Todos los caminos llegan a Roma; el de Asís, también

Asís. Después de 24 horas en autobús la peregrinación se sentía ya cerca mientras ascendían el monte de la Verna por una estrecha carretera. En el pequeño pueblecito les esperaba un franciscano que había cedido su Iglesia y la casa parroquial para celebrar la Eucaristía y pasar allí la noche.

A la mañana siguiente, el despertador apenas cumplió su función. El sol que empezaba a asomarse por entre los montes fue quien despertó a quienes dormían al aire libre, en el atrio de la Iglesia. Después de un rápido desayuno tocaba subir a lo alto del monte, al santuario, para rezar los laudes matutinos en la gruta donde San Francisco recibió los estigmas de Jesús crucificado. “Qué mejor lugar para empezar una peregrinación” comentaban algunos.

El camino de 20 kilómetros les llevaría a Rassina. Allí, Don Luca, un sacerdote, les tenía preparada una grata sorpresa: después de andar durante horas bajo el sol de la toscana sorprendió a todos con una relajante sesión de piscina y preparó un plato de pasta a la italiana para todos con ayuda de algunos jóvenes de su parroquia.

El destino marcado para la siguiente etapa fue una pequeña ciudad mundialmente conocida, quizá no tanto por su nombre como por una exclamación: “¡Buenos días, princesa!” En efecto, el objetivo era llegar a la ciudad de Arezzo. Allí el grupo fue acogido por los salesianos y, de nuevo, una sorpresa: un triple partido de fútbol Italia-España para los más jóvenes. La victoria estuvo reñida pero el marcador se inclinó hacia el equipo visitante.

Las últimas etapas culminaron en Cortona y el Lago de Trasimeno, antes de llegar al primer objetivo de la peregrinación: Asís. Alojado en el camping, todo el grupo pudo disfrutar del centro de la ciudad tanto de día como de noche. Además, y para sorpresa de todos, conocieron un grupo de italianos, también peregrinos, con el que pudieron cantar, jugar, reír y también rezar de noche en la plaza de la Basílica de San Francisco.

Y de la tranquilidad de la Toscana al bullicio de Roma. Allí esperaban los jóvenes que viajaron con la diócesis. Fueron tres días muy intensos en los que hubo tiempo para visitar al Papa en Castelgandolfo, asistir a una Eucaristía presidida por don Francisco en San Pedro, pero también para saborear los mejores helados del mundo callejeando por la ciudad eterna.

Laura Lacosta, una joven de 20 años resume así esta experiencia: “Ha sido como un curso intensivo de fe. Un parón para dejar la rutina y descubrir qué es vivir la fe en comunidad, rodeada de gente joven y cristiana. A fin de cuentas, un cristiano no puede ir por libre, ¿y qué mejor manera de ver eso que una peregrinación por Italia?”

Miguel A. Echevarría