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Testimonio del Hermano Rafael, en la oración de los jóvenes con el Sr. Arzobispo

El pasado 1 de junio, primer viernes de mes, tuvo lugar en la capilla San Fermín, de la parroquia de San Lorenzo de Pamplona, la tradicional oración del Señor Arzobispo con los jóvenes. En esta ocasión se contó con el testimonio del Hermano Rafael, monje de San Salvador de Leyre.

Cerca de 300 jóvenes acudieron a esta cita, en la que participaron los Auroros, y en la que el Hermano Rafael animó a confiar en Dios, afirmando que “si queremos que el Señor realice obras grandes en nuestro mundo, tenemos que dejar que Dios tome el centro de nuestra vida”. “Por mucho que le fallemos, Él siempre va a estar ahí. Solo pone una palabra para tener éxito: sígueme”. Recordó que “si no hay más maravillas es porque no dejamos que Dios actúe, ya que queremos tener nosotros la solución de todo”. También señaló que el protagonista de la vida cristiana es el Espíritu Santo, y que “no podemos santificarnos sin Él. Hay que acogerlo: dejarse amar por el señor es lo más importante de la vida cristiana”.

Rafael Palacios, más conocido como Hermano Rafael, ingresó en el monasterio benedictino de Leyre en 1999 y, a sus 30 años, es maestro de novicios. No obstante, no es un monje al uso: lleva gafas de sol ‘Rayban’ y dispone de correo electrónico. Charlamos con este malagueño afincado en Navarra.

¿Qué edad tenía cuando descubrió que su vocación era ser monje?

Yo ingresé con 19 años, pero me la empecé a cuestionar ya con 17.

¿Y por qué monje y no sacerdote o seglar?

Eso ya fue por toque del Señor. Yo empecé en el seminario, siendo sacerdote. Y después, en los ejercicios espirituales de San Ignacio, de un mes, fue cuando el Señor me tocó.

¿Su educación y su familia tuvieron algo que ver en la decisión de ser sacerdote y de ingresar después en un monasterio?

No. Mi familia era totalmente arreligiosa. Mi pueblo es un pueblo al que le llaman “Rusia la chica”. Se llama Teba, está en Málaga, y de 4.500 habitantes en Misa de domingo suele haber unos quince y para el Evangelio unos treinta… Mi madre, cuando le dije que quería ser cura me preguntó: “¿Hijo, tú dónde has aprendido esto?”

¿Cómo es un día en el Monasterio de San Salvador de Leyre?

A las 5:30 nos levantamos. A las 6:00 tenemos Vigilia, que es la primera oración que hacemos y dura unos tres cuartos de hora. Después hay un rato de oración personal, la Lectio Divina. A las 7:30 tenemos Laudes, cantados todos en Gregoriano, hasta las 8:00 que es el desayuno. Luego se friega el desayuno, se arregla la habitación… hasta las 9:00 que empieza la Misa con Tercias. Termina sobre las 9:45, le siguen diez minutos de acción de gracias y a las 10:00 empieza el trabajo. A partir de esa hora cada monje realiza el trabajo que le toca: los profesores dan clase en el noviciado, el ecónomo, el bibliotecario, los lavanderos… Hasta las 13:20 que tenemos Sexta. De ahí vamos a comer sobre las 13:30. La comida es en silencio y con lectura y, después, tenemos media hora de recreación donde nos juntamos para hablar. Es un rato de distensión. Y luego hay una hora de descanso que se puede emplear en dormir la siesta, leer, pasear… a las 15:30 tenemos Nona y, después seguimos con el trabajo diario hasta las 18:00, que tenemos Lectio Divina. A las 19:00, Vísperas hasta las 19:30. A las 20:00 es la cena con lectura y hasta las 21:00 tenemos recreación. A esa hora nos reunimos en la Sala Capitular, donde el Padre Abada da los avisos del día, corrige alguna cosa, hace una pequeña lectura espiritual, y aproximadamente hacia las 21:10 tenemos Completas y el canto a la Virgen. Después vamos al Santísimo para dar las buenas noches y a dormir.

