Ordenación diaconal, el próximo día 5

El próximo día 5 de diciembre, tendrá lugar en la Catedral de Pamplona la ordenación diaconal de Juan Tejero, presidida por el Obispo Don Francisco Pérez. Por este motivo, hemos querido entrevistarle en este paso tan importante de su vida.

¿Cómo te vino la vocación?
Yo estaba estudiando Ingeniería en San Sebastián. En 2002, el día de la Inmaculada, que allí es cuando se celebra el día del Seminario, el capellán de la Escuela dijo que tenía que haber más jóvenes que siguieran a Cristo en el sacerdocio. En ese momento vi que ése podía ser mi camino, pero pensé que era demasiado follón, que no quería complicarme la vida.

Unos días después, rezando, me volvió otra vez a pasar por la cabeza la idea de ser sacerdote, y como no se me iba, fui a hablar con este sacerdote. Él me dijo que en el tiempo que me quedaba para terminar la carrera, lo podíamos ir hablando y rezando, para ver si era algo de Dios o una ocurrencia mía. Así empezamos a hablar y yo no acababa de decidirme.

Cuando vino Juan Pablo II por última vez a España, el 3 de mayo de 2003, estuve en Cuatro Vientos (el mismo sitio donde será la JMJ de Madrid 2011), en el encuentro que tuve con los jóvenes. Allí dijo unas palabras (“vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre”), que me “tumbaron”. En ese momento, todas las excusas que hasta entonces había puesto para decir que no se me vinieron abajo y decidí seguir el camino del sacerdocio.

¿Qué dice tu familia?, ¿tu familia te apoya?
Mis padres me ha apoyado siempre desde que les comuniqué que estaba pensando entrar en el Seminario. Además, yo creo que tienen bastante que ver con mi vocación, pues desde pequeño han procurado educarme en la fe. Mis hermanos están todos muy contentos, y les hace mucha ilusión que me ordene.

¿Cómo es tu día a día en el seminario?
Empezamos el día a las 7.15 h. con media hora de oración personal y luego celebramos la Misa, rezando los Laudes. Después de desayunar vamos a clase, que suelen ser cuatro horas diarias. Después comemos y tenemos un rato un poco más libre, para leer el periódico, pasear… Por la tarde principalmente nos dedicamos a estudiar, y a última hora solemos tener o un rato de Adoración al Santísimo o alguna charla o clase. A las 21 h. rezamos Vísperas, después cenamos y tras rezar Completas a las 22.30 h. nos vamos a dormir. Los miércoles solemos tener un rato de deporte por la tarde y los fines de semana, de viernes a domingo voy a la Parroquia de El Salvador de Pamplona.

¿Qué labores vas a realizar como diácono?
Continuaré mi labor pastoral en la Parroquia de El Salvador, donde doy catequesis, ayudo en las Misas y llevo un grupo de monaguillos. Aparte de esto ejerceré mi diaconado asistiendo en todas las ceremonias que me lo pidan, pudiendo ya también administrar el Bautismo y presidir el Matrimonio.

¿Qué ha supuesto para ti el cambio de seminarista a diácono?
Es el cambio más grande que se da en el Seminario, pues ya recibes el Sacramento del Orden, y se ve cada vez más cerca el sacerdocio, que es a lo que yo quiero dedicarme.
¿No tienes miedo a equivocarte?
No, porque pienso que detrás de mi vocación está Dios, y cuando te fías de Él no hay posibilidad de equivocarse. Además, la Iglesia, al permitirme recibir el Diaconado, me está confirmando que detrás de esa primera idea que tuve yo de ser sacerdote realmente está Dios.

¿Es más lo que pierdes o lo que ganas?
Cuando te entregas a Dios, es siempre mucho más lo que ganas, aunque a los ojos del mundo parece que pierdes tu vida. Es cierto que he tenido que renunciar a algunas cosas, pero veo que en el sacerdocio se abre un mundo mucho más grande y rico que el que podía esperar antes de dedicarme a esto.

¿Qué mensaje darías a los jóvenes que no creen o que reciben una llamada de Dios pero por miedo la rechazan?
Lo primero que hay que decir es que Dios llama a todos, por lo que es algo normal y que no tiene que austar. Lo que sí asusta a veces es cuando ves que es una llamada a una vida de entrega total a Él. Es normal que asuste, pero si se ponen en manos de un sacerdote que les aconseje y se dejan guiar, al final esos miedos desaparecen, dejando paso a una alegría y una paz inmensas.