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REPORTAJES
Y CRÓNICAS
LA ENCÍCLICA DE LA VIDA
El pasado 25 de julio se cumplieron 35 años de la redacción de la encíclica «Humanae vitae» de Pablo VI, el documento en el que el Obispo de Roma recogía la enseñanza de la Iglesia sobre los métodos artificiales de control de la natalidad Licitud del recurso a los periodos infecundos (HV, 16)
«Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos? A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.
Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar.
La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales». Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos (HV, 14)
1. «En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas».
2. «Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer».
3. «Queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación».
Un documento profético
Escrita el 25 de julio de 1968, la encíclica «Humanae Vitae» profetiza con acierto las consecuencias que se han derivado de la regulación artificial de la natalidad (HV, 17)
«Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia.
Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada.
Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal.
Por tanto, si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar.»
¿Actuó Pablo VI contra el parecer
de la Comisión de Estudio? Tras la publicación de la encíclica, sectores favorables a que la Iglesia reconociera el uso de la píldora anticonceptiva afirmaron que el Papa publicó el documento con la oposición de la mayoría de los miembros de la Comisión preparatoria. Sin embargo, un artículo publicado recientemente por Bernardo Colombo, profesor emérito de demografía de la Universidad de Padua, concluye que esas afirmaciones son falsas y fueron difundidas con el objetivo de hacer presión. Según una investigación realizada por la agencia Zenit, que ha encontrado a personas que participaron en los trabajos de redacción del documento, en realidad el Papa no creó una comisión, sino tres. La primera comisión se componía de laicos, padres de familia y demógrafos. Según estas fuentes, esta comisión mantuvo contactos cercanos y prolongados con el teólogo redentorista Bernhard Häring, quien consideraba que no existía ninguna enseñanza del Magisterio que prohibiera la anticoncepción. En el número 6 de la «Humanae Vitae», Pablo VI explica que en el seno de esta Comisión «no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer» y se adoptaron «algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza». Por este motivo, según Zenit, el Papa encomendó a una segunda comisión, compuesta por teólogos, historiadores y biblistas, que estudiaran el magisterio, la tradición y los escritos de los Padres de la Iglesia sobre la enseñanza en la materia. En esta comisión participaban teólogos moralistas como Henri de Riedmatten, dominico, y Stanislas de Lestapis, jesuita. La comisión expresó de manera clara y documentada su neto rechazo al uso de los anticonceptivos. El parecer de esta comisión fue definitivamente ratificado por una tercera comisión, compuesta por cardenales y por exponentes de la Curia romana. Basándose en estos pareceres, Pablo VI promulgó la encíclica.
Características del amor conyugal (HV, 9)
1. Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.
2. Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.
3. Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo. El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.
4. Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. «El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres».
Publicado
en LA VERDAD, el 30-08-2003
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