¿Como encaja una persona tan joven en una rutina tan estricta?

La vida de orante, ante todo, es vida. Ese es el tema. Es vida real. La vida monástica es un dinamismo -con el trabajo, la búsqueda de Dios- que, cuando se empieza a vivir desde la vida espiritual, te va arrastrando. Lo importante ahí es, sobre todo, por la noche, actualizar un poquito el sentido de tu vida. Porque toda la vida de un monje es la búsqueda de Dios. Pero también es estar orando por vosotros desde la madrugada hasta la noche. Entonces, a las 5:30, cuando te levantas, vas motivado porque sabes que hay mucha gente que lo está pasando mal, que hay quien, después del botellón del fin de semana, está hecho polvo. Y eso te motiva mucho para poder poner el remedio.

¿Cuál es su ocupación en el Monasterio?

El cargo principal que tengo es el de Maestro de novicios, es decir, pasar el casting a los que vienen y quieren ser monjes.

Hoy se habla mucho de la falta de vocaciones sacerdotales, consagradas… ¿Usted qué opina?

Si, hay gente que viene al Monasterio pensando que su vocación es la monástica. Y hay bastante gente. Algunos años puede haber unas 30 peticiones, pero la realidad es que no todos tienen vocación monástica. Son pocos, más bien.

A lo largo de un día en el Monasterio, el canto en Gregoriano toma un papel fundamental. ¿Por qué cantar y no rezar simplemente?

La liturgia está hecha para ser vivida. El canto gregoriano ayuda a elevar el corazón y, sobre todo, a darle un sentido a las piezas que se están cantando. Pone el sentimiento, la viveza al texto, de tal manera que ayuda mucho a vivir, a orar, a rezar ese texto. Y, como no, ayuda también a expresar todo el amor al Señor. Se dice que el que ama suele cantar y, a la vez, el canto ayuda a que el amor se haga más fuerte. El canto gregoriano es una tradición de muchos siglos donde se pone, de modo cantado, la viveza profunda de los actos litúrgicos.

Algunos piensan que la oración, con todo lo que hay que hacer, es poco eficaz.

La oración es lo más eficaz que hay. Yo creo, sinceramente, que estamos en tiempos de milagros. El Señor tiene ganas de actuar de verdad en la vida de cada uno. Y, si de algo sirve la oración, y más con la Sagrada Escritura, es para entender cuál es el modo en que Dios actúa. Y uno se da cuenta de que todo lo que pone en la Escritura sigue pasando hoy en día. El Dios de Israel del Antiguo Testamento es el mismo Dios que tenemos hoy. La grandeza del canto gregoriano no es que somos nosotros, sino que es Cristo el que, en nosotros, ora a su Padre en el Cielo. Ahí es donde está la grandeza de la oración. Es el mismo Cristo quien pide a su Padre que siga interviniendo en la historia. Y yo puedo dar testimonio de que hacemos más efecto del que parece (se ríe). Viene mucha gente a decirte “¡Padre, es verdad!”

¿Que les diría a los jóvenes que no creen en Dios?

Que prueben. Estamos en un mundo donde todo hay que probarlo. Pues que se atrevan a probar realmente y a entrar en el misterio de Dios. De Dios no se puede hablar si uno antes no se ha enfrentado a Él.

¿Y a esos jóvenes que se están planteando su vocación?

Que escuchen y se dejen tocar por el Señor. Que dejen que el Señor mueva su vida.

De forma breve: lo mejor de ser monje…

Todo. Es una gozada. Vivir con el Señor la vida real es maravilloso, porque uno puede experimentar el poder de Dios en todos los momentos de su vida. Y la grandeza de eso es que, precisamente porque el Señor actúa de verdad en tu vida, puedes disfrutar sin preocupaciones de vivirla.

¿Y lo más complicado?

(Se ríe) Levantarme a las 5:30.

Lo traía como pregunta pero no es difícil adivinar la respuesta. ¿Es usted feliz?

¡Una pasada!