Natividad de Nuestra Señora, privilegio de la Unión de Pamplona

Natividad de Nuestra Señora, privilegio de la Unión de Pamplona

8 de septiembre 2010

Además de celebrar la fiesta de la Natividad de Santa María, el día 8 de septiembre se celebra el Privilegio de la Unión. Se conoce como Privilegio de la Unión al tratado fundacional de Pamplona que fue firmado el 8 de septiembre de 1423 (hace este año el 587 aniversario) por el rey Carlos III de Navarra, y supone la unión de los tres burgos (Navarrería, San Cernin y San Nicolás) en la actual ciudad de Pamplona.

Las tres agrupaciones urbanas estaban bajo el mandato del obispo, siendo sus relaciones bastante complejas, llenas de rivalidades, lo que ocasionó múltiples conflictos. Las causas fundamentales de estos conflictos fueron dos: de una parte, la tierra de nadie entre la Navarrería y San Cernin, que fue otorgada a los primeros por el rey Sancho; por otra, los privilegios que supuestamente habría otorgado Alfonso el Batallador a San Cernin, que produjeron recelos en las otras dos poblaciones.

Carlos III decide cortar el problema de raíz y el 8 de septiembre de 1423 dicta el Privilegio de la Unión, en el que se unen las tres jurisdicciones en un único ayuntamiento, con un único escudo y unas únicas rentas. El documento obliga a eliminar los límites y divisiones físicas entre ciudad, burgo y población, aunque las murallas habrían de tardar bastante en desaparecer.

Con el tiempo la unión se hará patente y la segmentación casi simbólica, sólo identificable por las parroquias, salvo la doble parroquia del burgo de San Cernin. En el espacio intermedio de las tres se construirá el Ayuntamiento. Por su parte, el foso de separación entre San Nicolás y San Cernin será rellenado y sobre él construida la actual calle Nueva hacia 1585. Hasta aquí la historia de la celebración que estamos realizando, en esta tarde, de alegría por las decisiones del rey Carlos III.

“Creo que la redacción del documento del Privilegio de la Unión, que refleja fielmente el pensamiento y las creencias del rey que lo otorgó, es meridianamente clara en lo que se refiere al ámbito religioso. Y creo también que por tanto, el Ayuntamiento de Pamplona es muy libre de recordarlo y conmemorarlo o de no hacerlo. Pero si opta por mantener la tradición, como de hecho lo vienen haciendo, pienso que por respeto a la memoria del rey Carlos III el Noble, a sus restos mortales y a aquello en lo que él creyó, los actos no pueden ni deben dejar de incluir, como acertadamente se ha hecho hasta ahora, el acto de culto en la Catedral” (Juan José Martinena Ruiz, Diario de Navarra).

2.- De ahí que esta fiesta signifique tanto para Pamplona en el día que celebramos la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora. Los siglos han ido dando la razón a los que con devoción se acercan a María. No hay pueblo o ciudad en toda Navarra que celebre una fiesta sin que haya en el origen y en el horizonte la memoria del Señor, de la Virgen o de algún santo.  Pero hoy honramos a María y queremos que ella nos llene de sus abrazos y cariños para seguir mostrando la grandeza de ser creyentes.  Para un cristiano lo peor que puede sucederle es que sea timorato o acomplejado para donar y regalar su fe a los demás. Nada ni nadie puede quitarnos el don que hemos recibido de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Mirando a María en su nacimiento entendemos que en Dios también hay lugar para el ámbito material de la vida y existencia, para el elemento material del ser humano. Dios no es un competidor nuestro, ni su grandeza empequeñece la nuestra, ni su presencia cercena nuestra libertad. Al contrario, cuando reconocemos la grandeza de Dios, estamos reconociendo nuestra propia dignidad. No actuaron así nuestros primeros padres que consideraron que Dios reprimía el horizonte ilimitado que les proponía el Tentador; seréis como dioses, y cayeron en el pecado más atroz puesto que desplazaron a Dios, el pecado original. También pensaba así el hijo menor de la parábola que quería ser libre, lejos de su padre, y al final tuvo que reconocer que era más esclavo que los jornaleros de la casa de su Padre, donde de verdad podía ser libre y gozar de la belleza de la vida. En la casa de su padre había exigencia, pero había amor y alegría.

También en nuestro tiempo hay quienes piensan que apartando a Dios de nuestra vida y siguiendo nuestras propias ideas, nuestra propia voluntad, llegaremos a ser más libres, sin necesidad de obedecer a nadie. Y es lo contrario: cuanto más hacemos desaparecer a Dios, más mediocre hacemos al hombre y lo convertimos muchas veces en un objeto de usar y tirar, concediéndole valor solo en función de su utilidad, y cuando ya no sirve para rendir en la economía o en función dentro de la sociedad, se le niegan todos los derechos.

Con María, nuestra Reina y Señora, queremos no alejarnos de Dios, al contrario, queremos hacer que Dios esté presente en nuestra vida personal y en nuestra actividad social. Debemos hacer patente a Dios mediante los signos, la cruz, la imagen de la Virgen y de los santos, tanto en el ámbito personal, en nuestras casas, en nuestras familias, como en el ámbito público, en nuestras calles, en las escuelas, en los hospitales. Así han hecho nuestros antepasados que han jalonado la geografía de iglesias, de cruceros y símbolos religiosos, muy especialmente en el Camino de Santiago. Pensemos en las catedrales de Burgos, León, Santiago de Compostela… En este año Santo Jubilar hay un 45% de asistencia mayor, de peregrinos, en la Catedral de Santiago que en el año Jubilar anterior. Señal fehaciente de que el Camino de Santiago está promoviendo una espiritualidad cristiana que se ha de seguir cuidando y profundizando.

Y si queremos dar un espacio a Dios, también hemos de darle un tiempo: que no pase ni un solo día sin una oración, y menos pase un fin de semana sin dedicarle tiempo de la Misa dominical. No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios e incluso nuestro trabajo con la mirada puesta en él. Más aún, si damos entrada a Dios en nuestro calendario, convertiremos el paso de la vida en algo grande y rico, como María que fue de Dios desde el nacimiento hasta la dormición.

En este momento quiero dirigirme a María para que nos de la posibilidad, a todos, para que nuestra vida sea una luz en medio de la oscuridad que a veces tanto se puede constatar en nuestra sociedad. Y la ruego para que siga cuidando la ciudad de Pamplona, ejemplo de una ciudad plural pero sin perder las raíces de su historia. Ruego a María que nos conduzca, a todos, por el camino de la santidad y valientes para ser cristianos convencidos. Que ella nos haga sentir una sola familia unida y que lo que se consiguió con el Privilegio de la Unión siga siendo un punto de referencia.

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