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REPORTAJES
Y CRÓNICAS
No
hay camino sin Cristo
El pasado 9 de febrero el Príncipe de Asturias y de Viana, Felipe de
Borbón, inauguró en Roncesvalles el año Jacobeo 2004. Al acto,
presidido por Mons. Fernando Sebastián, asistieron la Ministra de
Cultura, Pilar del Castillo, y los presidentes de todas las comunidades
autónomas por las que pasa el camino de Santiago, así como diversas
autoridades políticas. Reproducimos íntegro en estas líneas el
discurso del Arzobispo de Pamplona
Alteza, autoridades, amigos todos: Sed bienvenidos
a estas legendarias tierras de Roncesvalles, cargadas de piedad y de
historia. Esta bella Colegiata, cargada de siglos, está acostumbrada a
recibir personas ilustres y devotas. En ella han orado, han encontrado
el perdón de sus pecados y la fortaleza de su espíritu, miles y miles
de peregrinos que comenzaban aquí su peregrinación con la esperanza de
llegar a tocar, con sus deseos ya que no con sus manos, las reliquias
del Apóstol, pariente, discípulo y amigo de Jesús. La tierna mirada
de la Virgen de Orreaga les acompañaba y fortalecía en las duras
jornadas del Camino.
La peregrinación es un signo natural de la condición humana. Somos
caminantes, nuestra vida es necesariamente una peregrinación espiritual
y muchas veces también material. La inquietud interior hace del hombre
un perpetuo caminante. Todos caminamos desde nuestra condición natural
al ideal de una personalidad soñada, de una vida más plena, de una
felicidad inevitablemente reclamada por nuestro corazón.
Una tierra sin caminos es toda soledad, amenaza, angustia y desolación.
El camino humaniza la extensión vacía de la tierra. El camino ordena
el espacio, pone un principio y un fin, nos sitúa y orienta en el caos
del mundo. El peregrino, el caminante, no es un hombre perdido ni
indolente, tiene una meta, sabe lo que le conviene y lo que le estorba,
disfruta de las bellezas del mundo, pero a la vez se mantiene libre para
llegar al objeto de sus deseos.
Por muy bellos que sean, no son exactos los versos de Machado: porque no
es verdad que haya que hacer el camino al andar, nuestros antepasados
nos han dejado caminos limpios y expeditos. En una dimensión simbólica,
en la cual el camino es la vida misma, Cristo se ha hecho camino para
todos los que creemos en Él. Ésta es la experiencia profunda de Europa
entera, desde el siglo IX, gracias al Camino de Santiago. En
Roncesvalles se siente latir el corazón de la Europa naciente. Los
miles de peregrinos que recorren este Camino provenientes de todos los
extremos de Europa, para entrar por Roncesvalles o Canfranc, converger
luego en Puente la Reina y cruzar las altas y claras tierras de Castilla
hasta llegar al Monte del Gozo, lo hacen movidos por el deseo de
fortalecer su fe en Jesucristo, para hacer penitencia de sus pecados, o
al menos por la necesidad profunda de encontrar un sentido a su vida.
Tierra Santa, Roma y Santiago han sido los tres objetivos preferidos de
los peregrinos cristianos, los tres puntos privilegiados donde
encontraban la posibilidad de fortalecer su fe y purificarse de los
pecados, acercándose físicamente a las huellas corporales de Cristo o
a las reliquias de sus discípulos más cercanos, Pedro, Pablo o
Santiago. Cuando se celebra el Año Santo Compostelano, la peregrinación
a Santiago alcanza el rango de un año "de perdonanza", año
de fe, de misericordia, de encuentros y renacimientos.
Además de un fenómeno religioso de primera importancia, el Camino de
Santiago es también una realidad de gran valor histórico, demográfico
y cultural. Desde el siglo X los peregrinos de Santiago traían y
llevaban noticias, conocimientos, proyectos, normas estéticas y
experiencias de vida. Por la puerta abierta del Camino de Santiago
entraron en España santos, sabios, artistas, nobles y plebeyos,
caballeros y mendigos, santos y pecadores. El flujo de los peregrinos
atrajo y produjo la presencia de numerosas instituciones, las donaciones
y privilegios de los reyes, los intereses de los mercaderes, la
solicitud de personas generosas y santas, de manera que la realidad
religiosa del Camino fue semilla de civilización y de cultura, dando
lugar a monumentos admirables, y ciudades florecientes. El Camino de
Santiago es como una gran avenida en torno a la cual crece y se
consolida la realidad de Europa como una unidad cultural desde el Báltico
hasta Finisterre. La fe común en el Dios de Jesucristo acerca a los
pueblos y crea una trama común de creencias y pautas de comportamiento
que han unido y articulado el alma común de Europa.
