LA IGLESIA CON TODOS, LA IGLESIA AL SERVICIO DE TODOS (17 de noviembre. Día de la Iglesia Diocesana)

DSC_4265A punto de finalizar el año de la fe llega la celebración del “Día de la Iglesia Diocesana”. Durante este año hemos atravesado el portal de la fe profesando y desgranando reflexiones sobre todos y cada uno de los artículos del credo con una especial conciencia, sabiendo en quien creemos y haciéndolo con la mente, el corazón y la coherencia de la vida. De esta forma se ha podido cumplir el deseo, del emérito papa Benedicto XVI, cuando promulgó este año para “redescubrir el camino de la fe, para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (PF 2)

Precisamente el “Día de la Iglesia Diocesana” se enmarca dentro de estas intenciones proponiéndonos un acto de fe en la Iglesia que, como decimos en el credo, es una, santa, católica y apostólica. La clave fundamental y la expresión más hermosa, más repetida y entrañable para profesar estas notas fundamentales de la Iglesia es la de “madre Iglesia”. Por eso el Papa Francisco ha insistido últimamente en esta adecuada expresión para que por encima de todo “veamos en la Iglesia una madre buena y comprensiva” (Audiencia general (8-IX-13).

La Iglesia está abierta a todos los pueblos de la tierra para anunciarles la buena noticia del Evangelio. Tiene vocación universal, es decir, católica. El lema de este año expresa esta catolicidad: “LA IGLESIA CON TODOS, AL SERVICIO DE TODOS”. En efecto, las últimas palabras de Jesús antes de ascender al cielo constituyen su encargo más importante, son su testamento: “Id y bautizad a todas las gentes…” (Mt 28, 19) y “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

El primer Concilio de Jerusalén indicó que para Dios no hay acepción de personas y que la vocación de la Iglesia es ser universal. Y el Concilio Vaticano II indica que todos los hombres están invitados a formar parte del Pueblo de Dios. “Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (LG 13).

La Iglesia está con todos, no excluye a nadie; camina con la humanidad a la que ofrece la salvación que nos trajo Cristo. No es un grupo de unos pocos elegidos sino que se dirige a todas las personas y proclama el evangelio al mundo entero. En ella somos acogidos con la bondad de la madre que ama a todos sus hijos.  La Iglesia está al servicio de la humanidad. Pero, como Jesús, tiene una especial predilección por los sencillos, los humildes, los más necesitados, pecadores y enfermos a quienes ofrece la caridad que el mismo Jesucristo nos regaló y nos invitó a vivir.

La Iglesia universal con todos sus dones y cualidades se hace presente en las diócesis y en las parroquias ofreciendo la gracia de Dios a través de los sacramentos y socorriendo las necesidades de los hermanos necesitados. Cada año celebramos este “Día de la Iglesia Diocesana” para dar gracias a  Dios por pertenecer a ella y para ayudarla en sus necesidades.

La Iglesia no tiene su base en las  estructuras e instituciones organizativas, ni en las frías piedras, sino en cada persona con un palpitar al unísono con la fe, la esperanza y el amor. Los bautizados tenemos conciencia de que todos formamos la Iglesia y tomamos parte en su misión. Lo que realiza la Iglesia es obra del Espíritu Santo y cooperación nuestra. Por eso debemos estar felices de participar en las incontables obras buenas que la Iglesia realiza y ayudarla para que pueda multiplicarlas.

abemos que muchas veces no damos la talla pues nuestras deficiencias e incluso nuestros pecados son expresión de la falta de amor. No hay otra medicina que la misericordia que procede del mismo Señor al que acudimos con su presencia viva en los sacramentos que sanan y curan las heridas de nosotros peregrinos caminando hacia la Casa del Padre. La Iglesia es santa porque su garantía es Jesucristo y es pecadora porque nosotros, sus miembros, estamos aún bajo el peso de la debilidad, fragilidad y pecado. Pero al final sólo vence la salvación en Cristo.

María, madre solícita, es primicia, prototipo y profecía  de lo que ha de ser la madre Iglesia “con todos sus hijos y al servicio de todos”. Que ella nos acompañe y nos haga hijos agradecidos y generosos.