Muerte Digna

Entrevista al autor del libro: “Una luz sobre el sufrimiento y la muerte”

El autor de este sencillo pero profundo libro, desde su dilatada experiencia como Capellán durante más de 30 años en la Clínica Universitaria de Navarra y su triple vertiente de médico, teólogo y sacerdote con un lenguaje sencillo, trata de dar sentido a los acontecimientos más vitales de nuestra existencia como son el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. El autor, trata de iluminar estas realidades y nos anima a vivir nuestra existencia con fe y esperanza teologal.

Es un libro de fácil y agradable lectura, un libro para meditarlo y para hacer oración mientras lo leemos despacio. A lo largo de sus breves páginas, se cuestionan una serie de preguntas acerca del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad y de la Muerte, y también de la fe y del sentido de Dios en un mundo que a menudo prescinde y desconfía de Él.

La lectura de este libro, no deja indiferente a nadie, y remite constantemente a citas y referencias a varios autores de reconocido prestigio y valía en estas cuestiones. En este libro, se encuentran razones para agradecer el don de la vida y también para preparar con paz y serenidad el acto importante de nuestra Muerte, acto que los creyentes lo tenemos que vivir como una auténtica y verdadera Resurrección.

Amigo Miguel Ángel, en tu libro, hablas de cómo asumir el sufrimiento con realismo, la palabra ”sufrimiento” deriva del término latino ”suferre” y significa soportar: El sufridor es el que soporta cargas. El dolor, aunque es de naturaleza principalmente física, está íntimamente ligado al sufrimiento, que es algo más que dolor del cuerpo. ¿Crees que la experiencia de dolor y sufrimiento afecta a toda la persona, a su cuerpo y a su alma, es decir, a su espíritu encarnado? ¿Cómo? ¿Por qué?

Efectivamente. Incluso un simple dolor físico (un dolor de muelas o de cabeza) afecta a toda la persona; cuánto más otros dolores. El dolor y la muerte forman parte del vivir humano; nadie escapa a su visita. La persona prudente -sea creyente o no- debería asumir esas realidades, misteriosas sí, pero inevitables. Tarde o temprano todos nos interrogamos sobre su existencia, su sentido, y no conviene dejar las respuestas para el final…

El dolor y la muerte, ¿forman parte de la vida humana o, por el contrario, son obstáculos para ella?

¡Claro que forman parte de la vida! Son compañeros inseparables en nuestro caminar, aunque a veces el dolor tarde en aparecer. En ocasiones, me he encontrado con alguien que me ha dicho: “tengo 70 años y nunca he estado enfermo”. Es usted un afortunado, le he comentado. Porque lo normal es lo contrario. Es más, casi todos los expertos en estas materias suelen comentar que una persona que no ha sufrido, tampoco ha madurado…

El sufrimiento es realmente misterioso. ¿Cómo relacionar el sufrimiento con un Dios todo bondad y omnipotente? ¿Es justo Dios al permitir el dolor?

Esta es la gran pregunta que ha ocasionado muchas rebeldías. ¿Por qué Dios permite el dolor, pudiendo evitarlo? Elie Wiesel, judío, premio Nobel de la Paz en 1986 y superviviente del campo de exterminio de Auschwitz, narra lo siguiente: “Las SS nazis colgaron a dos hombres mayores y a un joven delante de todos los internados en el campo de concentración. Los mayores murieron rápidamente, la agonía del joven duró media hora. Detrás de mí, un hombre preguntó: ¿Dónde está Dios, dónde? Cuando, después de un largo rato, el joven continuaba sufriendo, colgado del lazo, oí al hombre decir otra vez: ¿Dónde está Dios ahora? Y oí una voz que contestaba dentro de mí: Aquí…, aquí está, ahorcado en este patíbulo”. Podría decirse que la respuesta que el judío Wiesel oyó dentro de sí es la misma que nos da el Evangelio: en Jesús, el Inocente crucificado, Dios ha hecho suya la muerte de los inocentes de todos los tiempos. Si Dios no evitó la Cruz a su propio Hijo, parece lógico que también cuente con ella para nosotros, no como castigo, sino como prueba de nuestro amor

Según explicas en tu libro, el sufrimiento puede ayudar a madurar: ¿Significa eso que el dolor tiene algún valor positivo para una vida humana?

