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TESTIMONIOS
Ir es volver
Una encarnizada guerra civil obligó al misionero José Carlos Loroño a irse de Sierra Leona a España. Ahora, tras siete años, vuelve a ese país africano con más ganas que nunca de seguir trabajando
¿Cuántos años ha estado de misionero en Sierra Leona?
Estuve de misionero en dos periodos. El primero fue como estudiante en los años 81 y 82. En el cuarto año de teología, un grupo de estudiantes, en el que me encontraba yo, pidió ir dos años de pastoral a Sierra Leona. Después, del 91 al 98 fui como sacerdote para trabajar en comunidades cristianas.
¿Qué ha estado haciendo en Pamplona desde que volvió de misiones?
En Pamplona tenemos una comunidad y trabajamos con la Delegación de Misiones. A lo que me he dedicado principalmente ha sido a compartir con las comunidades, con los grupos cristianos y con los colegios de Pamplona la experiencia que viví en Sierra Leona. Por una parte una experiencia eclesial, y por otra parte una experiencia violenta, ya que había una guerra. Hemos dado testimonio de cómo hemos tratado de vivir los cristianos en esa situación de dificultad.
Ahora que vuelve a Sierra Leona, ¿qué espera encontrar?
El país que yo dejé es un país que ha cambiado muchísimo. Primero, porque ha sufrido una guerra que ha destruido casi todo. Como consecuencia de la guerra se han desmoronado las estructuras educativas, las sanitarias, las administrativas, etc. Es un país que tiene que comenzar de nuevo. Sierra Leona está catalogado como el país más pobre del mundo en cuanto a desarrollo. Es un país con una gran esperanza de futuro, porque la gente de allí quiere salir adelante y están metidos en un proceso de paz. Ese proceso de paz implica que la mitad de la población, unos dos millones de personas, está desplazada internamente. Ahora hay que ubicarlas en sus lugares de origen. Tienen que reconciliarse. Tienen que ver cómo superar esa larga etapa de violencia. Los cristianos de Sierra Leona creemos que podemos aportar algo a toda esta situación.
¿Cómo es la situación de los católicos en Sierra Leona?
En Sierra Leona tan sólo hay un 3% de católicos, del total de la población. Somos una pequeña parte, pero muy activa tanto a nivel político como social. Desde el principio hemos sido muy bien acogidos
y muy valorados. En el proceso de paz la Iglesia ha sido facilitadora, por la imagen que tenía de implicación en el sistema social. Siempre hemos gozado de buena prensa. Por otra parte, también hemos sido perseguidos porque en momentos cruciales de la historia de Sierra Leona hemos sabido tomar posiciones con respecto a la violencia.
¿Por qué dejó Sierra Leona?
A mí me sacaron de Sierra Leona porque todas las comunidades eclesiales, todos los sacerdotes estaban escondidos en la selva. Estábamos desaparecidos porque nos estaban buscando. Yo pertenecía a la Comisión de Justicia y Paz de la Diócesis, junto con otras 52 personas, y cuando en el 97 hubo un golpe de estado militar, y a ese golpe se unieron las fuerzas rebeldes, desde todas las parroquias intentamos hacerles ver el abuso de poder que se estaba dando. Esto supuso que la Iglesia fuera perseguida.
Un misionero, ¿deja alguna vez de ser misionero aunque no esté ejerciendo?
Como Iglesia tenemos que revisar un poco nuestros planteamientos desde el Evangelio, pero sobre todo desde los hechos de los apóstoles. Las primeras comunidades eran misioneras, ya que trataban de evangelizar y anunciar aquello que estaban viviendo. Nosotros somos un grupo de personas dentro de la Iglesia que también tratamos de evangelizar en otros lugares, con unas condiciones especiales. Pero todos en cualquier punto de la historia y en cualquier situación estamos llamados a dar testimonio, y por tanto somos misioneros. La misión de Jesús es la que da identidad a nuestra vida como Iglesia. Por este motivo, cuando vengo a Pamplona trato de ser el mismo misionero que soy cuando estoy en Sierra Leona. Hay que ser coherente con el Evangelio.
¿Cuál ha sido la experiencia más bonita que ha tenido como misionero?
Tengo varias. Pero si tuviera que destacar alguna sería cuando estuvimos en la selva junto con la gente, porque estábamos perseguidos. Se te acercaba la gente, cristianos y no cristianos, y nos protegían. Lo más bonito de esa experiencia fue descubrir como la gente apreciaba nuestra presencia, nuestra labor. Yo me sentí identificado con ese pueblo en el dolor, en el empobrecimiento. Agradecían nuestra presencia. En ese momento sentí la presencia de Dios, ya que no nos encontraron.
¿Es difícil dar testimonio de Dios en un sitio como Sierra Leona?
Dar testimonio no es difícil. Lo que es más difícil es que la gente lo perciba. La presencia de nosotros como Iglesia crea lazos de solidaridad, de encuentro con otras culturas. El estar allí con ellos es lo más
importante.
Publicado
en LA VERDAD, el 21-01-2005
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