Después de unos cuantos años de vida bastante debilitada, como
consecuencia de las rupturas religiosas y políticas provocadas por la
Reforma y la Revolución francesa, desde mediados del siglo pasado,
apenas terminada la II Guerra Mundial, el Camino ha vuelto a cobrar
nuevo vigor, quizás con formas menos espectaculares pero no menos
importantes. No me parece ilusorio pensar que pueda tener una misión
providencial en el surgimiento de la nueva Europa. ¿No tendremos aquí
una vigorosa semilla del alma espiritual y religiosa que necesita la
nueva Europa naciente?
La realidad actual del Camino de Santiago manifiesta algunas cosas
dignas de ser tenidas en cuenta. Los miles de peregrinos que actualmente
recorren el Camino, la mayoría de ellos con intenciones religiosas más
o menos explícitas, demuestran de manera incuestionable que el hombre
moderno, el hombre europeo, el hombre racional y técnico de nuestro
tiempo, sigue siendo un ser religioso, dotado de una dimensión de
interioridad, que necesita horas de soledad y de silencio para
descubrirse a sí mismo, que siente la necesidad de encontrarse con un
Dios real, infinito y cercano al mismo tiempo, amorosamente emparentado
con nosotros.
El Camino de Santiago demuestra que la fe cristiana, cuando se vive de
verdad, configura, humaniza y moviliza la vida de los hombres, que el
encuentro o la búsqueda de Dios influye en el comportamiento de los
hombres y por eso mismo es fuente de creaciones culturales y sociales.
Sin el atractivo de las reliquias del apóstol no existiría esta Basílica,
ni existiría Puente la Reina, ni Estella, ni Nájera, ni Sto. Domingo
de la Calzada, ni Silos, ni Frómista, ni Astorga, ni tantas otras
maravillas del arte o capítulos de nuestra historia. Algo quiere decir
que ahora mismo Roncesvalles sea punto de convocatoria y de paso para más
de 30 ó 40 mil peregrinos anuales. La fe de los peregrinos sigue siendo
una fuerza incontenible, como un río caudaloso, que allana las tierras,
que traspasa las fronteras y abre caminos de comunicación entre los
pueblos.
Si alguien pretendiera recuperar el Camino reduciéndolo a una realidad
cultural de dimensiones simplemente turísticas o económicas,
desconociendo su substancia religiosa, demostraría una visión bastante
corta de la historia y de la naturaleza humana. La religión auténticamente
vivida es siempre fuente de cultura, porque ilumina interiormente la
mente de los creyentes, nos sitúa en el conjunto de la realidad,
ilumina y pone nombre a los misterios de la vida, inspira y moviliza la
creatividad del hombre, propone escalas de valores y formas de
comportamiento. ¿Acaso es otra cosa la cultura? Pretender conservar las
creaciones culturales ignorando la inspiración religiosa de la que
nacieron sería como querer conservar las flores ignorando y descuidando
tallos y raíces.
Cuando el Papa, y con él los cristianos, pedimos que se haga constar en
la nueva Constitución europea una mención explícita de las raíces
cristianas de la cultura europea, no expresamos un deseo particularista
o caprichoso, tratamos de defender la verdad de Europa, pedimos
simplemente que se haga constar un rasgo esencial sin el cual Europa no
es comprensible ni hubiera sido posible. La fe cristiana no solamente
está en las raíces de Europa sino que forma parte de su presente y de
su futuro. Europa tendrá que volver a reconocerse cristiana o irá
perdiendo poco a poco su propia identidad y sus adquisiciones más
altas.
Alteza, amigos todos, agradecemos vuestra presencia y os deseamos un día
feliz. Vuestra presencia en esta cabecera del Camino de Santiago que es
Roncesvalles, cuando comienza el Año Santo Compostelano, nos alegra a
todos y nos llena de esperanza, contamos con vuestra apoyo para que la
ruta jacobea siga siendo una ruta de fe, una ruta interior hacia el
encuentro personal de los peregrinos con el misterio de Dios,
afortunadamente presente en nuestro mundo. La autenticidad religiosa y
espiritual del Camino es condición indispensable y garantía segura
para que siga siendo al mismo tiempo manantial inagotable de fresca
creatividad cultural, para que siga siendo en el futuro fuente de
hispanidad, de europeísmo y de abierta humanidad.
Publicado
en LA VERDAD, el 21-02-2004
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