Es un tema complicado. El dolor en sí mismo es malo y, como decía san Josemaría Escrivá, “si se puede, hay que quitarlo; y si no se puede, hay que ofrecerlo a Dios”. El dolor físico, en muchos casos, se puede quitar con los medicamentos adecuados; pero el dolor que producen las desgracias personales y familiares son sufrimientos a los que hay que darle sentido: no puedo evitarlo pero sí que puedo reorientarlo. A los enfermos les va muy bien tener una imagen de Cristo en la habitación, enfrente de la cama, no detrás (que no la verían). Porque así, desde la cama, pueden ver su sufrimiento en la Cruz, y eso ayuda mucho. Y el enfermo puede ofrecer ese sufrimiento por las personas que quiere, por la Iglesia, etc. Y eso, además, purifica, enrecia, quizá madura. Ciertamente el sufrimiento ayuda a madurar. Hay multitud de testimonios, incluso de gente ajena a planteamientos trascendentes, que corroboran esta afirmación. El filósofo Heidegger afirmaba que el hombre es un ser inacabado y que con el sufrimiento puede lograr ese acabamiento, la plenitud.

Si la muerte es inevitable, y el dolor es una “escuela de vida”, ¿qué sentido tienen los esfuerzos de la investigación científica para mitigar el dolor y para alejar lo más posible el momento de la muerte?

Aunque la batalla contra la muerte la tenemos perdida (todos morimos), también hay una batalla por la vida y la salud, que tenemos que combatir. Hace 70 años la gente moría a los 50 años (todavía sucede en países atrasados), y ahora se suele llegar a los 80 o más. Aunque eso tiene un límite: la ciencia deberá procurar dar calidad y hacer digna la ancianidad, pero sería estúpido que se empeñara en alejar y alejar el momento de la muerte. Biológicamente, estamos programados para morir. Por ello, hacer amable la vejez forma parte del progreso de la medicina. Lo mismo pasa con el dolor, que es inevitable, pero hay que poner todos los medios posibles para hacerlo llevadero. De hecho, hoy casi no se da lo de morir entre inmensos e insufribles dolores…

Tratas en tu obra, de la conveniencia de hablar de la muerte con los enfermos: ¿Es natural el miedo a morir? ¿Es natural el miedo al modo de morir?

Todos tenemos miedo a la muerte, porque pensamos poco en ella. En nuestro mundo supercivilizado, la muerte se ha convertido en un tema tabú. Aunque sorprende la cantidad de libros que aparecen dedicados al tema de la muerte.

En este contexto, me parece importante recordar que cuando uno va a morir, o se está muriendo, tenga el derecho a una información adecuada. No tendría mucho sentido querer ocultar al enfermo ese hecho. De ese modo, podrá resolver sus asuntos pendientes (con Dios y los demás), tomar decisiones, cumplir promesas, se podrá despedir de los seres queridos. Es un momento de la vida tan trascendente que no se puede convertir en algo banal.

Hoy, se habla mucho de morir con dignidad, y este supuesto morir con dignidad, puede convertirse en ocasiones en una puerta abierta a la práctica de la eutanasia. A pesar de todo, hay quienes creen que una muerte dolorosa o un cuerpo muy degradado serían más indignos que una muerte rápida y “dulce”, producida cuando cada uno dispusiera. ¿Crees, que el dolor y la muerte son dignos si son aceptados y vividos por la persona; pero no lo son si alguien los instrumentaliza para atentar contra esa persona? ¿No es muy sutil la línea divisoria entre la eutanasia y la cesación de unos cuidados ya inútiles?

