Carta a Don Francisco de un feligrés

Querido Francisco, Arzobispo de Pamplona y Tudela:

Desde hace algunos días llevo en mi bolsillo un papelito que encontré en el banco de una iglesia; al fondo, muy al fondo, y recogido, casi pudibundo. Se trata de un texto que me ha pareció precioso pero que, todavía, no tengo muy claro qué hacer con él. Si lo entrego, siento estar invadiendo el pudor que a los autores del texto les impidió superar los bancos del fondo. Si me lo guardo, tal vez interrumpa injustamente el destino de estas sinceras afirmaciones.

¡Ea!, allá va. Sumo mi aprecio al de los autores y protagonistas del siguiente texto:

Carta a nuestro Obispo.

Cuando mi hijo, de 2 años y medio, se encontró con nuestro Obispo me susurró, “papá, San Fermín”. Entonces creí comprender la intensa exigencia que la grey navarra, y más aún la pamplonesa, suele ofrecer al Ordinario , pues dos de sus patrones  fueron obispos. Debe ser por aquello de ser más exigentes  con quienes  queremos profundamente.

En el recibidor de casa tenemos una imagen de San Fermín. Desde pequeño, a nuestro hijo le hemos contado que “el morenico” le está diciendo al lobo que no puede entrar en esta casa. Cada vez que llora, o se asusta, nos lleva de la mano hasta la imagen de San Fermín a la que el pequeño encomienda la protección de la casa, para que no permita que ni el lobo ni la bruja entren en nuestro hogar: “…y con el bastón, ¡pum!, le mandas al bosque”.

Imagino que a mi hijo se le  aparecieron sus fantasías, ante la mayestática figura de nuestra casa, cuando delante de él, con una cariñosa sonrisa, se presentaba “San Fermín”, le hacía una delicada caricia y no apabullaba con su inmensa humanidad. Ésa es al menos la experiencia de sus padres. Ahora parece que  sabe afrontar mejor el miedo al lobo y a la bruja, ya no reclama acudir al retablico, aunque sigue  encomendando a San Fermín la custodia de nuestra casa.

Gracias por ahuyentar nuestros lobos, por guiar nuestros miedos y titubeos. Gracias por velar por nuestro hogar. Que San Fermín y San Saturnino te acompañen y te inspiren. Y, sobretodo, que no nos ciegue la devoción a nuestros patrones y sepamos valorar y reconocer tus gestos, tus caricias y tus esfuerzos. Así sea. Aleluya.