Martires

Nuevos mártires beatos navarros en el Año de la Fe (II)

martiresContinuamos la publicación de las vidas de los mártires navarros que serán beatificados el próximo 13 de octubre. Lo hacemos con la de los tres mártires Religiosos de los Sagrados Corazones.

Religiosos de los Sagrados Corazones

Esta congregación tuvo 14 mártires en la persecución religiosa durante la II República, de los que cinco habían nacido en Navarra. Ahora serán beatificados 5, entre los que se encuentran dos navarros.

 

TEÓFILO FERNÁNDEZ DE LEGARIA GOÑI

Nació en Torralba del Río, el 5 de julio de 1898, hijo de Tomás, labrador, y de Fermina, que era maestra nacional en el pueblo y catequista en la parroquia. Educó con esmero a su hijo. Además, la caridad con que su madre visitaba a los enfermos influyó poderosamente en su hijo. Su párroco se admiraba de las preguntas de aquel niño que, a los siete años, hizo la primera comunión y decía de él: “Si ahora muriera iría al cielo, pues no ha cometido ningún pecado mortal”.

Desde pequeño sintió el gran deseo de entregarse a Dios en la vida religiosa. Ingresó, a los 12 años, en la escuela apostólica de los Sagrados Corazones en Miranda de Ebro y allá permaneció hasta después de su noviciado. También realizó estudios de Magisterio en Vitoria. Fue ordenado sacerdote el 22 de septiembre de 1923 en Santander. Prosiguió sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, donde se doctoró en Teología en 1925. Hizo su servicio militar en Marruecos y posteriormente volvió a Madrid, donde, con sólo 28 años, fue prior y después superior de la Casa de San Martín de los Heros, alternando con múltiples actividades, entre ellas director espiritual de la Asociación de San Isidro de licenciados y doctores. En 1935 fue destinado como director al Seminario de San José, en El Escorial, cargo en el que había de encontrar su gloriosa muerte. Optimista de carácter, amante de la música, fue calificado como un excelente religioso. Un superior suyo llegó a decir que “aquella vida mereció tal muerte”.

Una vez iniciada la guerra, de acuerdo con el alcalde de El Escorial, convirtió parte del seminario en hospital y quedó constituido como director del mismo, ganando así bastante tranquilidad y respeto. Sin embargo, él presentía su martirio. Cuando marcharon los estudiantes dijo: “¿Para qué me he de marchar? Tengo el presentimiento de que voy a morir, y me alegro de morir fusilado. Más pasó Nuestro Señor por nosotros: es lo mínimo que podemos ofrecerle…”

A las cuatro de la tarde del 11 de agosto de 1936 llegó una ambulancia, al mando de la cual iba el yerno del portero de la casa del colegio de San Martín de los Heros. Se llamaba Fernando y, en más de una ocasión, el Padre Teófilo le había ayudado a salir de sus apuros económicos. Su respuesta fue: “¡Cómo! ¿Todavía por aquí el Padre Teófilo? Voy a dar orden de que se fusile a todos”. Así, a las once de la noche de ese día, fue conducido al lugar denominado la Piedra del Mochuelo, a unos dos kilómetros de El Escorial, en la carretera de Valdemorillo. Le dieron muerte en la cuneta con una descarga cerrada. Sabemos que antes habló a los verdugos del verdadero sentido cristiano de la vida y de la muerte y que pidió y obtuvo algún instante para rezar. Así preparado, recibió la descarga con extraordinaria entereza de ánimo, que impresionó fuertemente a sus verdugos. Esa misma noche y en el mismo lugar fueron asesinados los tres sacerdotes de la villa.

MARIO ROS EZCURRA

Nacido en Lezáun, el 30 de abril de 1910, hijo de Victorino Ros Asensio y Sofía Ezcurra Munárriz. Su familia era de buena posición social y muy piadosos.

Ingresó en la escuela apostólica de Miranda de Ebro en septiembre de 1920. Hizo su primera profesión en 1929, año en el que fue al Escorial, donde profesó sus votos perpetuos el 16 de agosto de 1932. De carácter bondadoso, dócil y algo tímido, era muy caritativo y siempre dispuesto a los servicios más duros, de temperamento reflexivo y sensato y, por su actuación, inspiraba confianza en todos. Fue ordenado sacerdote en El Escorial el 21 de julio de 1935. Le destinaron al colegio de San Martín de los Heros, donde estuvo hasta el 20 ó 21 de julio de 1936, cuando huyó a Madrid, refugiándose en casa de unos tíos suyos que tenían una pensión en la Gran Via. Su provincial, el Padre José Palmero, recuerda que al empezar la persecución religiosa le oyó decir un día esta frase: “Qué bien si a mí me mataran de un tiro, enseguida al cielo”.

Durante su estancia en la pensión-refugio se encargaba de mantener la alegría y conformidad con la voluntad de Dios, especialmente con respecto a las religiosas que también se habían refugiado en la misma pensión. Les celebraba la Misa y rezaban juntos el Rosario. Llevaba la Eucaristía a las personas que lo solicitaban, arriesgando su vida por las calles. Su primo le cedió su carnet, pero él no quería aceptarlo, diciendo que “no sabía mentir y que le bastaba el mismo Dios sin necesidad de ningún recurso”. Su tía le oyó decir algo parecido, que “él nunca negaría que era sacerdote y religioso, aunque le mataran y que sea lo que Dios quiera”.

Su final fue así. A las tres semanas de su llegada, una de las sirvientas de la pensión, novia de un miliciano, comentó a una compañera que ella no aguantaba más esta situación y que iba a denunciar a los refugiados. Éstos fueron advertidos de ello por otra de las empleadas. Esa misma noche, hacia las tres de la madrugada, los detuvieron a todos. El padre Mario trató de animar a todos y en un momento determinado les dio la absolución. De todos aquellos detenidos, el único condenado fue él. Lo fusilaron en la carretera de Extremadura, en el lugar llamado “La China”, el 15 de agosto de 1936.

Santiago Cañardo Ramírez