos sucede en aquél que nos conforta: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,23). Y la cumbre de este sacrificio es la Cruz. La misma evangelización se hará auténtica cuando pasa por el alambique de la Cruz; todo se purifica y se hace más fiable. Es más, la santidad, pasa por la Cruz, es el “cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 25). D. José María supo de Cruz y supo llevarla y en ella se forjó su ministerio. Pero la llevaba con la caballerosidad de un apóstol de Cristo. Alguna vez le oí decir que en ella –en la Cruz- había encontrado la Luz, puesto que ella nos lleva a la resurrección.

4.- Saludo a todos y de modo especial a la familia que ha seguido siempre y con gran cariño al lado de su hermano y tío D. José María y ruego a la Virgen Nuestra Señora la Real que le haya presentado ante el Padre como el pastor fiel que cuidó de sus hijos aquí en esta tierra tan hermosa de Navarra.

Ruego al Señor para que descanse eternamente en el Seno de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Jainko gure Jauna, zu Aita, Semea eta Espiritu Santua zera, eta zuri eskatzen dizut, bere arimaren alde, zure altxoan, egiazko atsedena eta zoriona aurki distan). ¡Gracias D. José María por su entrega generosa y su servicio al pueblo navarro y a las Diócesis de Pamplona y de Tudela (Eskerrikasko on José María zure zerbitzu eta eskeintzagatik, bai nafar herriaren eta baita Iruñako eta Tudelako elizbarrutietan egindako lanagatik). Con la esperanza de vernos en el Cielo, adiós hasta el gran día (Zeruan Ikusteko esperantzarekin “Agur egun haundirarte”).

 

+ Francisco Pérez González,

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela