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REPORTAJES Y CRÓNICAS
Al finalizar el curso pasado se firmó en Roma la exhortación apostólica postsinodal «Ecclesia in Europa». Un documento del Papa fruto del trabajo que los obispos europeos llevaron a cabo en el Sínodo para Europa, la última asamblea por continentes como preparación para el Jubileo del 2000. Las conclusiones de este Sínodo, recogidas por Juan Pablo II animan a un nuevo impulso apostólico y evangelizador para la vieja Europa.
Como preparación para el gran jubileo del año 2000 el Santo Padre decidió celebrar diversos Sínodos de carácter continental. El último de ellos fue el dedicado a Europa, que tuvo lugar del 1 al 23 de octubre de 1999. Era la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, puesto que la primera se había celebrado el año 1991, poco después de la caída del muro de Berlín.
El tema central de la II Asamblea fue la esperanza. Se proponía así una palabra clave para interpretar la situación de Europa en el paso del milenio: por un lado, está mirando al futuro en ese proyecto de construcción de la Unión europea y, por otro, se aprecian síntomas de falta de verdadero sentido y de esperanza para construir adecuadamente ese futuro.
Al centrar los padres sinodales su reflexión en la esperanza, no lo hacían proponiendo una especie de vago sentimiento de ánimo que impulsa los proyectos humanos; ni tampoco determinando, sin más, unas metas más o menos utópicas para la construcción de la futura Europa. La esperanza que mostraban tiene nombre propio y se llama Jesucristo. Así lo decía el tema del Sínodo: «Jesucristo, vivo en su Iglesia, y fuente de esperanza para Europa».
Este mismo es el contenido esencial de la Exhortación apostólica postsinodal «Ecclesia in Europa», que ha escrito Juan Pablo II teniendo en cuenta las deliberaciones del Sínodo y las propuestas finales que los padres sinodales le presentaron. En efecto, hay una palabra que atraviesa toda la Exhortación: «El evangelio de la esperanza»; y una clave de interpretación: ese Evangelio de la esperanza es Jesucristo, como la buena noticia que la Iglesia puede aportar a los hombres y mujeres de Europa, para ser felices, y a la nueva Europa, que se pretende construir, para que tenga fundamento sólido.
El documento sigue un hilo conductor: el libro del Apocalipsis como icono bíblico que ilustra nuestra realidad: en la primitiva Iglesia, como ahora, la inserción de los cristianos en la historia, con sus interrogantes y dificultades, está iluminada por la victoria de Jesucristo resucitado: la construcción de la ciudad terrena prescindiendo de Dios o contra él no tiene futuro digno del hombre.
Partiendo de esta convicción, se mira la realidad europea desde la perspectiva de la esperanza; se descubren algunos signos preocupantes como:
1) La pérdida de la memoria y de la herencia cristiana; esta actitud convertiría a los europeos en una especie de herederos que están a punto de despilfarrar el rico patrimonio recibido durante los siglos pasados.
2) El miedo a afrontar el futuro, que se manifiesta en el vacío interior, en la escasa natalidad, o en el miedo a asumir decisiones definitivas, como el compromiso matrimonial o la vocación consagrada.
3) Una generalizada fragmentación de la existencia, que tiene expresiones en el deterioro de la familia o los rebrotes de conflictos étnicos y actitudes racistas, con un cierto decaimiento de la solidaridad interpersonal.
4) Algunas ofertas de esperanzas intramundanas, como los paraísos de la ciencia, del consumismo o de búsquedas exotéricas de espiritualidad, no pueden saciar la imborrable nostalgia de esperanza que anida en el corazón humano.
Estos síntomas no brotan por generación espontánea, sino que tienen su raíz en una antropología sin Dios, que pretende convertirse en cultura dominante, dando la impresión de que la cultura europea sería una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente, que vive como si Dios no existiera. EL NÚCLEO DE LA EXHORTACIÓN
VIVIR el Evangelio de la esperanza El Papa hace una llamada a los católicos de Europa para que vivamos más a fondo el Evangelio de la esperanza, es decir, para que nos convirtamos, para que, con expresión del Apocalipsis (cf. Ap 3, 2), despertemos y reavivemos lo que está a punto de morir. Detecta en el interior de la Iglesia de Europa algunos síntomas preocupantes de mundanización y connivencia con la lógica del mundo y hace una llamada a no perder la identidad cristiana, a recuperar la vida interior, a mantener la comunión, a superar temores, lentitudes, omisiones e infidelidades, y a continuar el camino del diálogo ecuménico.