Cualquier profesional de la salud tiene la experiencia de que la muerte suele ser en sí misma desagradable. También para el creyente, que espera el encuentro con Dios en la otra vida, la cercanía de la muerte se muestra como una realidad ingrata, poco amable. No hay dignidad en el mismo proceso de la muerte, sino sólo en el modo en que la afrontamos. Un sacerdote navarro, bromista y socarrón, decía poco antes de morir: “Debe ser duro eso de morir; pero no me preocupa en exceso. El mismo Dios que me iluminó en tantos momentos difíciles de mi vida, estará también presente en ese momento decisivo de la vida que es la muerte”.

Por mucho que se enfatice con expresiones como “derecho a una muerte digna”, “morir con dignidad”, etc., la muerte no suele venir revestida de dignidad. La Real Academia de la Lengua define la dignidad como “decoro de las personas en la manera de comportarse”. Por tanto morir dignamente sería aceptar con decoro el propio final, sin gritos ni aspavientos. La dignidad viene dada por el modo en que el enfermo se encara con la muerte, por la grandeza de alma de quien la afronta y no por la ausencia de complicaciones externas (complicaciones finales, y, a veces, los efectos adversos de la medicación) que no suelen faltar.

De todos modos, a nadie se le puede exigir morir “con decoro”. La muerte es algo que nos supera, que se nos escapa de las manos, y no cabe esperar que en ese momento todos reaccionemos con dignidad.

El derecho a no sufrir inútilmente y el derecho a decidir sobre sí mismo amparan y legitiman la decisión de renunciar a los remedios excepcionales en la fase terminal, siempre que tras ellos no se oculte una voluntad suicida. Miguel Ángel, crees que estos derechos ¿pueden legitimar alguna forma de eutanasia “pasiva” (por omisión)?

Estos derechos son muy razonables y los suscribo todos. Otra cosa es que alguien se aproveche de ellos para legitimar, por ejemplo, la eutanasia, exagerando la llamada autonomía del paciente para decidir sobre el fin de su vida. Es lo que procuran los partidarios de la eutanasia que no son muchos, pero sí muy activos.

¿En qué consiste el argumento de la “muerte digna” a que se refieren los partidarios de la eutanasia para intentar justificarla?

Ahora los abogados de la “muerte digna” no dicen que la eutanasia sea el remedio de los dolores insoportables o del coma permanente: dicen que uno tiene derecho a eliminar, con la eutanasia, el sufrimiento existencia, el sentirse solo, desgraciado, harto de vivir, dependiente de los otros. Que uno es dueño de su vida y de decidir si quiere seguir viviendo en unas condiciones que ya no le satisfacen.

Hay ocasiones en que la vida de algunos enfermos es casi vegetativa. ¿No deberían considerarse estas situaciones con otro criterio?

Son situaciones dramáticas, pero en las que hay que mantener el mismo criterio ético. En el año 2004 se celebró en Roma un Congreso sobre el tema y Juan Pablo II afirmó: “Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o se halle impedido en el ejercicio de sus funciones más elevadas, es y será siempre un hombre; jamás se convertirá en un vegetal o en un animal. Por eso, también en esas circunstancias siguen siendo personas necesitadas de una asistencia sanitaria básica”.

¿Cuál es la doctrina de la Iglesia sobre el dolor y la muerte?

Desde el punto de vista de la praxis cristiana, la respuesta está en Cristo clavado en la Cruz. “La fe no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve apto para la eternidad”, decía el Beato Juan Pablo II. Si se quiere conocer la doctrina sobre estos temas, hay multitud de libros, pero yo recomendaría sobre todo la Exhortación Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, de Juan Pablo II y la lectura del Catecismo de la Iglesia Católica.

Cuál debe ser la actitud de un cristiano ante la eutanasia, ante el sufrimiento y la muerte propios o ajenos?

Pienso que se responde en las preguntas anteriores.