Dirección

“Acompañar no es decir a la persona lo que ha de hacer”

De la misma manera que se dice que no hay dos gotas de agua iguales, podemos decir que no existe ninguna persona exactamente igual a otra, ni tampoco ningún joven es idéntico a otro. Cada acontecimiento vital que podemos vivir, cada situación que experimentamos también es original. Siempre estamos enfrentándonos a retos nuevos, vivencias que cada día nos hacen aprender más y más. Por ello es maravilloso contar con alguien que te acompañe, que te anime y te de luz en esos momentos en que la novedad nos abruma. Alguien que te acerque más a Aquel que es la luz, el manantial de agua fresca que no se seca, a Jesús.

Sin embargo, acompañar no es decir a la persona acompañada lo que se ha de hacer. Se trata de dar posibilidades, abrir puertas, ensanchar el horizonte, especialmente en esos momentos en los que todo parece volverse más complicado. La experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, ha supuesto una oportunidad de conocer más de cerca las inquietudes de nuestros jóvenes, lo que les preocupa, y los sueños futuros de aquellos que ya son el presente de la Iglesia. En Madrid bajo el sol de Agosto vivimos experiencias de acompañar a jóvenes diversos, y como en aquella Galilea de Jesús, de acompañar a personas que viven más cerca y más lejos de Cristo.

Como reflejo de la sociedad que vivimos, nos encontramos con diferentes jóvenes: En primer lugar, personas que están alejadas, que habían llegado a Madrid por un grupo, por aquel amigo o amiga, o por casualidad. También había jóvenes que habían tenido una cierta iniciación, habían sido monaguillos de pequeños, o habían ido varios años a catequesis; pero que en la última época habían tomado cierta distancia con la vivencia de la fe. Un tercer tipo eran aquellos que tenían un cierto camino recorrido, con momentos fuertes de encuentro con Cristo en pascuas, movimientos, parroquias. Y por último aquellos que tenían una vivencia religiosa continua y habitual.

Como vemos el espectro es muy variado; tan diverso como personas. Sin embargo allí estábamos todos, viviendo una aventura de fe y un encuentro joven de Iglesia. Todos diferentes, pero todos llamados a encontrarse más y mejor con el Señor.

Decía el papa: la juventud es un momento privilegiado para el encuentro con la Verdad, que sino la buscas se te escapará de las manos (cf. discurso a los profesores en la JMJ). Por eso, el que acompaña está llamado a partir desde esa variedad multicolor de la fe. A todos se les ofrece un camino que culmina en la vida eterna, y que se renueva en contacto con el evangelio. Para todos hay una Buena Noticia. Por ello el acompañante ha de partir desde la realidad que cuenta. En la oración del que acompaña ha de estar presente aquellas personas acompañadas, lo que les preocupa; y ha de intentar que el joven tenga la mayor superficie del alma en contacto con el Señor. Es aquel que te ayuda y prepara para ese encuentro.

El acompañante conoce el camino del joven, sus obstáculos y sus miedos. Por ello, invita a poner los medios que le permitan ir dando pasos en su vida cristiana, tomando conciencia de lo que ha vivido, y sobre todo de lo entusiasmante que queda por vivir, porque cuanto más alto es el reto, más se da de sí. Decía el papa: “No perdáis la ilusión por la verdad”. Amor, libertad, verdad, fecundidad, seguridad y trascendencia son aspiraciones del corazón del joven. A ellas ha de encaminarse en su camino.

Todo cristiano es acompañante, y todo cristiano es acompañado. Los padres con sus hijos, los catequistas con sus catequizandos, un amigo con otro amigo, pero cobra una especial misión en el sacerdote. Al modo de Jesús con sus discípulos, el sacerdote comparte la vida, observa, gasta tiempo; en definitiva un joven tendría que decir: “el que me acompaña es el que se interesa por mí”.

En el encuentro entre acompañado y acompañante no se enseñan grandes lecciones. Cuando uno acompaña, lo más importante es ponerse ante el misterio de la persona que tiene delante, como Moisés ante la zarza ardiente (“Descálzate, porque el suelo que pisas es sagrado” (Ex 3,5)). No es momento para dar grandes lecciones, sino para tener la humildad de ver la acción de Dios y ser medio de la Gracia de Dios.