ANUNCIAR el Evangelio de la esperanza La Exhortación se refiere a anunciar el Evangelio de la esperanza. Hace notar que en Europa está creciendo el número de no bautizados y que hay «amplios sectores sociales y culturales en los que se necesita una verdadera y auténtica misión «ad gentes»». Para ellos se precisa el primer anuncio de la fe. A la vez, existen muchos bautizados alejados de la fe, contagiados de un humanismo inmanentista o con una interpretación secularista de la fe, que necesitan una nueva evangelización. Y, por supuesto, hace falta formar para una fe madura mediante una catequesis apropiada a los diversos itinerarios espirituales, que sea orgánica y sistemática. Especial atención merece la renovación de la pastoral juvenil, sabiendo que hay que dedicar tiempo de escucha, acompañamiento personal, propuesta de las exigencias evangélicas y el camino de la santidad fortalecidos por una vida sacramental intensa. El Papa recuerda el significado eclesial y la esperanza que suscitan los encuentros que ha tenido con los jóvenes en tantas partes.
CELEBRAR el Evangelio de la esperanza La Exhortación habla de celebrar el Evangelio de la esperanza. Como objetivos, se plantean: ser una Iglesia orante y descubrir en las celebraciones litúrgicas el sentido del misterio y toda su hondura espiritual. En las celebraciones de los sacramentos se advierten dos peligros: que en algunos ambientes eclesiales se está perdiendo el sentido auténtico de los sacramentos y que muchas veces hay el riesgo de trivialización porque muchos piden los sacramentos sin una debida preparación. Presenta brevemente la centralidad de la Eucaristía, recordando algunos de los aspectos que trata más ampliamente la reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia, como el aspecto sacrificial y la dimensión escatológica. Sobre el sacramento de la Reconciliación resalta que tiene un papel fundamental en la recuperación de la esperanza, porque el perdón posibilita un nuevo comienzo; y recuerda la doctrina sobre la necesidad de la confesión y de la absolución individual, además de la urgencia de formar moralmente las conciencias. Por último, exhorta a recuperar y defender el «día del Señor», que es un momento paradigmático del Evangelio de la esperanza, ya que «sin la dimensión de la fiesta, la esperanza no encontraría un hogar donde vivir» (n. 82).
SERVIR Al Evangelio de la esperanza En cuarto lugar se refiere el Papa a servir al Evangelio. Exhorta a entrar por el camino del amor, porque una Iglesia que vive la experiencia del amor de Dios ha de procurar que los hombres se encuentren con ese amor. Invita el Santo Padre a que la Iglesia dé nueva esperanza a los pobres, por el amor preferencial a ellos. Alude a varios aspectos concretos de servicio al hombre en la sociedad: el desempleo, los enfermos, la ecología.
Europa cristiana Uno de los temas controvertidos de la presencia del cristianismo en el origen y la configuración de Europa aparece también en el documento. Juan Pablo II alude al importante papel de las instituciones europeas para promover la unidad del continente y el servicio de las personas. Insiste en que un buen ordenamiento de la sociedad debe basarse en valores éticos y que esos valores están en primer lugar en los cuerpos sociales, entre los que están las Iglesias y otras organizaciones religiosas, a las que no se les puede considerar como meras entidades privadas.
Juan Pablo II, pide una vez más, que en la futura Constitución europea figure la referencia al patrimonio religioso y particularmente cristiano, y que se reconozcan tres elementos complementarios: el derecho de las Iglesias y comunidades religiosas a organizarse libremente; el respeto a la identidad específica de las confesiones religiosas; el respeto del estatuto jurídico del que ya gozan las Iglesias y las instituciones religiosas en virtud de las legislaciones de los Estados miembros de la Unión.
Publicado en LA VERDAD, el 01-11-2003
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