CARTA

Carta del confesor del Papa cuando era obispo de Buenos Aires (25 de Abril de 2013)

CARTAQuerido hermano: ¡Paz y bien! Te escribo para compartir con vos la profunda alegría del don que el Señor le hizo a esta tierra que te vio nacer y que en el papa Francisco, desde que yo lo conozco, tiene a un hijo suyo capaz de abrir corazones, tender puentes y estrechar manos sin hacer acepciones espurias. Nada de lo que yo pueda escribirte se inscribe en el afán por novedades coyunturales.

En los primeros gestos y palabras del nuevo Obispo de Roma, tanto quienes llenaban la plaza de San Pedro como quienes seguían el acontecimiento por los medios de comunicación, pudimos ver, apreciar y también gustar el mensaje de un hombre sencillo y entregado al querer de Dios.

Creo que la presentación del papa Francisco muestra que vive profundamente enraizado en ese Jesús que, como a Pedro, le habrá susurrado en lo más íntimo aquella pregunta “¿Me amas?”. Y la respuesta no se hizo esperar y todos pudimos percibirlo.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles tenemos una pista por comprender: “En mi primer libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que Jesús hizo y enseñó, desde…” (Hechos 1,1).

El orden de los verbos, hacer y enseñar, no es casual, es más bien profundamente significativo. Hasta la sabiduría popular hace dos referencias a ese orden en dos frases: “a las palabras se las lleva el viento, los ejemplos convencen” y “obras son amores, no buenas razones”.

Esta sencilla y descarnada introducción permite valorar la importancia de los gestos con los que el papa Francisco sella y autentica la genuina raíz evangélica de sus palabras.

Quienes hemos tenido algún trato y cercanía con quien hasta hace poco era arzobispo de Buenos Aires, y en tantas ocasiones hemos escuchado y nos hemos servido de sus homilías, no nos vimos demasiado sorprendidos por los gestos y tampoco por su estilo llano, cordial y al mismo tiempo incisivo.

Es su manera de hablarle al corazón de la gente, sin distinciones espurias.

Es natural que muchos se pregunten por la raíz o por la columna vertebral de este estilo que tanto cautiva, no solo a quienes están en la Plaza de San Pedro, sino también a cuantos están siguiéndolo en los más variados rincones del mundo.

Las opiniones abundarán. Los mismos medios de comunicación sencillos, como los periódicos y revistas, o los más sofisticados, cantan loas al nuevo Papa y dicen tantas cosas interesantes.

Sin embargo, aun cuando cabe apreciar la misión de los medios, también habrá que evitar la telaraña de entusiasmos ingenuos.

La experiencia nos enseña que, con frecuencia, quienes hoy exaltan, mañana, por razones ideológicas, de buenas a primeras se ubican en la vereda opuesta.

Basta pensar: ¿Qué sucederá cuando el Santo Padre reafirme el valor de toda vida humana y pronuncie un claro NO al aborto? ¿Qué se dirá cuando ratifique el matrimonio entre un varón y una mujer? Y muchas otras preguntas sensibles.

Entonces muchos entusiastas superficiales cambiarán de vereda, y le harán sentir el peso de la cruz que no se negocia en desmedro de la verdad del Evangelio.

Estoy profundamente convencido de que el papa Francisco vive con sereno gozo las alegrías y que sabrá llevar la cruz. Y desde ella invitar a la esperanza que no defrauda.

Quienes por algún motivo entran en contacto con él escucharán de sus labios este pedido: “Rece por mí”.

También ya como Papa hace poquito pidió: “Recen por mí, para que no me la crea”. En esta sencilla petición se contiene su concepto de la autoridad, que es servicio. Y como tiene los pies sobre la tierra y no vive de ilusiones, sabe muy bien que el tentador no duerme y que los tesoros de gracia se llevan en vasos de barro. Esto es puro realismo humano y espiritual.

Vuelvo a la pregunta, a mi entender fundamental para entender cuanto hace y dice el Papa: ¿De dónde le viene la audacia de los gestos, la alegría del servicio?

Desde mi percepción personal la cosa me parece clara. La columna vertebral desde la que se articulan los gestos y las palabras, hay que buscarla y se la reconoce en su actitud orante, en la capacidad de estar frente al Sagrario y abrevar en la intimidad con Cristo, las riquezas con las que Jesús llena los corazones que se le abren para que los ilumine y los fortalezca.

Recuerdo que en la ordenación episcopal del obispo de Azul, Mons. Salaberry, también jesuita, en la homilía, refiriéndose a las dificultades, cuando todo parece oscuro, Bergoglio lo exhortaba: “Entonces, aprendé a pelarte las rodillas ante el Sagrario. Él, Jesús, jamás defrauda”.

La sencillez en el trato, la apertura del corazón, el entusiasmo por llevar el Evangelio a todos, el amor y la ternura por los más débiles, no son riquezas que caen del cielo, se adquieren en la intimidad con Jesús, el único Maestro.

El gesto de pedir que oren por él para que, antes de bendecir él mismo al pueblo, éste implore la bendición para el pastor, no se improvisa. La fuerza del gesto se percibió en el silencio orante que unió, en Cristo, el corazón de los fieles y el del Pastor. Todos pudimos palpar la fecundidad de sabernos miembros vivos de la Iglesia.

Esto de pedir “rece y recen por mí” se da cada vez que despide a alguno con quien se encontró por alguna razón.

Otro gesto que, para mí, lo pinta de cuerpo entero, es su visita a los presos el día Jueves Santo. Así manifestó que su cercanía a los pobres, que aquí en Buenos Aires fue parte viva de sus preocupaciones pastorales, se mantendrá también en Roma.

Claro, como obispo de Roma, todo lo que haga y diga tiene más repercusión por razones fáciles de entender.

Le es muy caro, y lo manifestará con insistencia, el tema de la ternura y de la misericordia de Dios.

Habrá, sin ninguna duda, muchas más expresiones semejantes a las que todos conocemos. “Dios no se cansa nunca de perdonar, pero nosotros nos cansamos a veces de pedir perdón”.

Este es el papa Francisco que yo conozco. Estoy seguro de que, aún cuando sus nuevas y más amplias obligaciones le impongan cambios en algunas formas, en lo esencial seguirá siendo el mismo.

Él es un enamorado de Cristo y en Cristo ama a todos los hombres. Cuando ya no ocupe las primeras páginas de los periódicos, él seguirá dando testimonio creíble y coherente de Jesús.

Nos toca a nosotros orar por él, ser fieles a su Magisterio y, dentro de nuestras posibilidades, colaborar en llevar la semilla del Evangelio al mundo de hoy.

Cada uno de nosotros cabe en algún lugarcito del corazón del papa Francisco. Que él también tenga, junto con Jesús, un lugarcito en nuestros corazones.

Si eligió el nombre de Francisco, para decirlo con una expresión simple, es porque sin dejar de ser un auténtico jesuita, tiene un corazón franciscano.

El Espíritu Santo lo guiará y nuestras oraciones lo sostendrán en su misión de Padre y de Pastor.

Espero no haberte cansado. Que el Señor te bendiga y la Virgen te proteja. Paz y Bien. Te saludo con afecto.

Fra Berislav Ostojic.

Hurligham (Buenos Aires), 25 de abril de 2013